22 de octubre de 2017 00:00

Antanas Mockus: 'La provocación es pedagógica'

Mockus estuvo en el país para ser parte de la segunda edición del Congreso Internacional Ciencia, Sociedad e Investigación Universitaria, organizado por la PUCE. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

Mockus estuvo en el país para ser parte de la segunda edición del Congreso Internacional Ciencia, Sociedad e Investigación Universitaria, organizado por la PUCE. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O) gflores@elcomercio.com

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A sus 65 años, Antanas Mockus mantiene ese carisma y lucidez que hicieron que los ojos de la región lo regresaran a ver cuando era Alcalde de Bogotá. Por esos años, muchas personas comenzaron a decir que él era un provocador. Un hombre al que le tenía sin cuidado romper las normas y reglas establecidas. Él se defendía diciendo que era su forma de intentar nuevos modelos de convivencia. En una pequeña sala de un hotel del norte de la ciudad, aclara que sigue creyendo en el poder de la palabra y aprovecha para reflexionar sobre los matices que tiene la provocación.

¿Se considera una persona provocadora?
Sí, y mi justificación es que a veces la tarea pedagógica requiere crear una situación nueva, introducir un sentido novedoso en cosas que ya se conocen para mostrar bajo un ángulo distinto lo que siempre vemos. Ahora provocar, en cristiano, también tiene otro sentido y tiene que ver con la generación de deseo, algo que colinda con la coquetería.

¿La provocación es efectiva como herramienta para generar cambios sociales?

Sí, pero hay que tener cuidado porque la provocación siempre tiene un cierto costo. Provocar es como cometer una especie de sacrilegio, por eso es necesario que quede claro que esa pequeña falta estuvo al servicio de una causa noble. Según mi experiencia, uno siempre paga un costo por esos pequeños sacrilegios que comete a lo largo de la vida.

¿Qué pequeños sacrilegios ha cometido?

En una ocasión le tiré un vaso de agua a una autoridad en medio de un auditorio. El otro día estuve tentadísimo a hacer lo mismo, cuando un moderador de un foro no lograba que la gente hiciera silencio. Más allá de estas experiencias, es importante que la gente vea el saldo pedagógico de la provocación y la juzgue por ese lado.

¿Qué aporta al debate social que un alcalde o un presidente se convierta en un provocador?
Primero se rompe la rutina. En América Latina tuvimos la experiencia de un presidente que hizo campaña diciendo que era aburrido, esa fue una forma de provocación. Uno genera comportamientos que son adoptados o copiados. A veces la copia es terriblemente mala y otras veces la copia sale mejor. Recuerdo que después de que me bajé los pantalones en medio de un auditorio lleno de estudiantes, me encontré con dos mamás que me contaron que sus hijos habían sido expulsados del colegio por hacer el mismo gesto. En ese momento sentí culpa pero una de las mamás me dijo que igual el colegio era malo y que había aprovechado la situación para ponerlo en uno mejor.

¿Lograr que la gente salga de su zona de confort?
Todos tenemos una zona de seguridad y de confort y me parece que jugar con los límites de esa zona es útil. Una vez, durante un día de Halloween, le dije a mi gabinete en la Alcaldía que nos disfracemos. La Secretaría de Gobierno se disfrazó de madre superiora, el que dirigía la parte de seguridad de presidiario, la Directora de Bienestar Social de prostituta. En ese contexto, le dije al general de la Policía que por favor se pintara los labios de rojo. Claro, él me respondió que el uniforme es incompatible con los labios pintados. Esa experiencia muestra que el orden social está muy relacionado con la organización de los significados culturales; por eso, meterse con la cultura significa alterar las identidades y los repertorios de las personas.

Hay una línea delgada entre la provocación y el sensacionalismo.
Creo que he alimentado el sensacionalismo de los medios. Un amigo me decía que cuando los medios no tenían temas me buscaban y fijo encontraban algo. Cuando trabajé de reportero, recuerdo que cubría temas sensacionalistas. Fui a Lima a entrevistar a un hombre que tenía un harén, y a Miami a entrevistar a una pareja con dos hijos que habían descubierto que eran hermanos. Curiosamente, esas notas sensacionalistas terminaron siendo pedagógicamente muy útiles para hablar de distintos comportamientos sexuales.

