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70 jóvenes no videntes aprenden en el aula y con clases virtuales

Nohemí Trejo (izq.) explica a dos chicos del centro y a sus madres sobre el uso que se les puede dar a las regletas. Foto: José Luis Rosales / EL COMERCIO

Sebastián Trejo aprende las primeras combinaciones del braille, el sistema que utilizan las personas con discapacidad visual para escribir y leer. Maite Caranqui puede redactar oraciones pequeñas con el uso de un punzón y la regleta.

Trejo, de 8 años, está en segundo de educación básica en la Unidad Educativa La Paz, en Montúfar. Acude cada miércoles a clases presenciales, según el Plan Institucional de Continuidad Educativa.

Caranqui, en cambio, asiste dos veces a la semana a la Unidad Educativa Modesto Peñaherrera, en Cotacachi. A esta niña, de 10 años, le gustan las matemáticas y el inglés.

Ambos estudiantes se incorporaron al Centro de Apoyo Pedagógico Especializado de la Asociación de No Videntes de Imbabura. En esta institución se ofrece asistencia a 30 niños y jóvenes con discapacidad visual parcial o total.

En este centro enseñan braille integral, matemáticas con adaptaciones, orientaciones con movilidad y actividades de la vida diaria. Así aprendieron rutinas básicas: desplazamientos con un bastón como guía y a vestirse sin la ayuda de otra persona.

En este nuevo año escolar, las actividades semipresenciales se refuerzan para que pueden aprender en sus planteles.
Por la pandemia del covid-19, las jornadas sabatinas en las aulas se reemplazaron por los enlaces en plataformas, llamadas telefónicas o visitas domiciliarias.

Poco a poco se han adaptado a lo virtual. El instructor no vidente Juan Puma, por ejemplo, usa Zoom para dictar las clases. Utiliza un teléfono con un programa que amplifica los mensajes en audio. Envía y recibe por WhatsApp los enlaces para dictar las clases.

Puma tiene 36 años y cursa el segundo semestre de la carrera de Educación en la Universidad Técnica del Norte.

Un desprendimiento de retina le afectó la visión hace 12 años. Se sometió a siete cirugías, pero no pudo recuperarla.

Por recomendación de una amiga asistió a este Centro de Apoyo, en donde entró como estudiante y ahora es profesor.

Se encarga de enseñar a los pequeños a manejar la computadora con un programa que a través de una voz guía el acceso a diferentes procesos del ordenador. Cuando una persona escribe una palabra, la máquina repite mediante el audio.

Al igual que Puma, Nohemí Trejo, coordinadora del centro, también dirige a los estudiantes. Esta mujer, de 67 años, perdió la vista cuando era joven.

Ellos están al frente de la instrucción de docentes de planteles educativos para que se garantice la inclusión de no videntes a la educación regular.

Diez profesores de la Unidad Educativa Sagrado Corazón de Jesús Bethlemitas de Ibarra aprendieron, durante seis meses, aspectos como el alfabeto, signos de puntuación y números en sistemabraille.

Esta formación también incluyó técnicas que facilitan la vida diaria de los no videntes, como reconocer los espacios de una casa o de una escuela. Por la crisis sanitaria, este proceso de enseñanza fue virtual.

Margarita Mantilla, encargada del departamento de Consejería Estudiantil del plantel, cuenta que este módulo básico se hizo porque tiene un estudiante con discapacidad.

Para sostener el Centro de Apoyo Especializado han apelado al apoyo de entidades públicas y a padrinos. El Municipio de Ibarra aporta para el pago de los instructores.

En Cotacachi se abrió un espacio parecido. El centro está en la parroquia rural Cuellaje,en el valle de Íntag.

Ahí se acoge a personas con diferentes discapacidades. Manuel Peñafiel, responsable del último centro, cuenta que hay más prevalencia de discapacidad intelectual y visual.

Actualmente, hay 40 niños de diferentes edades. Ellos tienen un local que funciona en el centro poblado de la parroquia. Planean retomar las clases presenciales que se hacían los domingos y que fueron interrumpidas por el covid-19.

Para su funcionamiento, la Asociación mantiene un convenio con la junta parroquial. Peñafiel tiene visión reducida, por lo que uno de sus dos hijos lo moviliza en moto para que acuda a otras comunidades.

El jueves último estuvo en el sitio La Magdalena, donde de casa en casa iba levantando información sobre las personas que tenían alguna discapacidad. También se han implementado iniciativas como el cultivo de naranjilla para apoyar a los 40 niños y sus familias.

La organización también recibió en donación un trapiche para moler caña de azúcar.

José Angulo, operario de la máquina, dice que las utilidades están direccionadas al centro. Angulo es padre de tres hijos, dos mujeres y un hombre, que padecen discapacidad visual congénita.

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