Hitchcock y sus enigmas (II)

El cine de Hitchcock, maestro del suspenso, destaca por obras como Vértigo y Los pájaros, que revolucionaron el género policial y psicológico con profundas críticas sociales y narrativas innovadoras. Su legado es un pilar del cine clásico.

Fecha de publicación:

Fecha de modificación:

El cine de Hitchcock fascinó a críticos y públicos. Dominó todas las técnicas para crispar al espectador en una escala memorable de turbaciones físicas y psicológicas. Vértigo (1958) es su película más aclamada. Eugenio Trías, notable filósofo hispano, no solo le dedicó su libro Vértigo y pasión, 1979, sino que la convirtió en un ritornelo que sobrevuela por la tríada de su filosofía: “lo bello, lo siniestro y lo sublime”. El pensador presumía que vio Vértigo más de cien veces.

Vértigo fue excluida de carteleras durante treinta años, puesto que su estreno fue demolido por la crítica. Desde 1983 pasó a convertirse en la “más genial muestra de cine de suspenso de todos los tiempos” (John Russell Taylor). La trama: un investigador policial se retira consciente de que sufre acrofobia (terror a las alturas). Pero su descanso es interrumpido por el pedido de un excompañero universitario que le pide seguir a su cónyuge, posesa de una mujer muerta hace años. Cumpliendo su misión se alucina por la mujer, pero ella está estigmatizada por misterios insondables.

Vértigo sigue suscitando ensayos y críticas en diversos idiomas. Lo cierto es que en películas como esta no hay otra opción que someterse a su sortilegio. Es un canto de sirenas que se filtra por nuestros ojos para apoderarse de nuestro subconsciente. Cine clásico (transgresor de tiempo y espacio). Prodigio de las formas que fundan la realidad y donde depravaciones y supersticiones se juntan y la necrofilia se alía con el imaginario romántico consumando una obra poética de sutiles y múltiples urdimbres.

Vértigo encabeza la vasta filmografía del género policial –tan caro para Borges–. Se aleja mediante refinadas argucias del “género negro” (rastreo en el subsuelo de una sociedad donde imperaba la depresión económica y secuelas de la posguerra). La película de Hitchcock es fiel a los cánones de su género, pero en varios episodios los renueva o rehúsa. La revelación de la trama ocurre cuando faltan aún “eternidades” –como las llama Trías–. Y cae de manera atroz y despiadada, como para ultimar al espectador.

La formación del cine mudo de Hitchcock contribuyó a su espléndida filmografía sonora. Cine de suspenso de hondas resonancias humanas el suyo. Situaba las escenas más decisivas en espacios abiertos y luminosos. (No existen horarios específicos para los desastres que sufren los seres humanos, tampoco lugares fijos). Otra de sus obsesiones fue la de despojar a sus personajes de todo lo que pudiera ser o parecer estereotipo: ni el antihéroe es descubierto desde el principio ni el protagonista tiene que ser un héroe invulnerable.

En una visión fresca, Beatriz Hortal (Alfred Hitchcock, cineasta y arquitecto), emparienta el cine de Hitchcock con el arte de Edward Hopper. Zozobra y obstinación por las ventanas de los dos artistas. ¿Voyerismo, fisgoneo, anhelo de ver a los otros detrás de sus ventanas? Los dos aguzan su mirada para cruzar el cristal y averiguar qué se oculta tras la fachada del fabuloso aunque ilusorio mundo americano. Soledades, desamparos, vacíos… Y, quizás algo más, desde esas ventanas, dejan la interrogante de adónde va la vida cuando se detiene.

Los pájaros, 1963, completa la trinidad más comentada de Hitchcock. “El tema de Los pájaros –declaró el cineasta– es el exceso de autosatisfacción que se observa en el mundo; la gente devora todo y no tiene límites, y es inconsciente de las catástrofes que nos amenazan.” ¿Testimonio y denuncia de lo que ocurre en nuestro mundo? Matizado por breves destellos de ironía, este filme asombra y sobrecoge. Maestro del cine psicológico, Hitchcock revuelve la mente del espectador con una invasión de pájaros que provocan el pánico de una comarca, agrediendo todo lo que hallan en su vuelo ciego y exterminador.

Francois Truffaut, al referirse a Los pájaros, lo hace evocando aquello tan antiguo y nuevo del Leviatán de Thomas Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”, aludiendo el estado natural de los seres humanos que los conmina a su sempiterna lucha contra los demás, en el filme de Hitchcock, simbolizada por las aves.

Hitchcock apareció 40 ocasiones en sus películas. Orondo y circunspecto asoma en las escenas culminantes de sus películas o en sus inicios para no distraer a sus cinéfilos. Como costumbre recurrente en la mayoría de sus cameos (apariciones súbitas), llevaba instrumentos musicales. En Extraños en un tren (1951) lucha por subir un contrabajo a una locomotora, pero el instrumento es más grande que él y fracasa en su intento.

Se me ocurre que estará en algún lugar de los cielos y los infiernos, cenando sus habituales filetes, sus tres porciones de helado y brindando su medio litro de whisky escocés por sus innumerables detractores que odiaron y condenaron sus películas y a quienes nunca les dio importancia.