¿Cómo la provocación puede ayudar a que el mundo sea más habitable?
En la Bienal de Berlín, en la que participé, un grupo de artistas introdujo mallas, alambres de púas y de electricidad en algunos barrios. La acción me pareció un poco agresiva, pero la idea era que la gente se levante por la mañana y vea cómo el barrio estaba atravesado por todos estos materiales. Otro ejemplo que se me viene es cuando el artista Antonio Caro escribió en una bandera la palabra Colombia con la caligrafía del logotipo de Coca-Cola. Ese caso fue bonito, porque la ambigüedad permitió rendir un homenaje a la bebida y también hacer un llamado de atención a Colombia.

Ahí aparece el juego como una forma de provocación.
Hay juegos y juegos. Cuando era chico jugaba a la botella y recuerdo que calculaba dónde tenía que ponerme y con qué fuerza girar la botella para que me tocara darle un beso a la chica que me gustaba. El juego es muy importante para pensar hipotéticamente, para pensar cómo sería el mundo si existiera un tipo específico de reglas.

¿Qué tipo de provocaciones hay que evitar?
Creo que hay mucho humor que es dañino, ese humor machista y racista, o ese que se burla de los defectos que tiene la gente. Hay cosas con las que se debería tener cuidado. Recuerdo que en la universidad tenía un profesor que solo se burlaba de él mismo.

¿Cuál ha sido la provocación más fuerte que ha recibido?
Carlos Uribes Celi es tal vez la persona que ha escrito el artículo más agresivo sobre mí. Le echó vainas a los lituanos para echarme vainas a mí. Pero él subraya algo que nadie había notado y es que siempre juego mucho con la proxemia, este tema de las distancias entre los cuerpos, porque el orden social está hecho de límites. En la actualidad, esos límites han cambiado. El matrimonio gay es un cambio muy fuerte, por ejemplo. Cuando era niño, en la colonia lituana había una mujer lesbiana y recuerdo que la manera en que mis padres hablaban de ella era como si fuera el demonio encarnado.

¿Hay provocadores a los que admire?
Están Gandhi y la gente de Charlie Hebdo. No es que los admire, pero me sorprenden. Los nadaístas cuando empezaron en Medellín pisotearon hostias consagradas. Fue visto como un sacrilegio pero se hicieron conocer. Hay que recordar que la provocación está muy cerca del todo vale y la violencia también está muy cerca del todo vale. Estoy convencido de que hay que prevenir y evitar la violencia. Si ofendo a una persona en sus creencias religiosas es probable que reaccione con dureza. Hay que cultivar el sentido de lo sagrado para evitar la trivialización de la provocación.

¿Todos deberíamos, de alguna forma, ser provocadores sociales?
Tiene que haber una economía de la provocación. Yo diría que hay que usarla como gotas homeopáticas. La provocación funciona muy bien cuando se relativizan las reglas, pero simultáneamente se reconstruye el encanto. Vivimos una época de desencantamiento y la provocación suele acentuar el desencanto, pero si se hace bien se logra ese servicio del reencantamiento.

¿Qué reencantamientos son los que más recuerda?
Los sociólogos de la religión dicen actualmente que no podemos ser creyentes, pero podemos reconocer la fuerza que daba el ser creyente. Alguien que está por fuera de las iglesias y de las ortodoxias puede ser más sensible que las personas que la han rutinizado.

Mi primer matrimonio fue por la Iglesia y le pedimos al sacerdote que la ceremonia tuviera vida y la experiencia fue terrible, porque parafraseó toda la misa. Se alargó tanto, que se acercó y nos preguntó si iba bien y mi esposa le dijo que terminara todo. Pienso que es importante recobrar caminos por los que se ha transitado, para revivir lo que el lenguaje decía. Un teórico del arte ruso decía que todo tiende a volverse gris y toca ponerle colores. Creo que las grandes reformas sociales pueden adelantarse cambiando el juego de palabras. Si decimos las cosas distinto, podemos crear cosas distintas.

Antanas Mockus    

Nació en 1952, en Bogotá. Estudió Matemáticas y Filosofía en la Universidad de Dijon, Francia. Tiene un magíster en Filosofía por la Universidad Nacional de Colombia y un doctorado Honoris Causa de la Universidad de París XIII. Fue Alcalde de Bogotá en dos ocasiones y candidato a la Presidencia de Colombia también en dos oportunidades. Es presidente de la Corporación Visionarios de Colombia.

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