13 de abril de 2019 00:00

Mataje vive con carencias, pero recobra la paz entre la alegría de sus niños

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Dimitri Barreto P.
Desde Mataje

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Las manos trémulas levantaban el celular para fotografiar el letrero verde con letras blancas: ‘Mataje Nuevo’.

Galo Ortega intentaba sobreponerse del llanto y caminaba pausado sin soltar su celular por sobre las líneas amarillas del asfalto, como si buscara el sendero donde su hijo, Javier, periodista, fue secuestrado el 26 de marzo del 2018 por realizar su trabajo.

Abril 12 del 2018. Los mensajes de muerte, un comunicado y tres fotos con imágenes de los cuerpos, se viralizaron por WhatsApp y pulverizaron toda esperanza de que Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra volvieran con vida. Al cumplirse un año, este 12 de abril del 2019, Galo Ortega, Cristian Segarra y Ricardo Rivas llegaban por primera vez a Mataje, el lugar del secuestro, con un mensaje para los pobladores: “Cuenten con nosotros”.

“Estamos sorprendidos por la visita, pero a buena hora, buena la visita para que ellos también vean tal vez como nos pintan a todos nosotros a nuestro pueblo no ha de ser como nos tienen por afuera, que ellos vean que este es Mataje. Nosotros sentimos lo que haya pasado, pero no somos los culpables de lo que pasó”, decía Johnny Segura, con camiseta polo celeste y el cargo de teniente político cosido en el pecho, rodeado por niños que seguían el lente de las cámaras y sonreían, todos integrantes de la escuela de fútbol organizada por el Ejército.

“Yo quiero ser futbolista”, confesaba Luis Carlos, 11 años, sandalias descoloridas, como las de una veintena de niños que corría detrás de militares con fusiles M16 en el poblado que tiene cuatro calles asfaltadas de sur a norte con dirección al correntoso Mataje, el fronterizo río entre Ecuador y Colombia. “O también militar”, guiñaba y disparaba la cámara prestada por un equipo de prensa, maravillado.

Luis Carlos de 11 años mientras juega con una cámara de fotos en Mataje, paso fronterizo río entre Ecuador y Colombia. Foto: Dimitri Barreto / EL COMERCIO

Luis Carlos de 11 años (der) mientras juega con una cámara de fotos en Mataje, en la frontera de Ecuador con Colombia. Foto: Dimitri Barreto / EL COMERCIO

“Bienvenidos de nuevo a nuestro pueblo. Como pueden ver está cambiado, los niños están superando el momento crítico; poco a poco ya no hay el grado de violencia que tenían”, decía Jonathan Quirola, el director de la escuela Mi Patria, el único centro de estudios de Mataje, donde no hay computadoras ni Internet ni agua para los baños.

“Traemos el agua en baldes del río”, revelaba el maestro, en los preparativos para el inicio de clases del 24 de abril (la escuela ofrece educación hasta séptimo de básica, en Mataje no hay bachillerato para los adolescentes).

“Con la ayuda del coronel (Milton) Rodríguez (jefe militar de la zona) los estamos llevando a una escuelita de fútbol a los niños y eso los mantiene entretenidos”. Quirola se refería a la escuela abierta en la Palmera de Palesema, a la cual 80 menores concurren cada tarde, de 15:00 a 17:00, con dos soldados que ofician de técnicos.

El coronel Milton Rodríguez, un boina roja del Ejército que después del asesinato del equipo de prensa asumió el mando militar en la zona, formó una escuela de fútbol para los niños de Mataje, Esmeraldas. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

El coronel Milton Rodríguez, boina roja del Ejército que después del asesinato del equipo de prensa asumió el mando militar en la zona, impulsó la creación de una escuela de fútbol para los niños de Mataje, Esmeraldas. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

“Jugamos mezclados”, explicaba Lucía, 9 años, y dos niñas, que igual llevaban el cabello ensortijado recogido con cintas, asentían y sonreían a los dos forasteros sedientos, pasado el mediodía, en la ventana de la casa de Irene.

Esa es una de las dos tiendas abastecidas con yogur, quesos y gaseosas en Mataje. ¿Cómo se surte? “Traigo de San Lorenzo” (25 minutos en vehículo). ¿Pero aquí no hay buses? “Llamo taxi”, respondía Irene, distendida, las niñas reían (el viaje en taxi a la cabecera cantonal cuesta USD 2). ¿Y cómo llama el taxi si no hay teléfono? “Tenemos ya Internet y pido por WhatsApp”. La operadora de datos no es ninguna activa en Quito.

“La zona por el momento es tranquila, como hemos vivido en los años anteriores”, enfatizaba Beatriz Arroyo Martínez. “Solamente en este año pasado fue que tuvimos esa mala suerte, pero esta ha sido una zona de paz”, sostenía ‘Doña Bachita’, quien a inicios del 2000 era la única proveedora de trabajo en la zona, con la tala de madera de su finca, un monte que ahora luce con pocas matas, tierra expuesta, una torre eléctrica en la cima.

“Mataje es tierra sin fuentes de trabajo”, sentenciaba Johnny Segura Arrola, mientras se abría paso por entre los niños de sandalias en la calle donde sobresalía un inmueble naranja, la casa en la que residía la madre de Walther Arizala, ‘Guacho’, responsable por el secuestro del equipo de prensa y la muerte de al menos 10 ecuatorianos en el 2018. “Pedimos que el Gobierno dé fuentes de trabajo para que los niños no piensen mal. A uno, con 58 años, le dicen ya no hay trabajo”, reflexionaba el afroesmeraldeño, exteniente político de Mataje.

Johnny Segura Arrola, exteniente político de Mataje. Foto: Dimitri Barreto / EL COMERCIO

Johnny Segura Arrola, exteniente político de Mataje, hace un llamado al Gobierno para la creación de fuentes de trabajo en la zona. Foto: Dimitri Barreto / EL COMERCIO

Una camioneta gris transportaba a Galo Ortega, Cristian Segarra y Ricardo Rivas al pasar frente a la casa de la mamá de ‘Guacho’, antes de que detuviera su marcha junto al letrero verde, donde los niños de la escuela de fútbol se aglomeraron. “Les presentamos: mi papi, Paúl y el Javi, que dejaron sus vidas acá”, decía Cristian y estiraba una bandera blanca con los rostros de los tres.

“Estamos hoy para decirles que queremos que este sea un territorio de paz”. Cristian miraba al pueblo de casas fucsias, turquesas, verdes de un piso. Ricardo Rivas, en cuclillas, se mordía la mano, con los ojos nublados. “Queremos ayudarles”.

Galo Ortega caminaba pausado, el rostro empapado, los labios mustios, antes de acercarse a los niños y adolescentes. “Tienen que seguir el camino rectito y no adherirse a los narcotraficantes”, aconsejaba como padre, el celular en la mano, mientras en el horizonte, en Colombia, brillaban doradas matas de coca.

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