Un corredor turístico busca atraer visitas a Pomasqui

Rolando Luna es el propietario de Pomasquinde. Allí viven más de 25 especies de aves. Foto: Andrea Medina / EL COMERCIO

Alejada de la zona céntrica del Distrito, en el extremo y árido norte, Pomasqui está considerada una zona de paso obligada para quienes se dirigen a un paseo corto hacia el noroccidente de Pichincha o la conocida Mitad del Mundo.

Mas sus habitantes, la mayoría comerciantes, quieren transformar esa idea de ser únicamente una parada para degustar sus fritadas, empanadas o helados de paila. El objetivo es posicionar a la parroquia como una potencia turística poseedora de atractivos naturales, culturales y artísticos poco difundidos.

El nombre de la iniciativa se inspira en el volcán en cuyas faldas están dispersados los barrios más altos, y en donde también se inicia el Corredor Turístico Cultural Casitagua.

El proyecto se consolidó en julio pasado, cuenta José Enríquez, uno de los promotores y encargados de la difusión de los primeros tres destinos que ya conforman el Corredor.

La primera parada está en el barrio Santa Clara, de empinadas calles adoquinadas sobre las que desfilan pequeñas y nuevas construcciones que en la parte más alta se juntan en nuevas urbanizaciones.

Allí está Pomasquinde, un pequeño rincón de verdor y naturaleza en medio de un caluroso y marrón paisaje.
Rolando Luna es el propietario de este espacio donde cantan más de 25 especies de aves que se escuchan desde el portón principal.

Esta propiedad está ubicada en la Simón Bolívar y av. Manuel Córdova Galarza y es el lugar ideal para los amantes de la observación de aves. El ingreso cuesta USD 2 para adultos y USD 1 para los niños.

Colibríes, tangaras azules, azulejos y huiracchuros aparecen poco a poco cuando Luna baja por un pequeño sendero a alimentar a las aves con frutas, alpiste y maíz. Para facilitar su tarea, él adecuó ramas de árboles y dispensadores que sube con cuerdas a las partes más altas de los árboles de aguacate, taxos y granadillas.

Luna vive allí desde hace más de 30 años y heredó esas tierras de sus padres, quienes se dedicaban a la agricultura. De allí su gusto por la naturaleza y su afán de recuperar la quebrada San José, sobre la que está su colorida vivienda.

Para atraer a las aves a esta parte de Pomasqui, Luna se asesoró con expertos, quienes le dijeron cómo y con qué frutas alimentarlas. Para eso busca a diario algún vendedor de la parroquia que le entregue plátanos a precios más baratos.

Más arriba de Pomasquinde, a un par de cuadras y en el mismo barrio Santa Clara, está la segunda parada del circuito.

En lo que alguna vez fue el estacionamiento de una vivienda de tres pisos se acopla Bellearti, un centro cultural donde se pueden disfrutar de música, exposiciones artísticas, café y vinos hervidos.

Su propietario es el músico y docente Luis Silva, quien optó por darle a Pomasqui un lugar para disfrutar de una gran variedad de artes. Ese espacio se pensó como centro cultural en el 2018, pero tuvo que cerrarse parcialmente por la pandemia.

Silva anhela que en este año se reactive para acoger las obras de los artistas -principalmente de la parroquia- que no tienen dónde darse a conocer. Para ello, cuenta con una especie de galería de obras pictóricas de artistas locales, una pequeña biblioteca y un escenario donde el mismo Medardo Ángel Silva (su hijo) toca el piano para todos los asistentes.

En el centro de Pomasqui, a una cuadra del parque central, está la última parada del circuito: la Casa Museo de Francisco Antonio Negrete.

Se trata del escultor quiteño que moldeó en piedra los bustos de los integrantes de la Misión Geodésica Francesa y que decoran desde hace años -y en fila- el ingreso principal de la Ciudad Mitad del Mundo.

Su nieta, María Belén Negrete, está a cargo de la que por varios años fue la misma casa del artista y quien la construyó principalmente en piedra.

En su interior se exponen los bocetos de algunas de sus principales obras, incluidas las réplicas de los famosos bustos de la Misión Geodésica. También se exponen sus acuarelas, fotografías y hasta un autorretrato tallado en piedra.

En la casa también hay espacios adecuados para la exposición de otros artistas, proyecciones comunitarias de pe­lículas y para el desarrollo de cursos de pintura que Negrete imparte a los más pequeños. “La idea es seguir trabajando con la comunidad, porque la casa fue hecha para eso”, dice Negrete. El ingreso al museo cuesta USD 2 para adultos pero si se suma al recorrido completo, se reduce a USD 1.

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