2 de abril de 2021 00:00

Un estudio en pueblo shuar revela disgusto ante la comida dañada

Los investigadores llevan más de 30 años analizando el comportamiento del pueblo Shuar y su estado de salud. Foto: freepik

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Diego Ortiz

La primera reacción de los humanos frente a una comida en mal estado va a ser un gesto de desaprobación. Este puede manifestarse como una mueca o también como un rechazo a siquiera tocar la comida.

Un grupo de científicos de la Universidad de Oregon ha encontrado las razones de por qué las personas reaccionan de esta manera a la comida que consideran podrida o dañina. Pero para hallar la respuesta, una comunidad shuar de la Amazonía ecuatoriana ha sido clave para entender la evolución de esta emoción.

“Desde el punto de vista de la psicología evolucionada, hemos demostrado más directamente que cualquier investigación anterior que el disgusto es una emoción evolucionada que funciona para regular nuestra exposición a patógenos”, dijo Lawrence Sugiyama, profesor del Departamento de Antropología, en un comunicado de prensa.

Sugiyama es un investigador que lleva casi 30 años conectado con la Amazonía ecuatoriana. Él forma parte de The Shuar Health and Life History Project, una investigación multidisciplinaria que se ha desarrollado por más de dos décadas en la zona de Morona Santiago, en la cual participan más de una docena de centros académicos de Estados Unidos y de Canadá.

La investigación se centró en 75 sujetos, de edades comprendidas entre los 5 y los 59 años, en 28 hogares de tres comunidades shuar que variaban en su aislamiento o participación parcial en la economía del sector. Se realizaron mediciones de la sensibilidad al disgusto a las fuentes de infección y a los niveles de infecciones bacterianas, virales y parasitarias a través de muestras de sangre y heces recolectadas entre los participantes.

“Si bien los datos relacionados con la exposición a abundantes gusanos parásitos en las comunidades shuar han ayudado a comprender el comportamiento social, fueron los alimentos en mal estado u otras fuentes de patógenos potenciales lo que provocaron el disgusto. Los shuar con los niveles más altos de disgusto tenían la menor ­carga de infecciones”, señalan los investigadores.

El equipo demostró que factores como el acceso a agua potable o las viviendas que son sobre tierra inciden en la cantidad de patógenos de las personas. En ese sentido, mientras mejor calidad de vida tiene la persona, su sensibilidad a los patógenos y su sentido del disgusto son mayores.

“Este estudio proporcionó un análisis poderoso que nos permitió apreciar la perspectiva evolutiva de que nuestras mentes y cuerpos han sido diseñados para ayudarnos a lidiar con entornos y amenazas particulares como los patógenos”, dice Josh Snodgrass, antropólogo biológico del Departamento de Antropología.

La relación entre el olor de los alimentos y las reacciones de las personas es uno de los temas que ya estuvieron ­entre los intereses del naturalista ­inglés Charles Darwin en la década de 1860. Él sostenía que los humanos ­primitivos desarrollaron el asco a la comida con patógenos como un mecanismo de defensa frente a posibles infecciones.

En la última década apareció un término que ha buscado ahondar más en las relaciones entre los humanos y su comida. Se trata de la Escala Multidimensional de Sensibilidad al Asco (FDS, por sus siglas en inglés), a través de la cual se han desarrollado evaluaciones sobre cómo la gente reacciona a diferentes tipos de comida.

Un estudio presentado el 2018, por investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, demostró que las personas con altos niveles de FDS tienen mayor frecuencia de molestias gastrointestinales después de comer alimentos de origen animal como carne, pescado y productos lácteos. Asimismo, este grupo es el que tiende a buscar menos variedad de comida, por lo que su dieta suele ser restringida a platillos o productos ya conocidos, como un mecanismo de defensa frente a potenciales riesgos biológicos.

El estudio en la comunidad shuar, por su parte, demostró también que “los niveles de disgusto de los hogares se correlacionan con los niveles de disgusto de la comunidad”.

“Comparten comida; cuencos para beber para su nijiamanch, una cerveza de mandioca que es un alimento básico; fuentes de agua; y exposición al suelo y, por tanto, a algunos patógenos. Ese disgusto compartido que se muestra como comunidad ayuda a regular el nivel de disgusto en las personas”, dice Sugiyama.

Esto implica que el rechazo a ciertos tipos de comida por presunción a que sean potencialmente peligrosos es un mecanismo que se desarrolla tanto a escala individual, como a nivel comunitario (gusto mayoritario a un alimento).

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