16 de August de 2009 00:00

Estados paranoicos

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Marco Arauz Ortega

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En medio de la euforia por el inicio del nuevo mandato, varios funcionarios han lanzado el globo de ensayo de los comités de defensa de la revolución, una reminiscencia de esas instituciones tristemente célebres que bajo distintas denominaciones han cumplido el papel de imponer el miedo, a través del espionaje y la delación en los regímenes totalitarios.

¿Qué habrían dicho los librepensadores, incluidos los hoy silenciosos intelectuales y académicos, si los ex presidentes Febres Cordero, Bucaram o Gutiérrez, por citar a algunos, habrían querido imponer un control suprapolítico sobre la vida cotidiana? No se sabe.

Lo único que hoy está claro es que los repetitivos anuncios sobre los supuestos peligros que se cernían sobre la revolución ecuatoriana sirvieron para preparar el terreno antes de anunciar los comités.

Hasta ahora, los entusiastas brigadistas no se ponen de acuerdo. Según el Ministro de Seguridad, los comités servirán para profundizar la democracia, pues ejercerán una vigilancia de la gestión pública y podrán actuar frente a cualquier intento de desestabilización… Según la Ministra de los Pueblos, los comités se limitarán a un ámbito partidista. 

Pero, uno se pregunta, si son solo político-partidistas ¿por qué se gestionan desde el Estado?, ¿por qué quiere dotárselos de una estructura nacional?

Si se trata del fortalecimiento ideológico-partidista, el movimiento oficialista debería transformarse en partido para defender sus ideas y dejar que el resto practique las suyas. Lo otro sería tratar de convertir la ideología del Gobierno en una razón de Estado.

En otros países, las células barriales no solo han servido para adoctrinar, sino para espiar y amedrentar. Recuerdo bien a un periodista paraguayo que conocí durante los últimos días del dictador Stroessner, que no se atrevía a dar un paso, pues sentía, incluso a miles de kilómetros de su país, que alguien lo estaba vigilando.

Si se tienen todos los poderes, si los organismos de control están condicionados, si se ha cooptado al llamado poder ciudadano; si, además, según las encuestas oficiales, hay un 66% de aprobación a la gestión presidencial, no se entiende la obsesión por copiar los nefastos comités, que son el mejor vehículo para montar bandas parapoliciales y sistemas de espionaje en los cuales la delación y el hostigamiento son moneda corriente.

La historia enseña que los estados paranoicos nunca terminan bien aunque supongan que lo controlan todo, pero hasta que llega su final la experiencia colectiva es muy dolorosa. Los estados democráticos, en cambio, deben acostumbrarse a convivir con el disenso -que es minoritario en el Ecuador de ahora- y respetando las ideas ajenas. De lo contrario, se cumplirá pronto la sentencia presidencial de que esta revolución será en paz, pero en la paz de los sepulcros.

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