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La segunda semana de septiembre de 1972, Iván Vallejo subió por primera vez a una montaña. Lo hizo acompañado de Fabián Zurita, marcando el inicio de una icónica carrera deportiva.
La primera montaña que Iván Vallejo coronó fue al Illiniza norte, una elevación de 5 126 metros que se ubica al suroeste de Quito y a 33 km al norte de Latacunga, con apenas 13 años.
El 19 de diciembre Vallejo cumplirá 65 años y no tiene pensado dejar de escalar, porque su amor con la montaña es eterno y le ha dejado grandes momentos de satisfacción, aunque también lo puso a prueba en más de una ocasión y muy cerca de perder la vida.
En una distendida charla con EL COMERCIO, comentó que hace un par de semanas estuvo en el Chopicalqui (6.355 m s. n. m.), el tercer pico del nevado del Huascarán, ubicado en la Cordillera Blanca, entre los dos picos del Huascarán y Contrahierbas, en la provincia de Yungay, Perú.
“Voy con la misma ilusión que fui cuando tenía 13 años. Yo ya estaba enamorado de la montaña sin haber ido. Descubrí un montón de emociones siendo un niño. Con el tiempo les fui dando un nombre”, comenta Vallejo.
Agrega que a más de la pasión que su deporte requiere, también necesita “una cuota de esfuerzo” que luego se ve premiada con la “maravillosa sensación de llegar a la cumbre” y disfrutar del “momento indescriptible que es ver el mundo desde ese lugar”.
Estando en la cima las sensaciones de gratitud con Dios, con la vida y felicidad son las primeras que se experimenta, siempre y cuando el descenso esté “controlado”, mientras que la “preocupación y la angustia” se hacen presente cuando el “clima no acompaña” y complica el regreso.
El tiempo de estar en la cima es variado, puede ir desde unos pocos minutos donde apenas hay tiempo para un abrazo, o hasta dos horas cuando el clima es benevolente y permite disfrutar de la estancia en un lugar que pocos lo han conseguido.
El Cotopaxi, o el “Coto” como le dice con cariño, es la montaña que más veces ascendió. Lo hizo en 290 veces y aún espera seguir haciéndolo por muchos años más.
1999 fue uno de los años más caóticos que vivió Ecuador en su historia reciente y que marcó a toda una generación con la inminente ola migratoria que se desató.
Con un gobierno que vio en la dolarización la mejor solución para la crisis y protestas en la calles, Iván Vallejo preparaba su viaje a Nepal para coronar el Everest sin ayuda de oxígeno suplementario.
Los auspiciantes desistieron de apoyarlo y encontró el apoyo en un grupo de cuatro amigos que le donaron 4 000 dólares, y un empresario los otros 10 000 con los que viajó, un presupuesto mucho menor con el que en un inicio contaba.
“Cuando me subí al avión sabía que tenía una gran responsabilidad en mis hombros. Llegar a la cima del Everest iba a demostrar al país que no podemos bajar los brazos“, recordó.
El 27 de mayo de 1999 llegó a la cima a las 08:35. La noticia se regó en el país gracias a la comunicación que mantenía con Radio Quito, parte del Grupo EL COMERCIO, vía teléfono satelital.
En una amena conversación, Iván Vallejo se sentó en la silla del Confesionario en el cierre de la primera temporada, y no le huyó a ninguna pregunta preparada para conocer un poco más de su trayectoria deportiva.
El ambateño contó que “el mote con chicharrón” es su principal pecado en el deporte, porque este alimento no es permitido para un deportista de élite que, en su caso, tiene que mantener un 11% de grasa corporal.
Se mostró crítico sobre el camino que en la actualidad toman ciertas “empresas” que han hecho del montañismo una especie de negocio muy lucrativo.
“Hay empresas que cobran 150 000 dólares y te entregan todo lo que necesitas para que llegues y te tomes un selfie en la cima del Everest. Eso demuestra cero esfuerzo, compromiso y solo glamour. Es un atropello a la montaña y al logró”, dijo.
La muerte siempre está presente en la vida de un montañismo y Vallejo lo ha experimentado de primera mano en dos ocasiones y lo recuerda con extrema claridad.
Una de ellas fue en 1988 cayó en una grieta del Chimborazo por unos 30 metros quedando sepultado por cuatro horas, con poco oxígeno y cubierto por bloques de hielo. Una cuerda lo salvó hasta que Javier Cabrera, su compañero, cavó y lo encontró.
Dejar a su familia por largos periodos de tiempo es parte del “precio que tuvo que pagar” para construir una carrera exitosa, perdiéndose momentos familiares como, por ejemplo, no estar presente en alguna de las intervenciones quirúrgicas que una de sus hijas pasó.
Esta charla es imperdible. Iván Vallejo le pone un toque de sabiduría, alegría y el buen humor que lo caracteriza y ha moldeado a lo largo de los años. La invitación está lista. Luego no diga que no le avisamos.

