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La deportación, otro drama del migrante; ecuatorianos son expulsados desde Texas

familiares de un deportado observan la llegada en una pantalla instalada en el aeropuerto

familiares de un deportado observan la llegada en una pantalla instalada en el aeropuerto

Familiares de un deportado observan la llegada en una pantalla instalada en el aeropuerto. Fotos: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Caminan en silencio. Unos visten jean y chompa. Otros llegan con un calentador gris. Es el uniforme con el que pasaron retenidos semanas enteras en la frontera de Estados Unidos. Es viernes 19 de marzo de 2021.

Un poco antes de las 15:00, un avión con 60 ecuatorianos que intentaban entrar a ese país sin documentos aterriza en Guayaquil. Fueron deportados.
Pocas personas, con chalinas de colores y chompas abrigadas, esperan afuera del aeropuerto. No hablan. Permanecen horas enteras frente a seis pantallas que muestran imágenes de quienes arriban.

En un momento, por las puertas de vidrio empiezan a salir los viajeros.
Calzan zapatillas sin cordones. Tampoco tienen correas.

Francisco es uno de los jóvenes deportados. Sale y mira a todos lados. En su brazo sostiene una chompa roja. Camina de prisa y se acerca a una persona que no lo conoce. “Joven, me puede prestar una llamada. No tengo celular ni dinero”. Está desesperado. El chico lo ayuda. “Mi amor, ya llegué en este momento. Estoy en las carpas blancas del estacionamiento, ven”, dice y cuelga.

Ahí se queda a esperar. Habla poco y asegura ser de Zamora, que hace un mes intentó llegar a Estados Unidos, pero que la Policía fronteriza lo detuvo en Laredo, un sitio fronterizo cercano al río Bravo.

Desde entonces estuvo en un centro de detención y desde allí pudo llamar un día antes a su esposa para avisarle que llegaba a Guayaquil. “Es horrible todo esto. En esa cárcel uno no puede dormir, porque todo el día nos tenían con una luz intensa. Para comer nos dan un taco frío en la mañana y otro en la tarde. Yo estuve 30 días, pero hay gente que pasa meses”.

¿Por qué vienen sin cordones ni correas? “Porque la Policía teme que nos suicidemos. Si estamos más de tres meses nos dan el uniforme”.

El relato se interrumpe por unos aplausos. Padres, tíos y sobrinos reciben a otro chico. Las mujeres lo besan y los hombres lo abrazan.

Todos lloran. Son de Ingapirca, una zona de Cañar. Cuatro horas lo esperaron en el estacionamiento del aeropuerto.

“Tenemos miedo”, decía uno de los hermanos del joven, antes de que el vuelo aterrizara. “Él tiene 24 años y se fue hace dos meses con unos coyoteros”. Hoy deben USD 18 000.

“Ahora nos quieren cobrar a la brava”. Temen que busque a la familia por alguna represalia. Por eso, apenas sale la persona deportada se embarcan en dos camionetas y se van.

De enero al 15 de marzo, 850 compatriotas han retornado. En el 2020 fueron 2 776. Todos arriban al Puerto Principal.

Manuel también espera a su hermano de 18 años. Él es de Azuay y dice que su pariente se embarcó en el viaje en marzo del 2020, cuando apenas iniciaba el confinamiento.

Durante cinco meses no tuvieron noticias del chico, quien debía llegar a Minnea­polis. Una hermana lo esperaba. “Pensamos que había muerto. No sabíamos qué hacer. Acá mi papá sufría. Rezábamos todos los días hasta que un día llamó y contó que estaba en una cárcel, en Texas”.

Manuel fue migrante. Salió del país tras el feriado bancario. En esa época recuerda que viajó a EE.UU. en un barco.

Allí pasó 15 años y por eso no quería que nadie sufriera lo mismo. Mientras recuerda esas escenas, de pronto su familiar aparece por la puerta.

Viste calentador gris y zapatos negros. Manuel corre hacia él. Lo abraza. Sonríen.

A Oswaldo también lo expulsaron. Dice que es de Cuenca, que no pudo avisar a nadie que llegaba. Por eso pregunta al resto si alguien va a esa ciudad. Un hombre se compromete a llevarlo, pero luego de que su familiar salga del aeropuerto. Mientras espera coloca en el piso la bolsa de malla transparente. Allí tiene papeles arrugados y dos libros. “Todo esto me sirvió para despejar la mente en la cárcel. En ese lugar solamente podía leer”.

Su historia empieza en febrero pasado, cuando fue a México con su hermana y su sobrina. Cada uno pagó USD 16 000 a coyoteros para que les ayudaran a llegar a Nueva Jersey.

Los desconocidos les entregaron pulseras y claves para que los dejaran transitar en los pasos clandestinos. “En Sinaloa mi clave fue Villas. Si no dices eso, corres el riesgo de ser secuestrado o asesinado”.

El relato sigue: “Nos encerraron en bodegas con 150 personas de todos los países. Había hondureños, peruanos, cubanos, colombianos. Pasamos sin comer tres días. En grupos de 20 o 30 nos sacaban para cruzar el río Bravo”. Recuerda que en el desierto se pasa hambre; otros se entregan. A su hermana le dieron asilo por su niña. A él lo expulsaron.