El bebé de Rosemary, mitos y leyendas (I)

Un filme, un crimen y una ola de rumores se entrelazaron en la percepción colectiva. El bebé de Rosemary, de Roman Polanski, quedó atrapado en las leyendas que se divulgaron tras el asesinato de Sharon Tate, mientras el miedo alimentaba explicaciones cada vez más fantásticas.

Michelle Charpentier B. Columnista

1969. El mundo se tornó un colosal castillo de juegos pirotécnicos por el asesinato de Sharon Tate, compañera de Roman Polanski en Los Ángeles. Polanski –quien arriba a los 93 años y vive entre Francia y Suiza– era un cineasta que imponía su talento creador en Hollywood y empezaba a atiborrarse de premios. Un grupo de homicidas, encabezados por el “magnético” Charles Manson, perteneciente a una secta satánica, había ingresado a la casa de los Polanski y asesinado a Tate y a sus invitados.

La crueldad de la masacre fue aderezada por un espeluznante relato de rituales de antropofagia, misas negras y macabras venganzas, porque, supuestamente, Polanski había develado el libro de “culto” del satanismo. La Biblia satánica salió a luz en 1969 y mal podía tratarse de esta como se insinuó (El bebé de Rosemary se estrenó en 1968 y es sobre esa película que se desataron reseñas efectistas que exacerbaron el morbo de la gente y dieron pábulo a rumores fantásticos).

El miedo, ese “aguijón invisible”

Un extenso argot emergió de los movimientos políticos y sociales de los 60. El hippismo acuñó, entre otras, una frase que resumía su modo de vida y que se esparció a otros ámbitos: “Vive, y deja vivir”. Esa fue la divisa que Tate hizo suya. Los apuñalamientos que sufrieron las víctimas fueron múltiples y con saña. Tate llevaba en su vientre una criatura a punto de nacer y la frialdad con la que la familia Manson –la pandilla homicida– rechazó su súplica para que permitieran que su hijo naciera fue revelada en el juicio.

El atroz crimen fue difundido bajo la égida del sensacionalismo, causando una herida en el tiempo. (Entre los 80 y 90 del siglo XX se vivió un estado de “pánico satánico”, histeria masiva, con publicaciones y habladurías de ceremoniales satánicos y proliferación de cofradías. ¿Tuvo que ver en este fenómeno el crimen perpetrado por los Manson y la película de Polanski?)

Polanski apareció en una de sus películas posteriores ostentando un colgante en su oreja. ¿Para qué más?… Esa era la insignia del cineasta judío como la máxima autoridad del satanismo mundial, gracias a lo cual había podido exhibir el libro “sagrado” en su película. La “venganza” por su felonía a cargo de la familia Manson, cuyo líder era un músico fracasado y los demás miembros, cuatro “jóvenes descarriados”, se explicitaba a los mil vientos.

Julián Marías, en su libro Visto y no visto. Crónicas de cine, 1962-1963, se mofa de las “películas de miedo”. “Mueven a risa”, escribe. Pero cuando en 1968 se estrenó El bebé de Rosemary, sentenció: “Esta cinta pasará a la historia del séptimo arte”. El cine de terror requería, quizás, inteligencias mayores a la de quienes –con escasas excepciones– habían dirigido filmes de este género.

La mayoría de críticos reconocen en el filme un clásico de la historia del cine. Sin embargo, su director sigue siendo el “réprobo” de él mismo. Luego de cumplir su primera condena –varias semanas en un centro psiquiátrico–, huyó para evadir su sentencia en una cárcel pública. Su repulsivo delito: pervertir a una adolescente de 13 años.

El bebé de Rosmary se realizó con base en una novela de Ira Levin que conmocionó a Estados Unidos y al mundo. La novela tuvo un éxito sin precedentes y fue traducida a varios idiomas. El auge de la literatura de terror le debe mucho a este libro. Obras de Levin no solo se convirtieron en best sellers, sino que enriquecieron la literatura de su país y varias de ellas fueron llevadas al cine. Un beso antes de morir y Los niños del Brasil son éxitos mundiales –como escritura literaria y cinematográfica–.

¿Qué es el miedo? Miedo de ser y vivir. De nosotros mismos. De los “otros”. Lactamos miedo y crecemos eludiéndolo, sosegándolo, callándolo. Quienes pregonan que jamás lo han sentido “esconden sus vidas”, como lo hicieron los prosélitos de Epicuro. (Epicureísmo: omisión del dolor y el placer fácil como fin de la vida).

Lucrecio, filósofo y poeta epicureísta, llamó al miedo “aguijón invisible”. Quizás le faltó decir que llevamos ese aguijón a flor de piel aunque adormecido, presto a alojar su saliva letal en cualquier instante.

¿Es el miedo el castigo con que los seres humanos expiamos la culpa de haber nacido, según reza el cristianismo y sus vertientes? ¿O el miedo de Oriente, con distinto ropaje? Lao-Tse pregona la “quietud” hasta que pase la “ilusión mental” del miedo.

En nuestro tiempo, el miedo es cuestión que absorbe a la psicología, sin dejar de desvelar a filósofos y artistas…

“En el eco de mis muertes/ aún hay miedo./ ¿Sabes tú del miedo?/ Sé del miedo cuando digo mi nombre” (Pizarnik).