Farith Simon

Carlos es Yaku

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Lunes 15 de febrero 2021

Crecí en Latacunga, estudié en escuela y colegio fiscal. Eran clases grandes en las que estábamos juntos niños de todos los sectores de la ciudad: niños indígenas, campesinos, hijos de personas que trabajaban en el servicio doméstico, de empleados públicos, de comerciantes, en fin, una diversidad impensable en estos tiempos en que la educación pública y la privada separan. En mi infancia se vivía un racismo abierto, pero en la escuela descubrí un racismo más duro, más violento y descarnado.

Quinto grado, el profesor nos separó en grupos: en los pupitres más cercanos los “blancos”, en la siguiente fila los “pobres”, en las demás los “cholos” y al final los indígenas. Dictaba las clases mirando a quienes estaban frente a su escritorio, los otros existían poco, excepto para la humillación y el castigo.

Muchas mañanas revisaba nuestra “limpieza”, pedía mostrar manos y pies y, si estaban sucios, algo frecuente con los niños que venían del campo por caminos polvorientos, con botas o zapatos de caucho sin medias, nos llevaba al patio, hacía que se desnuden los que consideraba estaban sucios y les obligaba a tomar una ducha de agua casi helada, en la mitad de un patio abierto en el que corría un viento helado. Las duchas no tenían puerta, ninguna privacidad; les gritaba que se froten duro, que se quiten toda la suciedad. Al terminar, se vestían sobre el cuerpo mojado y así pasaban todo el día.

Era un profesor temido, estricto, duro; no recuerdo sus palabras exactas, pero no he podido borrar de mi mente cómo propinaba sus castigos físicos a quienes no cumplían las tareas o desobedecían. La forma de castigar era distinta dependiendo del grupo de niños a los que se dirigía; con los que consideraba “iguales” era firme, pocos golpes, propinados por él. A los niños indígenas les castigaba con un asentador, una tira de cuero usada para afilar navajas; el castigado debía pasar al frente mientras otro niño le cargaba, de forma que el cuerpo quedará estirado listo para recibir los golpes; un tercer niño era el que propinaba los azotes. Debía hacerse con fuerza, él pedía con más fuerza, como “varoncito” decía, no como niña. Era una suerte de privilegio.

No creo que actos así se repitan, pero existe maltrato escolar y el racismo esta presente siempre. En octubre muchos despreciaban a las personas por su etnia, usaban el “indio” como insulto; o, en estos días, frente al notable resultado electoral de Yaku Pérez, hasta fuerzas políticas que se cuelgan el letrerito de “progresistas”, hablaban de “falso indígena”, “derecha que no se baña”, traidor. Pérez asumió un discurso propio, es atacado por haber decidido usar un nombre indígena, por reinvindicar su pertenencia étnica. No comparto muchas propuestas, acciones e ideas de Yaku Pérez, pero admiro su forma de reinvindicar su identidad en un país todavía racista, por eso espero, al margen de los resultados, que esto nos ayude a superar el racismo.