8 de septiembre de 2019 00:00

La guerra del tanque y el caballo

Un escuadrón de la legendaria caballería polaca, la cual fue mantenida en el siglo XX como infantería montada.

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Alejandro Ribadeneira
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Hace 80 años, la invasión del Ejército nazi a Polonia desató el mayor conflicto bélico de la historia, la Segunda Guerra Mundial. 

Desde este septiembre, el mundo comienza a recordar los diversos episodios de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más demoledor de la historia. Justamente el 1 de este mes ocurrió un hecho sensacional, cuando el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier pidió perdón a los polacos por la invasión nazi, en un acto sumamente emotivo en la pequeña Wielun, ciudad del centro de Polonia.

Steinmeier se reunió en esa urbe de 23 000 habitantes con su homólogo polaco Andrzej Duda, y con representantes de Occidente, como el vicepresidente estadounidense Mike Pence y la canciller alemana Ángela Merkel. Todos rindieron honores a los caídos y pidieron al mundo sacar conclusiones del horror de la guerra para no repetir nunca más esa vorágine de violencia.

Los historiadores fijan el 1 de septiembre de 1939 como el primer día de la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas del Ejército alemán cruzaron la frontera con Polonia luego de los bombardeos de la naval a la guarnición de Westerplatte, en la costa del Báltico, y del ataque aéreo contra Wielun.

Tras una campaña que duró hasta el 6 de octubre, Alemania liquidó al Ejército polaco y se anexó el territorio, ante el horror de los líderes de Gran Bretaña y Francia, que habían prometido apoyar a Polonia en caso de que Alemania cumpliera con sus amenazas bélicas.

Por supuesto, la guerra tuvo antecedentes más antiguos e infames, una de cuyas raíces estaba en el Tratado de Versalles de 1919, que puso fin a la Primera Guerra Mundial y que sometió a Alemania a desar­marse, realizar muchas concesiones territoriales (a Polonia, entre otros) y pagar exorbitantes indemnizaciones.

La invasión a Polonia solamente fue un asunto más en la larga estrategia expansionista del Führer, Adolf Hitler, que buscaba consolidar el poderío nazi con el pretexto de que los alemanes necesitaban un “espacio vital” para su desarrollo. Parte del ascenso de Hitler al poder se debe a sus feroces críticas al Tratado de Versalles; siempre ofreció a sus votantes que haría de Alemania una nación fuerte.

El III Reich ya se había anexado el Sarre (un territorio alemán pero administrado por el Tratado de Versalles) en 1935. Tres años después se engulló Austria. En 1939, Hitler tomó lo que hoy se denomina República Checa: Bohemia y Moravia. Y luego cayó sobre Memel, territorio en Lituania pero de mayoría germana.

Hasta ahí, había una cierta justificación en las acciones de Hitler, pues apuntaba a territorios con grandes poblaciones de origen alemán.
Fijarse en Polonia rebasó esos límites. El Tratado de Versalles le dio a ese país un corredor con acceso al mar Báltico y convirtió a Danzig en una Ciudad Libre, separada de Alemania y bajo tutela administrativa y diplomática de Polonia.

Hitler quería Danzig, ciudad fundada en 997 por el rey polaco Miecislao I, integrada a Prusia desde 1793 y que, en 1919, se convirtió en la salida al mar de Polonia. Hitler alegaba que la “tiranía” de los polacos afectaba a un millón y medio de alemanes en su territorio.

Lo curioso es que los polacos estaban listos para la guerra con Alemania. Pero no esperaban que la Unión Soviética también los atacara por la retaguardia. Polonia, tras el Tratado de Versalles, quedó en medio de dos Imperios vencidos, el alemán al oeste y el ruso al este. Luego, quedó en medio de dos sanguinarios líderes, Hitler y Iosif Stalin, quienes, a pesar del desprecio mutuo que se profesaban, se pusieron de acuerdo en el reparto de Europa (Pacto Ribbentrop-Mólotov, cerrado una semana antes de la invasión).

La anexión alemana impactó profundamente en Europa, pues era la declaratoria de guerra de Hitler a Francia, Gran Bretaña y sus aliados. La prensa de la época reportó la heroica defensa de los polacos. Se exageró la idea de que la caballería polaca se arrojaba con valor contra los tanques alemanes y eso ayudó a que la opinión pública del mundo simpatizara con los polacos.

En realidad, la caballería polaca no usaba lanzas y el sable era un arma de último recurso. La misión de la caballería era la de actuar como infantería montada. Hubo apenas una docena de cargas con sables, pero siempre fueron contra tropas de a pie.

Esto, por supuesto, no resta de ninguna manera el valor de la caballería polaca, ni tampoco del resto de sus militares, que al final fueron derrotados, sin impedir que Hitler y Stalin (la URSS atacó el 17 de septiembre) se repartieran el país, tal como una vez el Imperio Alemán y el Ruso lo hicieron en 1772, 1793 y 1795.

La ocupación nazi fue cruel, como se supo luego del conflicto. Costó la vida a 6 millones de polacos, de los que 3 millones eran judíos. El primer campo de concentración polaco se instaló en el mismo septiembre, en Sztutowo, justamente el territorio de la Ciudad Libre de Danzig que Hitler tanto apetecía. Aunque el más célebre fue el de Auschwitz-
Birkenau, abierto en 1940 y donde murieron un millón y medio de judíos, en lo que se llama el Holocausto.

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