
Los mosquitos y las enfermedades que propagan han matado a más personas que todas las guerras de la historia juntas. De ahí el interés por entender qué hace que los mosquitos elijan picarnos justo a nosotros y no a quien tenemos al lado. Este lunes 18 de julio de 2022 le contamos los detalles.
Según las estadísticas, el mosquito es, con mucho, la criatura más mortífera del mundo para los seres humanos. Solo en el año 2018, este insecto fue responsable de alrededor de 725 000 muertes.
En ese mismo año, la segunda posición la ocupamos los propios humanos, que causamos la muerte de 437 000 congéneres. Luego con mucha distancia están las agresiones combinadas de serpientes, perros, caracoles venenosos, cocodrilos, hipopótamos, elefantes, leones, lobos y tiburones.
Los mosquitos pueden transmitir 17 enfermedades tan variopintas como:
Los mosquitos, tanto machos como hembras, podrían vivir sin picar a otros animales. Pero las hembras necesitan la sangre para completar el ciclo reproductivo.
Hace casi un siglo, el dióxido de carbono (CO₂) fue identificado como un atrayente de mosquitos.
Es más, este gas ha sido utilizado para atrapar a los mosquitos hembra que buscan la sangre necesaria para adquirir nutrientes para la generación de huevos, la ovogénesis.
Sin embargo, no hay evidencia disponible que sugiera que el CO₂ medie en la atracción diferencial. O lo que es lo mismo, los niveles de emisión de dióxido de carbono no explican que los mosquitos prefieran sistemáticamente a una persona en vez de a otra.
Existen otras señales físicas y químicas que condicionan la atracción del mosquito hacia personas determinadas.
Particularmente calor, vapor de agua, humedad, señales visuales y, lo que es más importante, los olores emanados por la piel.
Aunque aún no se comprende bien qué aromas atraen más a los mosquitos, varios estudios señalan a moléculas como el indol, el nonanol, el octenol y el ácido láctico como principales sospechosos.
Un equipo de investigadores dirigido por Matthew DeGennaro, de la Universidad Internacional de Florida (EE.UU), identificó un receptor de olor único, conocido como receptor ionotrópico 8a (IR8a), que permite al mosquito Aedes aegypti detectar el ácido láctico. Este mosquito, por cierto, es transmisor del dengue, el chikungunya y el zika.
Por otro lado, una investigación reciente apunta a que los virus del dengue y del zika alteran el olor de los ratones y de los humanos a los que infectan para volverlos más atractivos a los mosquitos.
Es una estrategia interesante, porque favorece que piquen al huésped, tomen su sangre infectada y luego transporten el virus a otro individuo.
Lo consiguen modificando la emisión de una cetona aromática, la acetofenona, especialmente atractiva para los mosquitos.
Normalmente, la piel de humanos y roedores produce un péptido antimicrobiano que limita las poblaciones bacterianas.
Sin embargo, se ha comprobado que en ratones infectados con dengue o zika la concentración de este péptido desciende y proliferan algunas bacterias del género Bacillus, que disparan la producción de acetofenona.
En humanos pasa algo similar: los olores recogidos de las axilas de los pacientes con dengue contenían más acetofenona que los de las personas sanas.
Lo interesante del asunto es que se puede corregir.
Algunos de los ratones infectados con dengue fueron tratados con isotretinoína, lo que condujo a una emisión menor de acetofenona y, por tanto, a la reducción del atractivo para los mosquitos.
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