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Los filtros digitales pueden disminuir la autoestima

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El abuso de las máscaras digitales distorsiona la realidad. Los adolescentes son los usuarios más vulnerables.

A diario llegan al consultorio del cirujano Esteban Rivera personas que buscan una operación estética para modificar rasgos físicos.

Algunos quieren verse como una determinada celebridad, mientras que otros buscan lucir como en sus autorretratos, previamente retocados con los filtros de las diferentes redes sociales. Actualmente, Instagram y Snapchat están entre  las más populares.  

Utilizando las máscaras digitales, un hombre o una mujer puede -con un solo clic- lucir unos labios prominentes, pómulos marcados y nariz respingada. También es posible alterar el color de los ojos y colocarse un par de pecas u obtener una piel de porcelana.

Es el nuevo estándar de belleza digital con el que compite la realidad y que preocupa a expertos de todo el mundo.

El psicólogo Washington Santillán -docente de la Universidad UTE– menciona que se trata de una tendencia que se salió de control y que está creando cuadros de ansiedad y de depresión -sobre todo- entre los más jóvenes.  Ellos se obsesionan con los filtros y se vuelven incapaces de socializar sin esos.

De esto, precisamente, se hizo eco un estudio realizado en España a inicios de este año. La investigación, que incluyó a más de 500 españolas de entre 10 y 17 años, reveló que el 23% de las encuestadas “no se ve lo suficiente bien” si no edita sus fotografías. Además, el 20% se siente decepcionado por no tener el aspecto que tiene en sus fotos de Internet.

De acuerdo con un estudio realizado por la Academia Estadounidense de Cirugía Plástica Facial y Reconstructiva, un 55% de los cirujanos plásticos estadounidenses reconocieron (en el 2017) un aumento del número de pacientes que acudieron a su consulta porque querían parecerse más al reflejo de sus filtros.

Esa obsesión está relacionada -según el psicólogo Mario Albán, docente de la Universidad Internacional del Ecuador– con la falta de autoestima. Esa se alimenta durante la infancia y adolescencia.

Por eso es vital que los padres e incluso los maestros valoren y respeten a los chicos, y que se abstengan de usar adjetivos como gordo, aunque no sea con mala intensión.

Solo así los usuarios usarán los filtros de esas redes sociales para divertirse, como al inicio, cuando las máscaras que colocaban nariz y orejas de perros o gatos eran los protagonistas.  

Santillán dice que a ese fenómeno se lo bautizó como la Dismorfia de Snapchat, pues fue con esa red social que los filtros ganaron popularidad.

Como el trastorno dismórfico corporal, supone una búsqueda imposible de la perfección y se caracteriza por una obsesión compulsiva con los ‘defectos’, que no son más que características físicas que nos “convierten en seres únicos. Y esa debería ser la verdadera belleza”, dice Albán.

Conscientes del daño que los filtros generan a esos usuarios, la plataforma que gestiona su aprobación –Spark AR– anunció en el 2019 que empezará a retirar aquellos que simulan operaciones estéticas como parte de sus políticas de bienestar.

Otra forma de evitar que los chicos se obsesionen con el nuevo estándar de belleza digital es limitando el tiempo frente a los dispositivos electrónicos. Alejandra Guiñán, de 19 años, asegura que pasa entre 10 y 12 horas monitoreando sus redes sociales y probando máscaras digitales. “Yo no veo nada de malo, solo las uso para verme más bonita”.

Al momento, todas las personas, incluidos los menores de edad, puede acceder a los filtros. En Instagram,  el usuario debe tener al menos 13 años, pero no tiene un proceso de verificación de edad.

Instagram, Facebook y Snapchat actualizan su listado de filtros con frecuencia. Cada vez son más sofisticados.

Para reducir el tiempo frente al celular es importante desarrollar actividades en familia. Los expertos sugieren conversaciones permanentes con los adolescentes.

Es importante valorar los logros de los chicos para elevar su autoestima y resaltarles que las redes sociales no son un espejo de la realidad.

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