11 de octubre de 2020 00:00

El espíritu del volcán Sangay

Los antiguos habitantes de los alrededores se preocupaban por mantener contento a Shunki, que según sus creencias habita en las cumbres

Los antiguos habitantes de los alrededores se preocupaban por mantener contento a Shunki, que según sus creencias habita en las cumbres. Foto: Archivo

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Amílcar Tapia Tamayo*

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Fray Miguel de la Rúa, dominico misionero en 1875 entre los antiguos achuar, que habitaban en las riberas de los ríos Pastaza y Huasaga, de la actual provincia de Morona Santiago, en una carta dirigida al prior del convento de Ambato, le comenta “…pido a S.P.R. me conceda permiso para salir a buscar remedio para mis enfermedades, las cuales cada día son más críticas a pesar del cuidado que me brindan los nativos de mi centro misionero de
Tinshu
, quienes ahora sufren demasiado por las continuas caídas de ceniza y las erupciones del cerro llamado Sangay, que en la lengua de los nativos significa trueno o tempestad. Ellos tienen mucho miedo porque aducen que en la cumbre habita el espíritu llamado Shunki, que tan poderoso es que sacude al volcán, haciendo que este llore fuego y que derrame mucha ceniza por los alrededores, tapando ríos y las chacras de yuca y otros alimentos que son indispensables para su vida.

“Dicen los naturales que se deben hacer ofrendas los meses de enero y febrero, que es cuando al espíritu le gusta cambiar de morada, ya que no siempre vive en el mismo lugar debido a que en el cerro hay dos o tres bocas. Según ellos, le agrada mucho la miel de abeja, por lo que los ancianos y los más representativos de las tribus se reúnen para buscarla en las peñas del río Huasaga, ya que en diciembre hay floraciones de las que se alimentan las abejas. Tienen que recoger alguna cantidad de miel con paciencia y llevarle en vasijas que trabajan las mujeres desde el mes de octubre.

“Los ancianos deben pasar siquiera un mes en los alrededores del cerro para comunicarse con el espíritu, por lo que llevan ayahuasca y hojas de coca para subsistir. Si en ese mes el monte no se inquieta, quiere decir que los viejos hablaron con él, logrando que se calme; sin embargo, hay fuego y ceniza cuando cambia de morada de un cráter a otro, pero la actividad no es muy fuerte; sin embargo, esto puede variar cuando mira que la gente de la comarca se porta mal, hay envidias, maldades y peleas entre los nativos, cosa que es muy frecuente por los líos que tienen con los shuaras, con los que sostienen choques frecuentes por mujeres y territorio. Allí, Shunki se enoja porque ve con malos ojos a los que roban, engañan y hacen daño a los demás, entonces el cerro brama y se sacude fuertemente. En otras ocasiones, el dios está tranquilo pero prefiere que nadie le moleste y se vuelve misterioso, porque se tapa con nubes y no se deja ver por un tiempo, por lo que todos tienen miedo por no saber lo que está pasando en las cumbres.

“Les he dicho que se trata de un fenómeno natural, pero no me quieren entender y cuando insisto, los ancianos se portan groseros, así que no me atrevo a contradecir sus creencias…” (Archivo convento Santo Domingo de Quito, Fondo José María Vargas, Informes de misiones 1885, T.IV, p. 98)
Esta es una visión que sobre el volcán Sangay existe entre los nativos de la región. También se pueden hallar otros datos de la misma naturaleza, recogidos por Mateo de la Cruz, comerciante ambateño que negociaba oro con los indígenas amazónicos y recoge sus correrías en un cuadernito que se encuentra en el archivo del convento de La Merced, titulado ‘Cosas que valen la pena contarse sobre mis andanzas por el Oriente’, guardado en 1905 por fray Nicolás Mantilla, comendador del convento mercedario de Ambato.

