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Era incapaz de filmar historias simples, aquellas que ocurren a diario en cualquier lugar del mundo. Su compleja urdimbre humana le forzaba a recrear peripecias que sondean los intersticios del ser y esos meandros oscuros por donde deambula nuestra mente. Obeso, doble mentón –lo levantaba siempre para disimularlo–; sibarita –llevaba a su cocinero adonde iba–; misógino, despreciativo y sarcástico, en nuestro tiempo, sus conceptos sobre ciertos asuntos serían devastados, Alfred Hitchcock (Reino Unido, 1899-Estados Unidos, 1980), genio insuperado del suspenso, ese género del cine que eriza nuestros laberintos interiores y alienta el miedo.
Cinismo y soberbia, otros componentes de la personalidad del cineasta. ¿Es cierto que su repulsión por las mujeres rubias devino del platónico amor que sintió por Marilyn Monroe, como afirma una antigua reseña de la revista Ecran? Al mirarse en el espejo, de ser verificable esta aserción, “pequeño en comparación con los colosos de Hollywood con quienes evitó ser fotografiado”, regordete, calvo, manos de niño, pequeñas y abultadas…sintiéndose incapaz de declarar su callado amor, odió a las mujeres y a Marilyn, acaso con sevicia. “No me interesa la Monroe –dijo–, lleva la palabra sexo colgada del cuello como si fuera un camafeo” (Francois Truffaut).
¿O fue por el trauma grabado por un comisario cuando su padre lo mandó con una carta –frisaba los cinco años– y, al leerla, lo encerró en una celda porque así se debía proceder con los “niños malos”? ¿La ausencia de su madre que nunca apareció cuando estuvo encerrado a pesar de sus imploraciones? ¿O por la puritana y rígida formación recibida en su hogar y en las instituciones religiosas donde estudió? Lo cierto es que su desprecio hacia las actrices careció de límites. De quienes trabajaron con él, ninguna escapó de sus tratos ásperos o sus cáusticas opiniones.
Tippi Hedren (Estados Unidos, 1930) actuó en Los pájaros, 1963, y fue absorbida por el cineasta hasta convertirla en una blanda arcilla a la cual manipulaba a su arbitrio; la actriz estalló, y con sus últimos arrestos, abandonó el plató gritándole: “Puto, cerdo, gordo”. Impasible, “reprimido y ambiguo”, ¿ocultando tendencias que nunca sacó a la luz?, siguió sometiéndolas a presiones inacabables y execrándolas. “Muñecas rusas (de madera). Bolsos abrochados. Fachadas de pinturas…”, fueron expresiones que aplicaba a las mujeres. Misoginia. Terror a la mujer como símbolo del mal que tanto lo amedrentó, así como a la locura y a la muerte.
Se ha escrito en abundancia sobre su arte magistral, también sobre su vida –insípida, lineal, velada, salvo los fuegos fatuos del cine de su entorno–, sin embargo, pululan opacidades sobre su itinerario personal.
Psicosis, 1960, la “escisión del yo”. Juego macabro del ser muerto redivivo y muerto otra vez, para volver a ser, círculo siniestro que embosca y cautiva al espectador. Las imágenes estremecedoras –desvarío, pavor, angustia, muerte– hostigando y flagelando la mente de un joven cuya vida ha sido una sucesión de episodios trágicos.
Una secretaria roba cuarenta mil dólares para facilitar su matrimonio. Huye con el dinero. Cae la noche tormentosa; forzada por las circunstancias, se aloja en el motel Bates. Norman Bates, su turbado dueño, la atiende con esmero y le cuenta que vive con su anciana madre que sufre de celotipia –su imagen recurrente asoma por la ventana de la derruida casa que ocupan, contigua al hotel–. Lo preludiado por Norman ocurre: la madre, en un estallido de celos, mata a la secretaria. Luego de sucesos tensionantes, se descubre que la madre solo es un escombro humano momificado.
Exaltación del negro y el blanco, los colores primarios del arte visual. Hitchcock trabajó con un escaso presupuesto, pero logró una de las muestras más completas del suspenso. ¿Ofrenda a Edipo Rey, a su propia madre…? ¿Oda al incesto consumado con el progenitor del otro sexo, pero también parricidio (exterminio del padre)? Alarde fetichista. Internalización en la mente esquizofrénica. Apoteosis del duelo. Precuelas, secuelas, remakes, series… por decenas, suscitó el filme de Hitchcock. Nadie ni nada ha podido igualarla.
“Hombre normal que por un momento/ cruzas tu vida con la del esperpento/ has de saber que no fue por matar al pelícano/ sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros/ y que a nada sino al azar y ninguna voluntad sagrada/ de demonio o de dios debo mi ruina” (Leopoldo María Panero).