Gonzalo Ortiz

Ecuador, Estado fallido

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Asqueados, estragados nos sentimos los ecuatorianos por la lluvia de informaciones sobre los enormes tentáculos de la corrupción con que habría operado el régimen de Rafael Correa y Alianza País. La última avalancha la soltó Carlos Pólit la noche del domingo ante un complaciente y sumiso interlocutor (cuesta llamarlo periodista). Pero el problema no es solo que las noticias sobrepasen nuestra capacidad de atiborramiento y ya nos provoquen arcadas, sino que apuntan a que el Ecuador, como país, está al borde de ser un Estado fallido.

El invento de que intentaban cambiarlo para siempre y construir un modelo alternativo que sacara a la gente de la pobreza, sustentado en la participación ciudadana y el respeto a la naturaleza –a la que incluso se le concedió derechos, con novelería filosófica y jurídica–, se reveló pronto como un tinglado manejado por ideólogos de pacotilla y cucuruchos de una inquisición trasnochada, inanes de ideas y rebosantes de militancia. Y terminó reventado, como una medusa podrida en la playa a la que le sale la pus maloliente por sus mil burbujas, por la corrupción que contaminó al Ejecutivo, al socaire de organismos de control que cobraban por hacer de campanas de los asaltantes.

Rafael Correa presidió la timba por diez años en una grotesca representación de la fábula del zorro al cuidado de las gallinas. La gente, que durante varios años le creyó y siguió cual milagrero medieval, se hastió finalmente y abjuró de tanto cinismo. Y ahora uno de los fugados, el Contralor General de estos diez años, elegido y reelegido con puntuación perfecta en el teatro de títeres de esta comedia bufa, se atreve a vomitar, desde su guarida en Miami, que él no ha robado nada pero que todos los demás sí lo han hecho.

La pudrición que carcome al Ecuador se mide en los 30 mil a 40 mil millones de dólares que, según la Comisión Nacional Anticorrupción, se robaron estos años del Ecuador, pero sobre todo por el olor a mortecina de un proyecto nacional al que ya le atacan la gangrena y los gusanos, pues el Ecuador desperdició la mejor oportunidad que tuvo en su historia de sembrar la justicia y enrumbar a su gente hacia el empleo y la prosperidad.

Riqueza más abundante y apoyo popular más multitudinario no hubo nunca en la historia de este país digno y pobre, pero no sirvieron para nada porque entraron a saco en sus arcas, hicieron mofa y befa de la inocencia de su pueblo, destruyeron su entramado social, hicieron añicos su institucionalidad y hoy, para mayor escarnio, nos someten a esta repugnante pelea al estilo mafioso. Lo que queda, si ha de salvarse el país, es cortar de urgencia los órganos gangrenados con las bacterias del autoritarismo, la corrupción y la mediocridad y empezar a armar de nuevo el Ecuador.