Psicosis, la película insuperable de un genio

Más de seis décadas después de su estreno, Psicosis de Alfred Hitchcock aún perturba porque, detrás del crimen, se abre el abismo de la mente humana.

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Era la paradoja hecha hombre. Medía más de 1,90 y portaba el peso justo de 180 libras. Su esbelta figura daba la sensación de un ciprés desafiando lo que hallaba a su paso, pero su mirada se replegaba en su propio abismo.

“Tímido, neurótico, atrayente”, lo describían sus amigos. En su tiempo –los 60 del siglo XX– una desaforada y rabiosa homofobia se cernía en el ambiente hollywoodense, sin embargo, no ocultó su orientación sexual y sus relaciones fueron públicas.

Anthony Perkins (Estados Unidos 1932-1992), célebre actor de teatro y cine, murió de neumonía agravada por VIH/sida. Acatando su voluntad, su cuerpo fue cremado y sus cenizas depositadas en una urna.

Su familia y su viejo amigo, el actor Tab Hunter, asistieron al ritual de despedida en la terraza de su casa. En la urna se grabó –acrimonia y melancolía del actor–: “No me pongan más amarras”.

¿Exorcismo de un alma atormentada y trágica?

“No hay películas malas, sino directores malos”, dijo François Truffaut. Alfred Hitchcock es, para numerosos críticos y estudiosos del cine, el más grande que ha dado la historia de este arte. Y Psicosis, 1960, uno de sus más relevantes logros.

Medianos recursos económicos y tecnología de la época no fueron óbice para que el cineasta filmara un clásico del séptimo arte. En el libro El cine según Alfred Hitchcock de Truffaut se halla una descripción del propio Hitchcock: “Psicosis es una película de puros efectos visuales dirigida a provocar una respuesta emocional masiva en el espectador. No hay mensaje; es pura cinematografía”. Esta definición revela la complejidad intelectual y anímica del cineasta (guiño despectivo a los cineastas de la época).

Blanco y negro. Los colores primarios, ideales para Hitchcock para verter a través de ellos el amor, la locura y la muerte: la trinidad profana de su película. Memoria y desmemoria. (Perkins vivió consumido por su complejo de Edipo: su madre hacía y deshacía de él como si fuera un muñeco de guiñol). ¿Influyó de algún modo este hecho para modelar su personaje?

Norman Bates, el protagonista de Psicosis, funge de gerente y administrador del Motel Bates. A un breve trecho, en una colina solitaria y lúgubre –el estilo victoriano y gótico en su más siniestra expresión–, la mansión Bates, habitada por Bates y su madre, quien ejerce su soberanía dando las espaldas. Él la mima, la peina, la asea, la maquilla. Habla con ella. Es el único ser que apacigua su soledad y desamparo.

La madre y él son dos en uno. Cuando la madre aparece en la eclipsada memoria de Bates y cree que él podría enamorarse, asesina. Es ella quien comete el crimen. Bates, presuroso, lleno de amor y ternura, limpia el reguero de sangre que ella deja.

Una y mil veces el cuchillo que aferra Bates rasga la cortina de la ducha donde se oculta Marion, la coprotagonista, mientras una música maravillosa y estridente acompaña su ímpetu homicida. Muere Marion a medio filme y el espectador se desconcierta. Lo que ve es un repertorio de sombras. Danza macabra: la fragilidad humana, desnuda, inerme, muriendo desangrada al repiqueteo inmisericorde de un cuchillo esgrimido por un ser herido por la locura.

“Existirá una escena mejor lograda que el asesinato de Marion Crane de Psicosis?, se preguntó el soberbio y egocéntrico Norman Mailer, 2005. Agua y sangre. Murmullo rojo viscoso que se aprieta antes de desaguarse. La fragilidad de la condición humana fugándose en su sangre por un sumidero.

Banda sonora de Bernard Herrmann, emblemático compositor. Fotografía acorde al filme y soberbia actuación de Anthony Perkins, quien no pudo librarse –hasta su muerte– de los sutiles espasmos encarnados en él durante el rodaje. El actor no interpretaba tics, exhibía las cicatrices marcadas por el dominio de su madre, viva, muerta y renacida en su psiquis atormentada.

La madre de Bates: su cadáver momificado, elevado a los altares que la mente eclipsada del hijo había esculpido en su cabeza. “Existe un dolor, el más hondo, es el costo de la lucidez” (Cioran). En los momentos de cordura, Bates se muestra lúcido al extremo, pero su ser tiembla por dentro; delirio y ocaso se abrazan.

Pienso en aquel hombre pequeño y regordete que fue Alfred Hitchcock. Misógino. Sadomasoquista. Obsesivo compulsivo. Maltratador de actores y actrices, vivió culpable y castigado por todo lo que no hizo. Sentía terror por las alturas, las casas antiguas, las calles… Tenía pavor a los policías, a los huevos (ovofobia), al desaseo, a los malos olores… Su único y gran amor, refugio y templo: Alma Reville.

“La hipersensibilidad crea seres desesperados”, escribió Herman Hesse y Hitchcock lo fue. ¿Algunos de sus filmes fueron una forma de catarsis?

“Una gigante sombra que buscó la luz entre las ruinas”, dijo de él Donald Spoto: “Alfred Hitchcock, la cara oculta de un genio”.