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No es cantar, es protestar. Es abrir la boca para que el mundo conozca la injusticia, los miedos, las necesidades y también los sueños de los jóvenes del barrio.
En La Pisulí, norte de la capital, un grupo de jóvenes se organizó para mostrar el otro lado de este sector, que se ha ganado fama de ser inseguro. Son chicos que muestran que ahí también hay talento y sensibilidad, y que apuestan por el arte y la cultura.
Hacen lo que se conoce como ‘freestyle’, que quiere decir estilo libre, y forma parte de la cultura hip-hop. Consiste en rapear con ritmo e improvisadamente, usando de fondo un ‘beat’ (un compás) con pista musical, pero es más bacán cuando lo hacen mientras otro de los presentes hace ‘beatbox’, es decir, produce ritmos de cualquier tipo usando solo su boca.
El hip-hop es una cultura que nació en el sur del Bronx, en los 60, y agrupa varios elementos, no solo por el rap: el ‘DeeJay’, ‘breaking’ (el que baila) y el grafiti.
Todo eso tiene cabida en el Centro Cultural Nido Curiquingue, un local en el que funcionaba un mercado, pero se cerró y permaneció abandonado por 16 años.
La gente de la comunidad, de la mano de Red de Gestión Juvenil, lo recuperó y hoy es usado por los jóvenes para hacer arte.
Fabricio Días, de 36 años, es coordinador de la Red y del Centro Cultural, y forma parte de la agrupación Emisarios del Verso.
Trabaja con chicos que hacen hip-hop y cuenta que su objetivo es ayudar a los jóvenes a encontrar sus talentos, a explotarlos y, por qué no, a vivir de ellos.
Rafael Cárdenas dice que lo que buscan es crear conciencia sin dañar la esencia de la poesía del rap.
Una de las particularidades de estos chicos es buscar que los grupos generen un contenido de gran calidad. Que los jóvenes no sigan a aquellos que “malgastan el mensaje y hablan de cosas que no tienen sentido”.
Rafael se refiere a quienes cantan sobre el consumo de drogas como algo bueno, sobre la violencia y sobre la vida de la calle como algo positivo, cuando en realidad es una perdición.
“No hay que romantizar el tema de que somos gánsteres”, dice. No hay que pretender ser el malo de la historia para marcar un camino.
No hay una cifra de cuántos grupos de hip-hop hay en Quito, pero Rafael asegura que son más de 300.
En el ‘freestyle’ hay dos corrientes: la una es muy conservadora y consciente de que habla sobre la academia de la letra, la poesía y que compone con conciencia. La otra se nutre de malas palabras.
Rafael explica que en el ‘freestyle’ hay personas, sobre todo quienes apenas están empezando, que piensan que lo que deben hacer es insultar al oponente. Pero no es así. El buen ‘gallo’ debe ser creativo, no vulgar ni agresivo.
Cuando los chicos están reunidos, alguien pone un ‘beat’ y dice “hagamos un poco de ‘free’ para destrabar la mente”, entonces empieza la verdadera batalla del buen verso.
A Daniel Quiñaluisa, de 32 años, le corre el ritmo por las venas. Viene a La Roldós para desahogarse. En lugar de pelear, rapea.
Rafael Ocles, de 24 años, define lo que hacen como trabajo social.
Buscan ayudar a las personas con sus canciones. Que los jóvenes se dediquen a hacer esto en lugar de ir por malos caminos.
La música puede liberar y un ejemplo de eso es Cristian Morales, de 26 años, quien pertenece a Estación Ofelia y gracias al hip-hop logró salir de las calles.
Alisson Anangonó, 24 años, es parte de la agrupación denominada Entelequia ETD.
Menciona que son voceros de los demás jóvenes que no la han tenido fácil; y que una de las características que los diferencia de los otros cantantes es que, además de talento, tienen un gran corazón.


