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“Quienes trabajamos en la recolección de basura en Quito, estamos en contacto con desechos de infectados”

Todos los días, Patricio Guachamín  trabaja en la recolección de desechos en el Centro Histórico de la capital. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Todos los días, Patricio Guachamín trabaja en la recolección de desechos en el Centro Histórico de la capital. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Todos los días, Patricio Guachamín trabaja en la recolección de desechos en el Centro Histórico de la capital. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Patricio Guachamín tiene 41 años y trabaja desde hace más de 11 en la Empresa Metropolitana de Aseo, Emaseo. Se encarga de hacer recolección a pie de vereda (levantando manualmente los desechos) y en las tareas de barrido. Cuenta cómo es su día a día y los riesgos que implica estar en contacto con los desechos de personas que podrían estar contagiadas.

“Trabajar recogiendo la basura siempre ha sido duro, pero ahora lo es más todavía. No sabemos si las fundas que levantamos de las calles son de alguna casa donde hay algún enfermo de covid-19.

Supuestamente, las personas que tienen un contagiado o sospechoso deben arrojar los desperdicios de manera especial, con más cuidado y desinfectando cada bolsa, pero eso nunca pasa.

Las fundas suelen estar mal amarradas, a veces se desarman cuando las tomamos y caen las mascarillas usadas.

A mis 41 años trabajo como recolector y barrendero en Emaseo  y me encargo de que la ciudad esté limpia desde el 2010.Llevo más de 11 años recorriendo las calles, parques y plazas y levantando las bolsas de las veredas.

Desde que comenzó la emergencia sanitaria en marzo del año pasado, 10 funcionarios de la empresa han muerto y unos 300 nos hemos contagiado. Lamentablemente yo soy uno de ellos. Por eso todos los días le pido a Dios que no me enferme otra vez, porque sé que pudiera ser más grave y capaz no la libro.

La primera vez fue a mediados del año pasado. Yo laboro en diferentes sectores del Centro Histórico de Quito y primero un compañero del trabajo contrajo esa enfermedad. A los pocos días aparecimos más casos. Fue muy rápido.

Nunca me percaté del momento en que me infecté, es un mal silencioso que ataca cuando uno menos se espera. No tuve ningún síntoma, pero me asusté mucho porque una cosa es ver lo que sucede en los noticieros y otra muy distinta es vivir esa realidad.

Luego de conocer que salí positivo en la prueba de diagnóstico, lo primero que hice fue aislarme durante 20 días para no hacer daño a mi esposa y mis dos hijos: el mayor tiene cinco años y el menor, seis.
Esa era mi principal preocupación. Mis niños lloraban y querían verme para jugar, pero era imposible hacerlo. Pasamos momentos muy difíciles.

Vivimos en el barrio Balcón Quiteño ubicado en la parroquia La Libertad, en el sur, y me encerré solo en una habitación. Si bien ellos se encontraban a pocos metros de mí, en la misma casa, yo sufría porque no podía abrazarlos y por el miedo de contagiarlos por el aire.

Para qué voy a negarlo, lloraba en silencio por las noches y pensaba que me iba a morir. Le pedía a Dios que me cuidara.

Tenía cargo de conciencia. Me decía, quizás no me cuidé bien durante el trabajo, trataba de hacer memoria y recordar dónde pude haberme enfermado y me recriminaba porque mis hijos corrían riesgo de enfermarse por mi culpa.

Finalmente, ni ellos ni mi esposa se contagiaron. Eso fue un aliciente para seguir y no decaer emocionalmente. Nadie menciona eso, pero los daños psicológicos que provoca el covid-19 son muy nocivos, carcomen la mente poco a poco.

Me reincorporé a mis actividades laborales de forma inmediata tras salir de la cuarentena. Nuevamente a recoger la basura, pero ya con más precaución. Quería retomar mi vida y superar el mal momento. Por eso recomiendo a la gente que se cuide y no salga de su casa, excepto cuando amerite hacerlo.

Mi primo también labora en Emaseo y se enfermó de coronavirus. Él presentó síntomas y contagió a su esposa, quien permaneció 20 días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de un centro asistencial. Ambos se recuperaron.

Lamentablemente, no todos los compañeros han logrado ganarle la batalla al virus. Lo más doloroso fue ver lo que sufrían sus familiares tras recibir las cenizas en una pequeña caja.

Un amigo chofer con quien tenía una gran amistad también falleció. Duele lo que pasó con él. Comíamos juntos, bromeamos mientras trabajábamos. A veces conversábamos sobre las cosas personales y la familia. Duele saber que ahora no está con nosotros. Lloré su partida. Por eso me asusta que me vuelva a enfermar.

No quiero terminar como él porque fui testigo de cómo sufrió su familia y sé que así mismo sufriría la mía.

Por eso les pido a las personas que , por favor, piensen en nosotros que con toda buena voluntad les servimos. Si tienen sospecha o a algún enfermo en la casa, separen todo lo que esa persona usa y pónganlo en una sola funda bien amarrada.

Luego rocíen agua con jabón para matar cualquier virus, y vuelvan a poner eso en otra funda. Y hacer ese proceso hasta que los desechos tengan tres coberturas. Si es posible, marquen la funda para nosotros tener más precaución.

Nosotros siempre nos cuidamos cuando salimos a trabajar. Utilizamos trajes, guantes, nunca nos sacamos la mascarilla. Siempre llevamos un envase de alcohol para desinfectarnos las manos y el cuerpo, pero a veces eso no es suficiente.

Por eso pedimos a las autoridades que nos vacunen contra el covid-19, porque formamos parte del personal de primera línea y todos los días, por servir a la ciudad, nuestra vida corre riesgo”.