Desde Galápagos, Magma trabaja en contra de la violencia machista

Por más de tres años, el colectivo feminista actúa a favor de los derechos de las mujeres en las cuatro islas habitadas de la provincia.

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El turismo y la conservación de la naturaleza han sido un telón para ocultar la violencia machista en las Galápagos. Las islas son encantadoras para los viajeros e investigadores, pero su magia es opacada por los diferentes tipos de violencia machista que han sido denunciados por más de 200 mujeres en el último lustro.

La invisibilización de conductas hostiles y mortales en contra de ellas fue uno de los motivos para crear el Movimiento Activista de Galápagos de Mujeres en Alerta (Magma). María Casafont, su coordinadora, cuenta que todo empezó un 25 de noviembre, del 2019, Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Para ese entonces, lo que fue un chat para hablar de la violencia se fue transformando poco a poco en un colectivo. Pero fue en mayo de 2020, en plena crisis sanitaria, cuando su propuesta se consolidó. Fue el femicidio de Jennifer Haz lo que las impulsó a pensar en una propuesta más sólida.

Un caso que cambió todo

Marcela Santillana llegó a las Galápagos en el 2015. Estando en las islas, fue viviendo progresivamente el círculo de la violencia machista por su exconviviente.

En el 2019 rompió el silencio, pero se enfrentó a uno de los problemas que persiste en las Galápagos: la falta de casas de acogida para mujeres que, como ella, deciden poner un freno a los abusos.

“Yo ya estaba habituada a ver este tipo de comportamiento. No me alarmó tanto el machismo en Galápagos, pero sí lo hizo el no tener a dónde ir, no tener dónde denunciar”, cuenta mientras los hijos de ella y de María juegan en una cafetería en Puerto Ayora.

Cuando se hizo público el caso de Jennifer, la indignación fue el motor que la impulsó a formar parte de Magma. Eduardo Duque, el agresor, la apuñaló 30 veces con un desatornillador y abandonó su cuerpo en un terreno baldío en la isla Santa Cruz.

Marcela ahora apoya al colectivo isleño en el ámbito legal para que otras mujeres tengan acceso a la orientación profesional que requiere y merece cada uno de sus casos. Y todo fue porque pudo experimentar varias de las falencias que tiene el sistema estatal para atender a las víctimas de violencia machista en Galápagos. “Aquí es más lento (la atención a las denunciantes) porque no hay equipos técnicos”, dice.

Sigue el silencio

María recuerda que la muerte de Jennifer fue indignante para los galapagueños, pero la sociedad todavía tarda en responder a lo que sucede en las islas. Cuando hay fechas emblemáticas como el 8 de marzo o el 25 de noviembre, pocas son las personas que se unen a ellas a marchar o a denunciar la violencia machista.

Una muestra de esta apatía es un caso que Magma ha seguido de cerca en este año: una niña de 12 años, proveniente de Isabela, dio a luz en el hospital de Santa Cruz. Tras denunciar el caso por Twitter, la Fiscalía activó el protocolo de protección a la menor.

“A nadie le había parecido mal que en Isabela haya una niña de 12 años que estuviera embarazada”, cuenta indignada María. Para ella, esta es la muestra de que en Galápagos todavía hace falta una respuesta eficaz ante una violencia que puede empezar con la violencia verbal y que, como con Jennifer, termina con la muerte.

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