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El 3 de noviembre de 2002, el volcán El Reventador se reactivó con una erupción, catalogada como una de las más fuertes e importantes de Ecuador en 100 años de historia vulcanológica. Ni siquiera la explosión de agosto de 2006 del volcán Tungurahua iguala su magnitud.
Junto al volcán Sangay, el país tiene dos colosos en actividad eruptiva permanente, explica Silvia Vallejo, docente y vulcanóloga del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional.
El 3 de noviembre de 2026, la erupción de este volcán -situado entre las provincias de Napo y Sucumbíos- cumplió 24 años con la emisión de una columna de ceniza y material de 17 kilómetros de altura sobre el nivel del mar. Ese día, la ceniza cubrió no solo las zonas aledañas al volcán sino que también llegó a Quito.
Según un artículo del Instituto Geofísico, “la caída ceniza tuvo una afectación regional significativa, llegando a medir entre 1 y 2 mm de ceniza acumulada en Quito”. El cielo se oscureció y por la ceniza se debió cerrar el aeropuerto.
Esta columna en forma de hongo quedó a la vista de quienes estaban cerca del volcán, porque ese día el cielo amaneció despejado. Eso no ocurre a menudo: El Reventador pasa nublado la mayor parte del día, describe Vallejo a este volcán. Parte del material subió con esa columna y otra parte bajó como flujos piroclásticos que llegaron hasta el río Coca. Esos materiales y los lahares destruyeron las carreteras y afectaron la infraestructura petrolera (SOTE, OCP y poliducto Shushufindi-Quito).
Desde aquella reactivación, El Reventador combina dos estilos de actividad. Uno es efusivo: más de 80 flujos de lava, cada uno con longitud, volumen y duración distintos. El otro es explosivo, con columnas de contenido variable de ceniza.
Por lo general, esas columnas suben entre 1,5 y 2,5 kilómetros sobre la cumbre. Algunos eventos esporádicos rebasaron los cuatro kilómetros, explica la vulcanóloga.
El viento decide hacia dónde viaja la ceniza. Con dirección al oriente, cae en el poblado de El Reventador y en una hostería ubicada al suroriente, al pie del volcán. Con vientos hacia el suroccidente, llega a El Chaco. Al occidente del cráter solo hay selva. Los técnicos no pueden detectar la ceniza que cae allí.
La erupción del 3 de noviembre de 2002 fue destructiva y demolió la parte superior de la cumbre, debido a la fuerza con la que salió la columna. Vallejo explica que esa erupción tuvo un índice de explosividad volcánica 4; este se calcula en función del tamaño de la columna eruptiva y el volumen del material (ceniza, bloques y piroclastos). El volcán Reventador emitió 60 millones de m3 de esos materiales, que se dirigieron hacia el occidente del volcán, según el relato del Instituto Geofísico.
Una erupción con un índice de explosividad 4 es clasificada como grande o catastrófica a escala moderada. La explosión del volcán Tungurahua, ocurrida en agosto de 2006, también fue una de las más grandes, pero fue de índice 3, comenta Vallejo.
En estos 24 años, la cumbre o cráter del volcán, de 3 600 metros sobre el nivel de mar, volvió a llenarse con lava y ceniza; y hoy supera la altura que tenía antes de 2002, indica la vulcanóloga. Antes de ese año tenía 3 560 metros, pero la destrucción lo redujo a 3 460 metros.
Por ello, todos los flujos de lava posteriores a ese año quedaron dentro del anfiteatro del volcán, que es una estructura con forma de herradura de caballo.
Los primeros flujos dejaron un depósito de escombros por donde corre el río Coca. Por eso, la erosión regresiva avanzó tanto en profundidad como hacia los costados, porque ese material no es compacto.
La forma del volcán también reduce la afectación a la población. Alrededor de El Reventador hay pocos caseríos, y los productos volcánicos se quedan muy cerca del cráter.
Fiel a su nombre, el volcán El Reventador, como dice el Instituto Geofísico, tiene una actividad permanente continua, con algunos episodios más fuertes que otros, aunque por debajo de su evento de 2002.
En 2017, nuevos flujos piroclásticos bajaron hacia el oriente y no salieron del anfiteatro. Un año después, en 2018, un pequeño deslizamiento hacia el noroccidente abrió un hueco en el volcán, un anfiteatro mucho más pequeño. En año y medio, la lava, la ceniza, las rocas y las bombas volcánicas lo rellenaron.
Uno de los últimos episodios del volcán El Reventador importantes llegó en octubre de 2025. Un flujo de lava bajó desde un conducto o abertura. En términos técnicos es un vento, como lo llama Vallejo. Su frente se rompió y formó flujos piroclásticos que recorrieron unos kilómetros. Todo quedó dentro de la herradura de caballo. Es considerado el tercer evento de flujos piroclásticos más importante del volcán.
