
Academias e institutos de cine acreditan la cinta El bebé de Rosemary como uno de los grandes clásicos del cine de terror. Junto a Psicosis de Hitchcock y Nosferatu, vampiro de la noche de Herzog, la película de Roman Polanski ha trascendido el tiempo y el espacio. La vida de Polanski es una maraña de oscuridades errantes, su legado al séptimo arte, irrebatible. Entre sus obras notables constan Repulsión, Chinatown, El inquilino, Tess, El pianista…
La película: Rosemary es una mujer inteligente y sensible, gentil y confiada, incauta cuidadora de su hogar. Junto a su cónyuge –artista frustrado, codicioso y engreído, pieza clave del filme–, se traslada a un caserón de encajes de piedra antigua. Su arquitectura exhala el gótico sombrío y misterioso. Fundan amistad con un matrimonio de ancianos, guías de un grupo satánico.
Un amigo les relata espeluznantes crímenes satánicos ocurridos un siglo atrás en ese edificio, menoscabando el subconsciente de Rosemary. Los ancianos satanistas no tardan en inmiscuirse en la intimidad del hogar de sus recientes amigos influyendo en sus costumbres. En el pliegue del tiempo, otra inquilina, desconocida, se arroja desde una ventana. ¿Suicidio?
La pareja decide tener un hijo. La cópula macabra ocurre una noche: el demonio viola a Rosemary. Pero en la mente de la ultrajada mujer se arraiga la figura de Gay encarnando a Satanás. La podredumbre del abismo no ha vejado un cuerpo, lo ha convertido en un lóbrego templo. La escena se muestra descarnada. Los ojos amarillo incandescentes rutilan en la pantalla, su hijo los heredará, sin mostrar su rostro. El mal son todos los rostros.
Esa mujer engendrada por un íncubo desciende al infierno de la locura desde que llegó a ese tétrico edificio en cuyo portón agitan su vuelo de bronce dos górgolas. Su esposo la manipula y comercia con ella, entregándola a la congregación diabólica. Ella se acerca a la cuna para conocer a la criatura que albergó en sus entrañas. ¿Quién estará en la cuna? ¿Cuántas manos llameantes columpiarán el horror? Ninguna oración llegará al cielo; solo quedan ella y su amor enloquecido…
Toda la parafernalia que edificó el satanismo, el miedo al anticristo, poderosas fuerzas malignas en ciernes, el pánico soreviviente de los rituales de la drogadicción colectiva practicada por el hippismo, el camino aciago de los yonquis, la guerra de Vietnam y sus desgarradoras secuelas… se inscribirían en lo que Carl Jung denominó el “inconsciente colectivo”. Se vivían los 60 del siglo XX.
La historia del emblemático filme de Polanski es narrada y vivida por Rosemary. Subjetivismo. Ella escucha todo lo que se vive en el tenebroso edificio y ve todo lo que se hace. Instila en el espectador sus miedos y tribulaciones.
La presencia de Satanás, Belcebú, Lucifer o como quiera nonbrárselo, ha mutado a través del tiempo. El daimon socrático es una voz que escuchaba el fiósofo señalando lo que no debía hacer por estar reñido con el “bien”. Descartes creyó en un “genio maligno” enraizado en nuestros sentidos, capaz de operar con los humanos como en un juego de espejos. El filósofo pregonó que dudaba de todo, menos de que pensaba y luego existía.
Más allá del horror y los signos góticos, El bebé de Rosemary acierta en una obsesión insanable del ser humano: amalgamar filosofía, historia y religión. La literatura escrita y la cinematográfica han aprovechado esa trilogía. ¿Cinco millones de ejemplares de la novela habrán superado al público de las salas de cine?
La novela –cuya lectura debo a mi inolvidable amigo Ulises Estrella– es una obra maestra, igual criterio guardo de la película del enrevesado director.
Una muestra del cine de terror actual: La cabaña del terror, 2011. ¿Deconstruye –estrategia de Jacques Derrida, término con que se recibió a este filme–? El valor que ostenta es el de criticar el hacinamiento de películas seudoterroríficas. Una cuadrilla de amigos va a una cabaña ignorando que un grupo de tecnólogos de vanguardia los mueven como monigotes de un aquelarre de títeres. Humor ácido. Sarcasmo. Profusión de sangre. Estelas cósmicas arropando la cinta, elemento que obnubila al mundo de los jóvenes.
No existe la originalidad per se. Somos herederos de centenares de miles de años. El cine, que para algunos pensadores “dejó de ser el séptimo arte” (Sontag, 1983), seguirá cautivando espectadores. Seguirá siendo divertimiento y medio de culturización.
Y el cine arte pervivirá a través de los tiempos, porque –acertó en el juicio Buñuel–: “es instrumento de poesía, con todo lo que esta palabra puede contener de sentido libertador y subversión de la realidad”.