Diego Almeida Guzmán

La manipulación

Para el Diccionario Enciclopédico Webster, “manipular” es manejar o influenciar de manera hábil, especialmente en forma injusta. En la lengua española, su acepción es más amplia. El Diccionario de la Real Academia Española define al verbo en términos de “intervenir (…) con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”. Nosotros agregaríamos, “el hacerlo torpemente o sin la necesaria transparencia”.

La manipulación entraña un resquebrajamiento de principios éticos a ser observados por la persona en sus actuaciones. Ésta no siempre implica una mentira, sino más bien el acomodo de factores con el propósito de llegar a un fin, que no se lo conseguiría de existir “sinceridad”. Así, en la mentira estamos frente a la pura y llena alteración de la realidad; en la manipulación, la verdad es “adecuada” a la consumación de una meta (“razonamiento práctico”).

En el campo “político” -tanto público como privado- la manipulación ha venido a convertirse en una deformación extendida. Se la emplea como táctica o estrategia tendiente a engañar al segmento comunitario cuyo favor se requiere para llegar a una posición de poder. Su utilización va en proporción directa con la carencia de solvencia moral del agente y beneficiario, pero también con la ingenuidad de la colectividad como interlocutora. Es así como se logra acceder a asientos de dirigencia sin los indispensables méritos y capacidad para ejercerlos. El agente y su dependiente rubrican el accionar manipulador de dos maneras. La primera es a través de la “manipulación por distracción”, en la cual aquellos dejan de revelar información relevante, que llevaría a sus seguidores a decantarse por soluciones alternativas.

La segunda es la “manipulación activa”. El actor acomoda la realidad para que represente solo lo que conviene a sus embusteros provechos. La manipulación de este tipo es una transgresión/defraudación, a la confianza depositada en los agentes. Se identifica un impresentable conflicto de intereses, que el manipulador y su benefactor los camufla.

Por otro lado, D. Maillat y S. Oswald, en un artículo publicado por International Review of Pragmatics, se refieren a una interesante característica complementaria del fenómeno manipulativo. Se trata de aprovecharse de la “desigualdad social entre manipulador y manipulado”. Si bien los autores hablan de desigualdad “social”, consideramos que en su praxis tal obscena explotación abarca más. El manipulador usufructúa de debilidades de todo tipo, no solo sociales: culturales, económicas, intelectuales. Esta expoliación por sí sola conforma un atentado ético, de hecho mayor que la triste manipulación.

El manipuleo desfigura las relaciones -llamadas a ser sanas- al interior de la sociedad o cualquier colectivo, a tal grado que produce espejismos principalmente en sus sectores más vulnerables.