23 de diciembre de 2018 00:00

El ‘bonitico’, espíritu del año nuevo inca

Desde el 21 de diciembre se celebraba el solsticio. A los indígenas les molestaba que se confundiera con las festividades blancas y mestizas.

Desde el 21 de diciembre se celebraba el solsticio. A los indígenas les molestaba que se confundiera con las festividades blancas y mestizas.

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Amílcar Tapia Tamayo

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Desde el 21 de diciembre se celebraba el solsticio. A los indígenas les molestaba que se confundiera con las festividades blancas y mestizas.

“Muy por la mañana, escuché el sonido de un caracol, ante lo cual salió gente de todos los rincones del pueblo llamado Tambo, en el cual debí quedarme de manera forzosa antes de llegar a Cuenca por cuanto los arrieros no llegaron con mi equipaje por la temporada de lluvias que en esta zona es tremendamente fuerte (…) el capataz me había conseguido una posada realmente mala, puesto que consistía en un cuartucho en donde había una especie de colchón de tamo en donde no tuve más remedio que recostarme con tremendas incomodidades (…) salí para ver de qué se trataba por cuanto la concurrencia era cada vez mayor (…) en el centro de la plaza estaba un músico con un tamborcito y un pífano y alrededor de él varios muchachos bailaban alegremente.

Pregunté por qué lo hacían, y dijeron que era el inicio de la fiesta del caparami o algo parecido (Kapac Raymi) debido a que los indígenas de estos lugares festejan el solsticio de diciembre con mucha alegría (...) Creí se trataba de la Navidad o proximidad del año nuevo, pero no, ellos ven a estas fiestas de modo diferente y no les gusta se confundan sus alegrías con las fechas de los blancos y mestizos...” (Hilmer Bruck, ‘Mi viaje por América’, Londres, Imprenta de Jude Hoige, 1898, (Traducción y reedición por J. L. Ribas, Bogotá, Edic. Boyacá, 1975, p. 115)

El viajero inglés Hilmer Bruck llegó a Ecuador en noviembre de 1895 y se dirigía a Cuenca con el fin de “realizar ciertas averiguaciones sobre unas minas de plata que había en las montañas de Cajas…”. Se vio obligado a quedarse en el pueblo de Tambo (actual provincia del Cañar) por la demora de su equipaje. En este lugar se detuvo por cuatro días. “Con suerte fui invitado por el cura del pueblo a pesar de mi condición de protestante, ofreciéndome algo de comodidad, puesto que estaba pasando grandes peripecias por falta de ropa, comida y elementos propios de un ‘caballero inglés’ ”.

El cura del pueblo, Simón Villota, le puso al tanto de las tradiciones de los naturales, de quienes “no se puede dudar ya que guardan sanas costumbres en cuanto a la moralidad y forma de concebir el respeto a los mayores y la manera de honrar a la tierra. Me sorprendió ver a un cura que hable de esa manera ya que a todos quienes he escuchado comentar sobre los indios, lo hacían de forma despectiva, burlándose incluso de sus creencias. Este cura que hablaba muy bien francés y un poco de inglés, tenía otra forma de pensar, incluso era admirador de un revolucionario que le llaman Alfaro y que por eso el obispo lo castigó mandándolo a este lugar que está cerca de la montaña que llaman de Yanacauri”.

“Los indios, me decía el clérigo, ven a la tierra como un ser viviente, es fuente de vida y es sagrada, por lo que es necesario respetarla y conservarla. Ella es muy generosa con quienes bien la tratan, pero es enérgica y castiga a los que la ofenden, por ejemplo quemando los pajonales o permitiendo que se erosionen los suelos por su mal uso. Por ello las erupciones y temblores, así como las sequías o demasiadas lluvias. También las plagas y otros males que llegan cuando no se la honra y agradece”.

“En estos días cuando se aproxima el fin de año, los indios celebran sus rituales de agradecimiento al crecimiento y desarrollo de las plantas. Además, según dice mi informante, es el primer mes del calendario antiguo de los incas, por lo que hay necesidad de bailar golpeando duro la tierra para que ella sienta la felicidad de sus hijos, baile que tiene por objeto resaltar el tiempo en que los muchachos se hacen jóvenes y los jóvenes pasan a ser hombres.

La fiesta es de todos y es vigilada por los curacas y principales para que se cumpla. Hay mucha comida y chicha que se hace con doce granos diferentes de maíz. Existen varios juegos que son llamativos en donde los muchachos deben ganar respeto y posición entre los demás. Estos juegos se hacen a manera de competencia y los que ganan tienen un espacio de distinción entre todos, lo que permitirá que más tarde ellos dirijan a su pueblo.

