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La Ruta de las Telas en el Centro Histórico alberga historias de generaciones

José Maalouf y Patricia Ramos, en el Almacén Merylan, en la Venezuela y Sucre. Foto: Ana Guerrero / EL COMERCIO

Un escaparate con 70 años de recorrido resguarda a Henry Carrasco. Es el mismo mueble que conoció desde niño, cuando sus padres vendían en Pelileo, donde nació, telas nacionales e importadas.

Carrasco lleva 45 años en el Centro de Quito, en la García Moreno, entre Sucre y Bolívar, en una de las paradas de la denominada ‘Rutas de las Telas’.

Sus abuelos maternos, incluso, llegaron a tener una fábrica en San Diego, en la Chimborazo, donde trabajaban 45 obreras. Las telas que allí se producían se destinaban para ropa interior, entre otras prendas.

El hombre, de 70 años, de sonrisa constante y el segundo de tres hermanos, mientras cobra por tres metros de tela negra recuerda que llegó a Quito antes de cumplir 18 años, para estudiar Medicina.

Culminó la carrera y viajó a Brasil para especializarse. Ahí recibió una carta de su antigua novia, informándole que se casaba.

Tras la desilusión, dejó la carrera y se replanteó el camino, luego de pasar por una profunda depresión. “¿Qué otra cosa sé hacer?’. De allí que optó por la venta de telas y, 45 años después, combina el comercio con la atención médica gratuita a quien llega al lugar.

“Tengo un ojo clínico”, repite el hombre, que comparte que la pandemia sigue pasando factura a las ventas y que ha tenido que acudir a varios préstamos.

Y es justamente la reactivación del Centro Histórico, con sus negocios, oficios y tradiciones, lo que procura impulsar el Municipio. Una de las propuestas es la difusión de la ‘Ruta de las Telas’, que tiene su devenir en las calles García Moreno, Sucre, Bolívar, Venezuela, Guayaquil y en El Tejar.

En Quito, los textiles tienen una historia atada a la clase obrera, a la formación de sindicatos y a la llegada del tren.

Como detalla Nicolás Cuvi, en ‘Auge y decadencia de la fábrica de hilados y tejidos de algodón La Industrial, 1935-1999’, el siglo XX dio cuenta de un renovado apogeo en la producción textil quiteña, que había sufrido un permanente declive desde el siglo XVIII. A este nuevo aire contribuyó la llegada del ferrocarril, en 1908, que coincidió con el comienzo de un período de modernización de la industria en Quito.

Si de tradición se habla, está el Almacén Merylan, por donde han pasado tres gene­ra­­ciones de la familia Maalouf.

José tiene 18 años. Él se inclinó por la Medicina, pero llega hasta el local de la Venezuela y Sucre para aprender sobre el negocio que empezaron sus abuelos, una pareja de libaneses. Esta es una práctica tradicional entre los familiares. Lo propio han hecho los primos.

El establecimiento tiene 45 años de trayectoria, en los que, al igual que en la familia fundadora, han pasado generaciones de clientes. Ese es el caso de Norma Chacón, quien llega desde la Mitad del Mundo con su hija, Betty Sozoranga, como antaño lo hacía con su madre.

La mujer de 54 años tiene presentes los días que escogía material para los uniformes de la escuela, ahora hace lo propio con los de su retoño, que es profesional de la salud.

Patricia Ramos, administradora del local, ha ido al sitio cada día desde hace 42 años. Ella se unió a sus 18 años a las filas de Merylan, donde laboran 24 personas. A pesar de la pandemia, que obligó a desinfectar a cada cliente y colocar señalización en el ingreso y salida, la clientela sigue fiel.

Lo propio pasa con el espíritu de mantener el camino empezado por sus abuelos, dice el joven Maalouf.

La Secretaría de Coordinación Territorial y Participación Ciudadana da cuenta de que en la Zona Centro -desde el límite de La Mariscal hasta Puengasí– hay 39 locales relacionados con el rubro de telas.

Uno de ellos es Casa Mariana, del quiteño Carlos Ordóñez. La inclinación por las telas le nació al conocer a su novia y luego esposa, Nancy Vizcaíno. La madre de la mujer, Olga Quinteros, tenía un local en el antiguo Ipiales. Ella ya falleció y el negocio está a cargo de una de sus hijas.

Ordóñez, de 65 años, recuerda que en el que ahora es su local, en la García Moreno y Sucre, antes ya hubo un negocio de venta de casimires. Recuerda la llegada de libaneses con telas diversas. Esas anécdotas las comparte con el segundo de sus cuatro hijos, quien lleva su nombre y trabaja con él.

En el sitio también labora Susana Lima, desde el 2001. El jueves, mostraba telas a Tatiana Tipantuña, costurera de profesión y quien llegó al Centro desde Cotocollao; buscaba tela para el atuendo de graduación de su hija de 4 años. Hace ese viaje porque, como especialista, sabe que en el Centro “encuentra de todo”.

Esa gran variedad de artículos, telas incluidas, es uno de los atractivos del Centro. Patricio Velásquez, gerente técnico de Quito Turismo, recuerda que hasta el 2019, antes de la pandemia, más de 460 000 turistas extranjeros visitaron el Centro, de más de 684 000 que llegaban a Quito en general.

Este 2021 se calcula que hay una caída de cerca del 64% en comparación con el 2019.

Velásquez manifiesta que se espera recuperar un poco respecto del 2020, cuya caída fue del 72%, aproximadamente. Eso quiere decir que se espera lleguen un poco más de 128 000 turistas al Centro.

Y proponen más rutas, como la de los artesanos de La Ronda, del Panecillo, de las iglesias. Mientras la reactivación avanza poco a poco, Carrasco repite que él nació sobre las telas y así seguirá su camino.

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