15 de junio de 2018 11:51

‘La Flauta Mágica de los Andes’, un reencuentro de Mozart con los vientos andinos se tomó el Teatro Sucre

De una obra que surgió en 1791, en la etapa final del compositor alemán, ‘La Flauta Mágica’ se convirtió en quena y su historia, se re-escribió dentro de un contexto histórico, cultural y estético diferente: el andino. Foto: EFE.

De una obra que surgió en 1791, en la etapa final del compositor alemán, ‘La Flauta Mágica’ se convirtió en quena y su historia, se re-escribió dentro de un contexto histórico, cultural y estético diferente: el andino. Foto: EFE.

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Karol Noroña

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Pamina / tú eres mi luz...”. / “Tamino, / tú eres mi cruz”. Quizá, esos dos versos logran compactar la historia de la ‘wambra’, secuestrada por el cóndor, esa ave que reina en el Hanan Pacha -el mundo de arriba, de los dioses-; del ‘awki’ -príncipe- que cayó en el Uku Pacha -mundo de abajo, de los muertos- mientras escapaba de una serpiente y, cómo, en busca de la luz, atravesó los tres pachas.

Como una oda a la vida y a la simpleza de los ‘runas’, la obra magistral de Mozart exploró el lenguaje vivo de la cosmovisión andina y su sonoridad, desde los vientos que habitan en los Andes.

De una obra que surgió en 1791, en la etapa final del compositor alemán, ‘La Flauta Mágica’ se convirtió en quena y su historia se re-escribió dentro de un contexto histórico, cultural y estético diferente: el andino. Así se vivió el estreno nacional ‘La Flauta Mágica de los Andes’, ópera en dos actos dirigida por Chía Patiño y estrenada ayer, 14 de junio del 2018.

A las 19:15, la sonoridad de pequeñas aves amenizó la espera de los quiteños. Más de 700 asistentes ingresaron al Teatro Nacional Sucre, cuando se enunció la tercera llamada.

Carmen Helena Téllez, directora musical de la obra, ingresó a la plataforma inferior, dónde se ubicaron 40 músicos de la Orquesta de Instrumentos Andinos. Pronto, senderos y montañas poblaron el escenario. En el acto inaugural, Pamina aparecía entre sombras, caminando sobre el paisaje. Un cóndor acompaña su paso desde las alturas y las alpacas la acompañan hacia su ‘secuestro’, con la imagen final de la Reina de la Noche.

'La Flauta Mágica de los Andes' utilizó recursos de teatro de sombras como acto inaugural de la obra. Foto: EFE.

'La Flauta Mágica de los Andes' utilizó recursos de teatro de sombras como acto inaugural de la obra. Foto: EFE.

Desde el fondo de la sala, una serpiente de unos seis metros de largo invadía el teatro. Recorría las cabezas de los asistentes, los olía, los miraba de frente, los retaba. Esa misma ‘amaru’ perseguía al awki Tamino, que cayó inconsciente en el territorio de la ‘Ñusta’, la Reina de la Noche. Sus Damas lograron rescatarlo. Al recuperar la conciencia, apareció en escena Papageno, el ‘cazador de pájaros’ a quien consideró su salvador.

Las Damas regresaron para castigar a Papageno por su engaño y los truenos marcaron la llegada de la reina. Imponente, pidió a Tamino el rescate de su ‘wawa’ (Pamina) secuestrada por Sarastro. Al mostrarle su retrato, el príncipe se enamoró perdidamente de ella. Acompañados por tres ‘humas’ -espíritus- Tamino y Papageno emprenden la travesía.

El realismo mágico de la obra se afianzó en un mundo sonoro que el maestro ecuatoriano Segundo Cóndor transcribió a la instrumentación andina hace 10 años. ‘La Flauta Mágica’ de Mozart basaba su sonido en los violines, violas y violonchelos; en su adaptación andina, navega por las mandolinas, tiples, guitarras, marimbas y quenas, rescatando la polifonía y armonía de la obra original.

El 'awki' Tamino se enamora perdidamente de Pamina, hija de la Reina de la Noche. Acompañados por tres ‘humas’ -espíritus- Tamino y Papageno emprenden la travesía. Foto: EFE.

El 'awki' Tamino (en la foto Marlon Valverde del elenco Killa) se enamora perdidamente de Pamina, hija de la Reina de la Noche. Acompañados por tres ‘humas’ -espíritus- Tamino y Papageno emprenden la travesía. Foto: EFE.

El teclado mantuvo su hilo servicial como un ‘segundo director musical’, como un retrato de los clavecines que acompañaban los hogares de América del Sur. Las quenas y las zampoñas, por su parte, elevaron su transparencia y sutileza, esa que caracteriza a la cordillera de los Andes y acompaña a sus habitantes en los dolores, la lucha y resistencia.

Esos sonidos acompañaron a Tamino (Jorge Cassis) cuando descubre que Sarastro (Sergio Enciso) no es el enemigo, sino el líder espiritual que lo guiará hacia el camino del bien.

Durante el recorrido teatral, destacó -además de la magistral adaptación de la obra musical a cargo de Carmen-Helena Téllez- la interpretación escénica, fruto de la investigación de Chía Patiño. La traducción del libreto original de Emanuel Schikaneder -del alemán al español con modismos propios del kichwa a cargo de Patiño- creó un hilo argumental natural que, sin duda, logró acercar la obra mozartiana a nuevas generaciones.

Las ovaciones resonaron en el escenario del Teatro Sucre en tres momentos: cuando la furia de la Reina de la Noche -interpretada por la mexicana Anabel de la Mora- se desató frente a Pamina (Vanessa Freire), incitando a matar a Sarastro.Allí, la marioneta de la Reina ascendió -imponente- a los tres metros de altura, mérito que recae en Alejandra Prieto, quien diseñó los 80 títeres que participan en la función a través de manipuladores. 

La Reina de la Noche, interpretada por la mexicana Anabel De la Mora, alcanzó tres metros de largo en su intervención. Foto: EFE.

La Reina de la Noche, interpretada por la mexicana Anabel De la Mora (del primer elenco Inti), alcanzó tres metros de largo en su intervención. Foto: EFE.

Después, siguió a solitaria intervención de Pamina cuando piensa que Tamino ha dejado de quererla y el encuentro de Papagena con su Papageno. Este personaje, interpretado por Olmes Nogales, fue, sin duda, el protagonista de la noche. Inocente como un pequeño niño y pícaro como un adolescente, su traje verde intenso -conceptualizado por el español Felype de Lima- y su actuación lograron cautivar al público, armonizado con la iluminación de Carlos Alzueta.

La historia, que reunió a 59 cantantes -entre ellos dos elencos de solistas Inti y Killa- 40 músicos y 80 marionetas, acompañadas de 585 piezas, se puso en escena en una plataforma giratoria que contempló tres mundos: el paisajismo de las montañas retratado con el devanador, el adobe y el simbolismo del oro, a través del carrizo. La idea escenográfica, contó Liliana Duque, diseñadora de la plataforma, surgió de un viaje inmersivo con la comunidad de Saraguro.

“Fue necesario traducir a Mozart para hablar de nuestras propias historias”, enunció Chía Patiño. Y es que ‘La Flauta Mágica de los Andes’ fue también un reencuentro de los habitantes con el saber ancestral en fusión con el legado, la voz y colores de Segundo Cóndor. La obra elevó el mundo sonoro en equilibrio con la puesta en escena, que devolvió a la audiencia con sus raíces andinas.

Habrá más funciones hoy, 15 de junio, hasta el próximo 24 de junio del 2018.

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