Marco Antonio Rodríguez

Ana y su arte

Los “camuflajes” de Ana Fernández (Quito, 1963) son múltiples. Solía sentarse en la Plaza Grande para dibujar y escribir versos. Los decía en voz alta (la tildaban de orate). Un agente municipal se acercó alguna vez y le preguntó qué hacía. Versos, respondió ella, y él le pidió escribir a su amante resentida, Ana le entregó un poema. El munícipe le dio la espalda. Ella lo describió en un texto como un Chaplin criollo yéndose hacia algún sitio que no conoceremos.

Enclavado en el Camino de Orellana tenía su taller. 2017, preparaba un ensayo sobre su vida y su obra. Subí el graderío y me hallé de bruces frente a un arte fresco y aireado, escueto y explosivo, amplio y polifónico. Causticidad, irreverencia, desdén y sobre todo deseo.

Una artista vagamundos nacía a los seis años; quería ser artista, hippie y chilena; libre y descalza. Inició clases de pintura con maestros chilenos. Abandonó la Facultad de Artes y viajó a Europa. Pero el vacío es uno de los duendes que rondan espíritus como el de Ana. Ni dibujo ni pintura definidos aún. Formas de arte, convocación e invocación destinadas a abrir las esclusas de su torrente creativo: cine, danza, performance, dibujo, grabado, tintas, pintura… Su periplo estaba definido por cambios bruscos y fulminantes. Espera y arrebato.

Fernández estudió dibujo y pintura en el San Francisco Art Institute y en California College of the Arts; artista en residencia del Women’s Studio Workshop, Nueva York y ha obtenido varios premios como el Pollock Krasner Foundation Grant. Su itinerario apunta a una madurez creativa que se ha leudado sin pausa.

La obra de Ana Fernández es lo más cercano a la respiración, al ritmo de nuestra sangre durante el sueño. Fragmentación del ser mediante la irrisión de un conglomerado que huye. Aquelarre circense. Lo universal ausente en su esencialidad. Embestida contra toda demasía: lo superfluo, lo vano, el vacío que somos. ‘Huyo de lo que me sigue; voy detrás de lo que huye de mí.’