Hace unas semanas, una visita de campo de los investigadores del Instituto Geofísico identificó dos ventos activos en el cráter. A ellos se suma el vento lateral bajo la cumbre, por donde sale un flujo de lava que avanza de forma continua.
La ceniza también deja huella lejos del cráter. El material se acumula en los flancos y las lluvias intensas de la zona lo arrastran. Así nacen flujos de lodo que causaron daños en el SOTE y en las carreteras.
El volcán El Reventador cuenta con alrededor de una docena de estaciones de distintos equipos. Los técnicos también analizan datos de estaciones sísmicas alejadas del cráter.
Cada jueves, los especialistas revisan en una reunión los datos de todas las técnicas de monitoreo. Con ellos establecen el tipo de actividad interna y superficial. Hacen lo mismo con todos los volcanes con sismicidad, como el Cayambe, el Chiles-Cerro Negro y el Cuicocha, no solo con los que están en erupción. Si detectan algo fuera de lo común, emiten informes especiales.
La zona del volcán es húmeda y llueve mucho. Sobre los flujos de lava aparecieron primero líquenes y musgo. Hoy, la cobertura vegetal alcanza hasta tres metros de altura sobre la lava de 2002. Incluso los flujos de hace unos ocho años ya tienen plantas.
En imágenes satelitales de 2000 a 2008 se distinguían los flujos. Ahora solo el cono y algunas quebradas muestran material volcánico expuesto. Antes, la coloración de las plantas permitía saber la edad de cada flujo. “Esta lava es del 2002, esta es del 2005, y así era como una alfombra bien bonita”, recuerda la experta.
El Instituto no recomienda acercarse al volcán ni caminar en dirección a él. Nadie puede prever cuándo ocurrirá un flujo piroclástico ni hasta dónde llegará.
“Si uno va a visitar un sitio, es saber a qué me estoy exponiendo”, dice. Pide a la población guiarse por las fuentes oficiales para conocer hasta dónde es posible llegar.
Volcán El Reventador y 24 años de erupciones
El volcán El Reventador cumple 24 años de erupción el 3 de noviembre de 2026. Su reactivación ocurrió el 3 de noviembre de 2002, con una columna de ceniza y material de 17 kilómetros de altura sobre el nivel del mar. La ceniza cubrió las zonas aledañas al volcán y llegó a Quito, donde se acumuló entre 1 y 2 milímetros, según el Instituto Geofísico. El cielo se oscureció y la ceniza obligó a cerrar el aeropuerto.
La erupción de 2002 tuvo un índice de explosividad volcánica 4 y emitió 60 millones de metros cúbicos de ceniza, bloques y piroclastos. Un índice 4 corresponde a una erupción grande o catastrófica a escala moderada. Este índice se calcula con el tamaño de la columna eruptiva y el volumen del material expulsado. Es una de las erupciones más fuertes de Ecuador en 100 años de historia vulcanológica. La explosión del Tungurahua de 2006, otra de las más grandes, llegó a un índice 3, explica Silvia Vallejo, vulcanóloga del Instituto Geofísico. La fuerza de la explosión de 2002 demolió la parte superior de la cumbre.
El Reventador combina actividad efusiva, con más de 80 flujos de lava, y actividad explosiva, con columnas de ceniza que suben por lo general entre 1,5 y 2,5 kilómetros sobre la cumbre.
Algunos eventos esporádicos rebasaron los cuatro kilómetros. El viento decide hacia dónde viaja la ceniza: al oriente cae en el poblado de El Reventador, y al suroccidente llega a El Chaco. Entre los episodios clave figuran los flujos piroclásticos de 2017, un pequeño deslizamiento en 2018 y la ruptura del frente de un flujo de lava en octubre de 2025. Este último es el tercer evento de flujos piroclásticos más importante del volcán.
El Instituto Geofísico vigila El Reventador con alrededor de una docena de estaciones. Estas incluyen equipos sísmicos y acústicos, cámaras visibles y térmicas, equipos para medir gases, sensores de lahares y recolectores de ceniza. A eso se suman imágenes satelitales y drones en las visitas de campo.
Cada jueves, los especialistas revisan en una reunión los datos de todas las técnicas de monitoreo y establecen el tipo de actividad interna y superficial del volcán. Los datos satelitales sobre la dispersión de la ceniza llegan a la Dirección de Aviación Civil y al Volcanic Ash Advisory Center (VAAC), que simula la trayectoria de la ceniza. La ceniza puede dañar los motores de los aviones.
El Instituto Geofísico no recomienda acercarse al volcán ni caminar en dirección a él, porque nadie puede prever cuándo ocurrirá un flujo piroclástico ni hasta dónde llegará. Los productos volcánicos quedan cerca del cráter y alrededor del volcán hay pocos caseríos. Aun así, las lluvias intensas arrastran la ceniza acumulada en los flancos y forman flujos de lodo, que causaron daños en el SOTE y en las carreteras. Vallejo pide a la población guiarse por las fuentes oficiales para conocer hasta dónde es posible llegar.