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Paseo Agroecológico de Guápulo se hace con emprendedores

Silvia Saquinga prepara comida tradicional en el Paseo Turístico. Es parte del Huerto Orgánico El Rubí. Foto: Ana Guerrero / EL COMERCIO

La historia de Guápulo se remonta a una población indígena anterior a la Conquista española. En el sitio, aún se conservan las huellas del campo y del trabajo en comunidad. Estos rastros se siguen en el Paseo Turístico Agroecológico de Guápulo, que se reactivó y se impulsa los domingos, de la mano de emprendedores.

Desde lo alto del poblado, en el mirador, aun cuando el verde se abre paso entre las edificaciones históricas, no se alcanza a intuir que los vecinos cultivan, crían animales, conservan la medicina natural y encienden el fogón para preparar recetas tradicionales.

Las actividades son parte del recorrido turístico, que es apoyado por la Administración Zonal Centro y la Agencia de Desarrollo Local. El Paseo empezó antes de la pandemia y se reactivó hace dos domingos. Los emprendedores de la ruta recibieron capacitaciones.

Katherine Haro y su madre, Olga Lovato, son parte de la propuesta.

Ambas son oriundas de Guápulo. Haro, de 30 años, se formó en turismo ecológico y su madre, de 57, elabora artesanías. Ambas son las encargadas de compartir los tesoros del sector con los visitantes. Las reservas se las realiza llamando al 098 303 1331.

Elvira Pérez recoge los productos del huerto San Panchito. Entre otras hortalizas, hay tomates y achogchas. Foto: Ana Guerrero / EL COMERCIO

El Paseo arranca con una panorámica desde el mirador, a una cuadra de la av. González Suárez. Los grupos son de máximo 15 personas y la ruta se recorre de 08:30 a 14:30. Aunque, confiesa Lovato, a veces se extiende más, por el entusiasmo de los visitantes.

Son 10 paradas, que incluyen un recorrido por lugares emblemáticos, como el cementerio y el Santuario, así como espacios con sabor, como un local de condimentos dulces y salados. Y hay rincones resguardados por la naturaleza.

En el trayecto también puede encontrarse con un “santo remedio”, en San Francisco de Miravalle. Ahí, por un arco formado con flores, camina Aladino Ramón, de 75 años. Es de Salcedo y lleva 60 en Guápulo, donde estableció su familia, con cuatro hijos. Trabajaba en una fábrica en el sector.

A un costado de la vía, Ramón adecuó un espacio lleno de flores y resguardado por dos imágenes. A la una, de madera, la bautizó como San Birituti y a la otra, de cerámica, Santo Remedio.

Este último nombre es también el de un preparado de hierbas que, dice, es milagroso. “Cura desde un rasguño hasta el cáncer”. Él lo probó hace años, cuando presentó una dolencia en las piernas.

En el espacio que adecuó frente a su casa, recibe a los interesados en el remedio. Las hierbas para la preparación le llegan de San Roque y de la Amazonía, entre otros puntos. Él también acude a ferias organizadas por la Zona Centro. Lo encuentra en redes sociales.

Aladino Ramón elabora y vende una medicina natural a la que le ha dado el nombre de Santo Remedio. Foto: Ana Guerrero / EL COMERCIO

A pocos metros de Santo Remedio, Lovato hace notar que se encuentra la casa de Gonzalo Ninahualpa, el último picapedrero de Guápulo y quien fue músico de la banda del lugar. Su legado es parte del recorrido y de la memoria barrial.

Héctor López, investigador del patrimonio, dice que el nombre del barrio se derivaría de los vocablos chibchas ‘Gua’, que significa grande, y ‘Pulo’, papa: ‘Papa grande’ o quizá ‘Tierra de papas grandes’. Y aunque los datos tradicionales apuntan a ese origen del asentamiento, se baraja que los pioneros hayan sido caribes.

La zona que hoy se conoce como ‘central’ estaba conformada por terrenos fangosos que, con el tiempo, se secaron, permitiendo a la comunidad aborigen extenderse hasta allí.

Si de tierras se trata, el suelo de Guápulo da tomates, coles, espinacas, brócoli, lechuga roja y más. El huerto San Panchito, de Elvira Pérez y su familia, es un ejemplo de esa variedad y es otra de las paradas.

La mujer de 52 años nació en Guápulo y desde sus sembríos, donde hay dos invernaderos con plantas de tomate, al occidente, se logra ver un riachuelo. Por el extremo oriental del terreno asoman tres llamas.

En la pandemia, los productos pasaron a ser, principalmente, para el consumo, aunque Pérez retomó la venta en el mercado agroecológico de La Floresta, los jueves y viernes, de 07:00 a 15:00. Hasta allá se moviliza en taxi.

Y cada 15 días, en sábado, acude a una feria del proyecto Agrupar, en el que se ha capacitado, en la Cruz del Papa, en el parque La Carolina.

En San Panchito, en cambio, los visitantes pueden cosechar los productos o comprar los que Pérez tiene listos en canastas. De paso, pueden escuchar algunos tips para tener un huerto. También cría pavos para ofrecerlos en Navidad.

El costo del Paseo es de USD 20, que incluye el recorrido, un refrigerio y el almuerzo.

Los platillos tradicionales están a cargo de Silvia Saquinga, quien lleva 21 de sus 41 años en el lugar. Ella nació en la provincia de Cotopaxi.

Un caldo de gallina criolla, cuy, fritada de conejo y horchata son parte del menú para los visitantes. El secreto del buen sabor: cocinar con leña.

Al igual que en las otras paradas, el negocio es familiar. El esposo, Orlando Ramón, es electricista y en la pandemia implementó un corral de gallinas ponedoras. Se suman los huevos de codorniz y los ‘snacks’ de habas y pepas de sambo.

Cada estación suma al objetivo: ampliar las alternativas económicas.

Rocío Reatiquí, técnica de la Zona Manuela Sáenz (Centro), da cuenta de que esa es la consigna del Paseo Turístico Agroecológico y de otras propuestas en la Administración: que los vecinos generen sus empleos.

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