“Es un verdadero espectáculo la erupción del volcán Sangay, que está permanentemente activo; por lo que a esta montaña los indios de la zona le tienen mucho miedo, ya que consideran que es un espíritu el que les cuida de buena manera dándoles buen tiempo para que siembren sus chacras, pero también se enoja con frecuencia si no llevan una buena vida, por lo que es común que haya paz y armonía entre los naturales, a pesar de que hace mucho tiempo había guerra frecuente entre shuaras y achuares. Si hay guerra, es inmediato que el ser desconocido al que le llaman Suqui o algo por el estilo, evalúa la conducta de los indios y habitantes de la zona y los premia o castiga…” (Archivo convento La Merced de Quito. Conventos de Provincia, Ambato, 1906. Cartas y varios, Hojas 16 y 17)

En términos geográficos, el Sangay es el volcán más meridional del Ecuador y, a la vez, uno de los más activos del mundo. Según Patricia Mothes, vulcanóloga del Instituto Geofísico, su último proceso eruptivo de gran magnitud se registró en 1628 y aparentemente cubrió de ceniza a Riobamba un día y medio.

De entre las primeras noticias científicas sobre el Sangay, recogemos la proporcionada por Edward Lewis (El Sangay, National Geografic 1950), quien afirma que entre las erupciones más notables se halla la de 1680. También Charles M. de La Condamine (Journal du voyage fait par ordre du roi a l’ Equateur, París 1751, p. 72, Biblioteca Histórica Universidad Central del Ecuador) afirma que el coloso comenzó su actividad moderna en 1728, basando sus afirmaciones en las observaciones que hizo en 1739 desde el páramo de Zula: “Todo el monte pareció arder, así como el cráter mismo. Sobre el cono se derramó un río de azufre y betún encendido y se formó su cauce por medio de la nieve, de la cual la cumbre siempre está cubierta (…) Desde 4 años y hasta hoy día se derrama sin intermisión una lava incandescente por la falda oriental del Sangay”.

Sobre el mismo fenómeno, Teodoro Wolf escribe: “Los bramidos de aquel volcán se oyeron entonces frecuentemente en Guayaquil” (Crónica de los fenómenos volcánicos y terremotos en el Ecuador, Quito, Imprenta de la Universidad Central, 1904, p. 64) Estos datos coinciden con las afirmaciones de Waddell, Moore y Thorne, quienes ascendieron hasta cerca del cráter en 1929, asegurando que la actividad del volcán era constante.

El coloso limita al norte y sur con los ríos Sangay y Victoria. Su flanco oriental baja a la selva oriental. Al oeste, el cono se une a una llanura que se extiende unos 15 km hacia el oeste y está constituido por material piroclástico, principalmente ceniza y lapilli no consolidado.

La cima presenta tres cráteres bien formados: el principal, localizado en el centro, de 100 metros de diámetro y por lo menos 30 metros de profundidad; un cráter hacia el noreste con la mitad de diámetro y profundidad del principal; y el tercero, un cráter somero más joven de casi 100 metros de diámetro, probablemente producido por mucha actividad explosiva, que se ubica un poco hacia el oeste del cráter principal. Los tres muestran bastante actividad fumarólica. Pocos metros al oeste de este cráter de explosión está el vento, que es la fuente de lavas actuales, el cual puede a futuro formar un nuevo cráter. (Minard Hall, El volcanismo en el Ecuador, I.P.G.H, 1977, p. 82)
Datos del Geofísico indican que las lavas jóvenes se hallan compuestas principalmente de andesitas basálticas y andesitas. El conjunto de minerales que arroja el volcán incluye olivino, magnesiano, augita, hipersteno y plagioclasa.

Las últimas erupciones del Sangay han afectado sobre todo a las provincias de Chimborazo, Bolívar y Guayas, , causando muchas inquietudes a sus habitantes. Estos están preo­cupados, y van a seguir estándolo, por las molestias prácticas que causan las erupciones antes que por el ánimo del volcán y de Shunki.

*Doctor en Antropología. Investigador especializado en temas nacionales.

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