Adiós a Allan Coronel Salazar, escritor y columnista de EL COMERCIO

El escritor y columnista de este Diario, Edgar Allan Coronel, falleció. Fue un hombre de bondad, talento y fino humor.

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A veces no queda otra alternativa que pensar en la muerte y despedir a alguien entrañable como le fue Allan Coronel Salazar, columnista de este Diario. Aquejaba una enfermedad pulmonar tras contagiarse de covid-19 hace algún tiempo.

Llevaba un tiempo luchando contra la enfermedad. Pero la muerte, como él mismo decía en su muro de Facebook, “no es una opción, es un hecho, y es inevitable”. Allan Coronel Salazar ha fallecido y es en este momento cuando se quiere decir en verdad “¿por qué se tienen que ir los buenos?”

Allan fue un ser bondadoso. Incluso en sus columnas más críticas se notaba esa comprensión que no entraña odio. Les dio a las páginas de opinión la frescura que requería y trataba sobre todos los temas posibles: cine, literatura, televisión, arte, música, las cancelaciones, la tentación que muchos tienen de imponer sus verdades morales y la política. Y todo lo escribía en un lenguaje amigable, con esa vena de escritor de relatos que mostraba de joven.

A Allan Coronel lo conocí cuando él era un estudiante universitario y yo aún un colegial. Ambos teníamos aspiraciones de ser convertirnos algún día en escritores. Tuve la suerte de participar en los últimos seis meses del taller literario que dirigía Miguel Donoso Pareja.

Allá lo vi: alto, grueso, con una voz profunda y con un sentido del humor inteligente. Me gustaban sus cuentos, la forma en que los leía. Me miraba con piedad por mis terriblemente malos poemas, pero siempre sacaba algo bueno que me permitía tener ganas de seguir.

Quise ser su amigo de inmediato y él me recibió con ese sentido de bondad que tenía. Llevamos, como correspondía si se quería ser un escritor, una vida bohemia, con otros miembros del grupo, entre los que se encontraba el gran poeta Vicente Robalino.

Cuanto terminaron los talleres de Miguel Donoso Pareja, el ‘tallerismo’ continuó, pero ya sin el maestro. Se habían formado grupos como La Pequeña Lulupa o la Mosca Zumba. Vicente, Allan y yo quisimos hacer otro. El nombre fue idea de Allan y era algo más serio: Con-textos. Pero no prosperó.

Para ese tiempo, Allan, que había pasado por la Universidad Central estudiando periodismo y publicado su muy buen libro de cuentos ‘Alza la vista que no te veo los ojos’, mostraba que lo suyo también era el cine. Y aplicó para la escuela de cine de Cuba. Y estudió allá.

Desde entonces, cosas propias de la vida, lo perdí de vista, hasta recientemente, al ver sus columnas en EL COMERCIO y las celebré como idea y me gustaron como textos. No había dejado de escribir literatura pero tampoco publicaba sus obras.

Últimamente formó parte del grupo llamado Los Incorregibles. Volvió a publicar y eso se celebraba. Volvió a editarse su primer libro, y salió otro, que, viéndolo ahora, sonaba a presagio: ‘Un poco para no morir’.  Hay otro del que no se ha hablado aún y es de poesía: ‘Lapsus at eternum’.

Venían otros textos en camino. Pero llegó la muerte. Y solo queda dar un triste adiós por el vacío y que extrañaremos su bondad y sus columnas en este Diario. Pero también celebramos la vida de un gran hombre.

Esta fue la última columna que publicó: Historia e historia


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