Está prohibido robar, mentir o ser vagos, por lo que cuando alguno comete estos errores son castigados con fuerza y delante de todos. Las mujeres tienen un espacio propio y son muy consideradas. Los ancianos tienen la potestad de reprender a quien quiera y su palabra es muy obedecida por cuanto ellos son el ejemplo de lucha y trabajo. En este tiempo, los niños y jóvenes reciben regalos de ropas y sombreros como parte de su crecimiento.

También se cambian los jefes indios entregando el gobierno a otros de probada rectitud, honradez y trabajo. Desconfían totalmente de los blancos por cuanto estos son ambiciosos, lujuriosos y vagos, generalmente pasan en sus haciendas y abusan de los indios por su codicia. Los mestizos son groseros en toda forma. Las autoridades de policía y de gobierno no hacen más que robar de forma descarada.

La mayoría de curas son mal vistos por cuanto les interesa el dinero por encima de todo. El padre Villota es uno de los pocos religiosos que sirven a Dios y a los pobres con amor y dedicación. Este hombre vive de forma muy modesta y honrada -no tiene siquiera un caballo para trasladarse de un lugar a otro-, por lo que es apreciado y respetado por todos”.

“Ellos no entienden mucho de la Navidad y menos de lo que es Año Nuevo porque no les interesa la fiesta de los blancos. Tienen sus propias costumbres en esta época del año y es que conversan que a partir del 21 de diciembre en que hay cambio de estación solar, llega desde muy lejos un espíritu al que le llaman ‘Bonitico’, que en su imaginación afirman es un niño pequeño, hermoso y muy servicial, que viene de la mano de su madre joven y bondadosa a la que llaman ‘Marujita’.

El ‘Bonitico’ llega con una carga de buenos vientos, agua de lluvia para que crezcan las plantas, pone fuerza a la tierra a fin de que sea generosa con los maíces, mastuas (sic) (mashuas), ocas y más granos que en esta época se hallan en desarrollo, pero también trae un látigo para castigar a los malos maridos, a los indios chumados y vagos, a los que son tramposos en sus acciones, a los que roban y mienten para beneficiarse de algo perjudicando a los demás; a los guarbas (guambras) que andan descarriados sin obedecer a los padres y en fin a poner orden en todas las cosas de la tierra. Hay que ir a las nacientes de agua y bañarse durante ocho días seguidos para purificarse de las malas energías y comenzar lo que los blancos dicen Año Nuevo, que para los indios no es otra cosa que lo mismo”.

El ‘Bonitico’ se asoma durante ocho días por las mañanas en lo que los indios le dicen cuite (cuiche-arcoiris). Allí lo ven cómo baila al igual que el sol y pide que todos bailen y se diviertan sanamente. Fuetea a los indios jóvenes que andan tras las muchachas para hacerles daño. A los vagos les hace dar mal de ojo; a los mentirosos les hincha la boca y les da dolor de muelas; a los ladrones, carrasquilla. En fin, a todos los malosos el ‘Bonitico’ los castiga para que inicien bien el nuevo tiempo. En cambio a los honrados les da buenas sementeras y les regala hijos sanos y robustos. La ‘Marujita’, en cambio, ayuda a los viejos, mujeres embarazadas y gente muy pobre. Ella no castiga pero aconseja y le gusta que haya armonía entre todos; caso contrario, llora.”(Ibid. p. 130)

Revisados los informes que en 1903 enviaban los curas del la Vicaría de Azogues, a cuya jurisdicción pertenecía el pueblo de El Tambo, señalan que “los naturales tienen una creencia de que un ser extraño y misterioso asoma entre el 21 de diciembre y 30 de diciembre, el cual tiene la figura de un gracioso niño acompañado de su madre, a los cuales conocen como ‘Bonitico’ y ‘Marujita’. Les hemos insistido una y otra vez que se trata del Niño Jesús y la Virgen María que vienen en diciembre con ocasión de la Navidad…” (Informe del P. Miguel Cordero, vicario de Azogues, al Obispo de Cuenca, marzo de 1903. Archivo de la Curia Metropolitana de Quito. Informes, Tomo IV, folio 90)

El Kapak Raimi era una fiesta en honor al sol que se llevaba a cabo en diciembre; se bebía chicha de jora, se mascaba coca y se bailaba. Los actos de celebración prácticamente habían desaparecido; sin embargo, a partir de la década de los noventa se ha recuperado tan hermosa tradición.

*Antropólogo. Investigador especializado en temas culturales nacionales.

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