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Cada 2 de mayo, el Día Internacional contra el Acoso Escolar resalta una realidad que a menudo pasa desapercibida en aulas y entornos digitales. Este fenómeno no siempre deja marcas visibles; a veces se manifiesta en cambios de conducta, aislamiento o miedo a asistir a clases.
El acoso escolar no se limita a peleas ocasionales. Según la psicóloga clínica Gabriela Caiza, se caracteriza por tres elementos: la intención de hacer daño, la repetición en el tiempo y una relación de poder.
Este poder puede manifestarse a través de fuerza física, edad o presión de grupo. Además, no es un hecho aislado, sino un patrón de comportamiento, como indica Unicef.
En Ecuador, el Ministerio de Educación reconoce que la violencia en el sistema educativo incluye intimidación, exclusión y humillación tanto dentro como fuera del plantel. El acoso también se extiende a las redes sociales, donde continúa ejerciendo presión sobre los estudiantes.
Según Caiza, en Ecuador uno de cada cuatro estudiantes sufre de acoso reiterado.
El acoso no siempre se verbaliza; se refleja en cambios de conducta. Las señales más comunes incluyen miedo a ir a clases, bajo rendimiento académico, aislamiento o ansiedad. También pueden presentarse problemas de sueño, irritabilidad o angustia tras usar el celular, según Unicef.
En el aula, estas señales se traducen en estudiantes que prefieren quedarse solos o que evitan participar.
Identificar el acoso escolar permite intervenir antes de que la situación escale. El primer paso consiste en escuchar sin juzgar y generar confianza, explica Caiza. Luego, es fundamental acudir a la institución educativa.
El sistema educativo ecuatoriano establece rutas de actuación que incluyen la recepción del caso, acompañamiento al estudiante, activación de equipos de apoyo y medidas de protección dentro del plantel. Estas acciones buscan detener la violencia y proteger a la víctima dentro de un entorno seguro.
El acoso escolar impacta negativamente la salud emocional, el rendimiento académico y las relaciones sociales. Puede provocar ansiedad, depresión y aislamiento, advierte Unicef.
Sin intervención adecuada, el problema puede agravarse e incluso relacionarse con pensamientos suicidas en niños y adolescentes, según Caiza.
Detectar las señales y actuar a tiempo puede cambiar el rumbo de una historia que muchas veces comienza en silencio.