14 de diciembre de 2020 00:00

Pandemia aumentó riesgo de abandono escolar en Ecuador

En la zona de la Naciones Unidas, algunos niños trabajan y tratan de hacer tareas.

En la zona de la Naciones Unidas, algunos niños trabajan y tratan de hacer tareas. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Mariela Rosero
Editora (I)

En Ecuador, en este ciclo se reportan 3,3 millones de alumnos matriculados en planteles públicos. Si se suman los de fiscomisionales y privados se llega a 4,8 millones. Pero las cifras podrían ser simplemente un espejismo, según especialistas en educación.

Lo confirman historias como la de Marcela, de 8 años, quien el primer día de septiembre, a través de la plataforma Zoom, participó de la inauguración del año lectivo en una escuela del Centro de Quito, en donde está registrada. Pero no volvió sino hasta hace dos semanas. Su mamá no podía asistirla en las clases no presenciales, así que empezó a llevarla a las calles, para que le ayudara en la venta.

Lo cuenta Nubia Taipe, coordinadora de Erradicación de Trabajo Infantil en Desarrollo y Autogestión (DYA). La organización convenció a la madre, para que su hija se quedara en casa y retomase sus clases, y gestionó en el
Distrito 4 y con la maestra para que le permitiera igualarse.

¿Cuántos niños estarán matriculados, pero sin contactarse con sus profesores?, pregunta Taipe. Y menciona que los libros gratuitos y el no pago del aporte voluntario ayudaron a que disminuyeran las tasas de abandono escolar en los últimos años.

Pero con la pandemia y el cierre de los centros aumentaron las barreras para familias con varios hermanos que deben compartir un celular. Y también para otras que no tienen un aparato, Internet o padres alfabetizados.

Juan Samaniego, especialista en educación y director de D YA, habla de la ilusión de creer que los alumnos registrados en los colegios fiscales se encuentran aprendiendo. “Pudiera estarse produciendo un abandono del sistema escolar oculto, más en poblaciones vulnerables, con poco contacto con los maestros”.

Consultada sobre ese ‘espejismo’ de pensar que todos los matriculados siguen en clases remotas, la ministra de Educación, Monserrat Creamer, es clara. “Estoy de acuerdo, no queremos tapar el sol con un dedo; por eso es difícil decir cuántos niños han abandonado la escuela durante la pandemia. Garantizamos la matrícula a todos. Y debemos proceder en un momento dado a inactivarla”.

Antes -anota- quieren implementar “todo tipo de mecanismos” para que no dejen definitivamente el sistema educativo; necesitan saber exactamente qué está pasando con cada alumno. “Desplegamos estrategias de búsqueda activa de quienes se han desconectado y contamos con programas de nivelación y aceleración pedagógica; hay oferta extraordinaria, como Todos ABC. Por eso necesitamos que los profesores regresen al trabajo presencial”.

Sin embargo, la realidad es más compleja, sostiene un profesor de Bachillerato, que pidió la reserva de su nombre. “Es un reto tenerles conectados. Hay papitos que no tienen dinero ni para un desayuno. Algunos compañeros van a visitarlos. Otros tienen nombres de alumnos en la lista, pero no los localizan. Nos han enviado datos erróneos, como ‘e-mails’ incompletos o teléfonos celulares con ocho números y no diez. Se sale de nuestras manos ir de casa en casa; es un riesgo, va más allá de nuestro oficio”.

Otra preocupación, que salió a relucir en conversaciones con otros tres profesores, es que algunos padres de familia les dicen: “Voy a dejar que mi hijo descanse este año, en el 2021 o 2022 volverá a clases”; “la Ministra dijo que nadie iba a perder este año por el covid”. Además, apuntan que pese a la flexibilidad en tiempo de entrega o cambio de temas, no presentan deberes.

Algunas ONG y la Unicef siguen de cerca el impacto del cierre de planteles públicos. En una encuesta en línea: un 87,2% de docentes respondió haber estado en contacto con sus alumnos las últimas dos semanas. Eso les hace concluir que el resto, 12,8% no lo ha logrado, lo que podría ser un indicador de abandono. En la Sierra, el 18,8% de chicos consultados dijo que ha pensado en dejar los estudios. En la Costa: 24,5%. Seis de cada 10 opinan que aprenden menos que cuando acudían a clases.

Un adolescente de 16 años, de segundo de bachillerato, se mantuvo en educación no presencial en septiembre. Pero la crisis lo empujó a buscar dinero, cuidando autos en Iñaquito. En un cuarto, en un terreno abandonado en esa zona, vivía con sus padres y tres hermanos. A los técnicos de DYA les contó que “siempre fue malo para matemáticas y que así (de forma remota) se le hacía más difícil”.

Lo convencieron repitiéndole que ya le faltaba poco para graduarse. Volvió 15 días. El viernes, su madre informó que decidió buscar suerte en Guayaquil. Las ONG piden a los profesores encender las alertas con estos alumnos, que difícilmente regresarán.

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