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Una vida entre John Lennon y Jim Morrison

Con Los Beatles, Lennon se convirtió en uno de los mayores íconos del rock. Fue un producto de su tiempo, con su movimiento antibélico, por el amor y la paz.

Primero fueron Los Beatles y después vinieron los demás. Y esa es una verdad a medias. Lo más apropiado debiera ser que para uno fueron primero Los Beatles.

Queda como una memoria corporal de la infancia algún tema suyo que se escuchaba en la radio, en algún disco de los hermanos mayores, allá en los lejanos años 60. Y aún queda, algo más tímida, la noticia de que se separaban y que había una consternación pública: la mejor banda de rock de todos los tiempos había llegado a su final.

Después vienen los años, el crecimiento, la adolescencia. Y Los Beatles siempre estuvieron allí. Hasta uno podía decir su año de nacimiento según el disco que hubieran editado. Nací en 1966, año de ‘Revólver’.

Otros más dichosos decían que nacieron un año después, cuando salió ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, o mucho mejor los que vinieron al mundo en 1969, de la mano de Abbey Road.

Pero, para entonces, ya el mundo no era solamente de ellos. Comenzaron a sumarse otros que fueron absolutamente vitales para los tiempos post Beatles. Obviamente estaban los Rolling Stones.

Ocurre, sin embargo, que con esta banda y los Beatles hay una especie de rivalidad futbolera: se es un beatle o un stone. Pero del otro lado estaban Janis Joplin, Jimi Hendrix, Led Zeppelin, Black Sabbath, The Who, Jefferson Airplane; también el soul, y Santana, y la salsa tenía con la Fania una constelación. Y en medio de todos ellos, irrumpía una banda de California: The Doors.

En el caso de esta última, es el sinécdoque perfecto: la parte por el todo. Porque decir The Doors es, en realidad y mal que nos pese, Jim Morrison. Es algo injusto, porque deja fuera al guitarrista Robby Krieger, autor de dos de sus temas más populares (Light my Fire y Touch Me) y el teclado de Ray Manzarek, esencial para tener esos vuelos de la sicodelia de aquellos años y que se hicieron afortunadamente extensivos a otras décadas y otras músicas.

Eso es algo que no pasaba con los Beatles. Aunque es cierto que la dupla Lennon-McCartney era su piedra angular, Los Beatles fueron la conjunción de cuatro personalidades poderosas.

Algún día alguien deberá rescatar a Ringo Star del lugar secundario en el que se la ha colocado (siempre asombra ver cómo pudo hacer tanto con una batería tan básica como la que tenía), así como ahora se le recupera a un George Harrison siempre relegado por John Lennon y Paul McCartney. Y entre estos dos, hay los que son de Paul y los que son de John.

Por cierto, el 8 de diciembre es una fecha extraña. Para el mundo católico, es el Día de la Inmaculada Concepción de María. Para los roqueros (católicos o no), será el día en que nació Morrison, en 1943, y murió John Lennon asesinado, en 1980. Y ambos, no sin el soporte de lo que fueron sus bandas, se erigieron como figuras semejantes, a la vez distintos y tan esenciales para los intensos, paradójicos y sicodélicos años 60.

Lennon fue fundamentalmente político. Fue -y aún es- un estandarte del ideal de paz y amor. El FBI lo tenía en la mira; lo seguía, lo tenía como alguien que buscaba demoler la institucionalidad estadounidense. Era un pacifista y se encamó con su esposa, Yoko Ono, por el fin de la guerra en Vietnam.

Era un británico, lo que vale decir que tenía un audaz sentido del humor. Lennon era, desde los inicios de Los Beatles, alguien extraordinariamente gracioso… Felizmente era así.

A Morrison, en cambio,Oliver Stone le hizo un flaco favor con la película ‘The Doors’. Quedaba como cualquier cosa menos lo que realmente fue: un poeta. Muchos lo han comparado con Rimbaud, un poeta maldito. En él se concentraban el eros y la búsqueda de una trascendencia.

Era provocador, un indecente para la moral imperante. Por él, la banda fue proscrita en 16 estados. Jamás se lo veía sonreír. Y es que no se puede sonreír en todos los vuelos.

Lennon y Morrison concentran eso que se necesitaba vivir en aquellos años: la irreverencia de los jóvenes. Son dos almas a las que se debe tomar en cuenta cuando se revise ese período tan singular de la historia y que sí marcó cambios y logró libertades que aún hoy se les agradece.

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