16 de diciembre de 2018 00:00

Lo esencial es invisible a los ojos

La primera edición del cuento infantil ‘El principito apareció en Francia el 6 de abril de 1943. Foto: Morgan Library and Museum, Graham S. Haber.

La primera edición del cuento infantil ‘El principito apareció en Francia el 6 de abril de 1943. Foto: Morgan Library and Museum, Graham S. Haber.

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Gonzalo Ortiz

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Tratar de explicar ‘El Principito’ de Antoine de Saint-Exupéry es una tarea imposible. Se puede decir que es un cuento filosófico, con valores humanistas, que explora los temas infinitos del amor y la soledad a través de personajes cautivadores. Pero, en realidad, ‘El Principito’ -que este año cumple tres cuartos de siglo de su publicación, y por eso la publicación de esta página, antes de que el año acabe-, es mucho más. Es el arte de sus acuarelas; es su autor, del que es inseparable, y es, sobre todo, una pregunta abierta para que cada lector, de cualquier época y cultura, se pierda en el mismo desierto del Sahara en que se estrella el piloto, se encuentre con ese inquietante y conmovedor pequeño príncipe y descubra con él el propósito de la vida.

En varios sentidos, el Principito no es uno sino dos libros: a primera vista, un cuento infantil, como que de un sueño se tratase; pero una mirada más detenida descubre numerosas adivinanzas filosóficas con varias posibilidades de respuesta.

Para mí, más que el encuentro de un adulto con un niño extraordinario, el libro es en realidad el encuentro de cada uno con el niño que lleva adentro, personificado en el Principito. Este ha viajado desde un asteroide, donde dejó su rosa, para descubrir el mundo. Antes de aterrizar en nuestro planeta ha visitado varios otros planetas cuyos habitantes son todos adultos y encarnan los vicios más comunes de la humanidad. Cuando un zorro le dice que los ojos están ciegos y que somos responsables para siempre de lo que amaestramos, el Principito se regresa a casa para encontrarse otra vez con su rosa.
Todo esto se acompaña de las ilustraciones realizadas por el propio autor.

Antes de volverse piloto, Saint-Exupéry estudió Arquitectura en la Escuela de Bellas Artes de Francia, aunque no terminó la carrera. Nunca se consideró bueno en el dibujo, algo de lo que se burla el piloto al inicio de la obra, impregnada toda ella de humor sutil.

El Principito como  producto

Publicado por primera vez en abril de 1943 en Nueva York por la editorial Reynal & Hitchcock (tanto en inglés como en francés), ‘El Principito’ es uno de los fenómenos editoriales mundiales más asombrosos. Ha sido traducido a más de 300 lenguas y se han vendido más de 200 millones de ejemplares. Y no solo que es el libro de autor francés más vendido del mundo, sin que se dispute el título de la obra literaria más vendida con ‘Historia de Dos Ciudades’, de Charles Dickens.

A este éxito editorial abrumador le ha seguido un gran éxito comercial, explotado sin cesar por los herederos de Saint-Exupéry, sus sobrinos y sobrinos nietos. Ahora hay una película (de 2015), que han visto en cine 23 millones de personas, y otras 30 millones en Netflix; una serie de TV con 80 episodios, emitida en 70 países; un parque temático situado en Alsacia, Francia; estatuas de tamaño natural en plazas públicas, en varias ciudades comenzando por París y Montreal; exhibiciones en el mundo entero; un musical montado en Barcelona que ya han visto 200 000 personas; un recorrido en 4D con el tema del Principito en parques de atracciones de muchos países; un juego de Mario Bros; una tienda de productos del Principito en París, así como miles de productos que llevan con licencia comercial las imágenes del Principito (relojes, platos, juegos, juguetes, camisetas, plumafuentes, lámparas, peluches, etc.).

Esta explotación se antoja contradictoria con la sencillez y poesía de la narración original del autor francés. Este año ha salido el documental ‘Esencia invisible: El Principito’ de un director jamaiquino-canadiense, que sigue las aventuras de un niño de siete años hijo de refugiados pakistaníes en Canadá, una suerte de principito de los tiempos modernos, y también un libro de arte táctil para ciegos, con los dibujos de Saint-Exupéry en relieve.

Pero en esta evocación, no puedo dejar fuera el testimonio de mi propio encuentro con este fascinante libro. ‘El Principito’ fue traducido al español por Bonifacio del Carril y su primera publicación en nuestro idioma fue realizada por la editorial argentina Emecé Editores el 20 de septiembre de 1951, en un principio enfocado al público infantil, pero esa edición no llegó a Quito.

En lo personal, lo leí por primera vez en 1959, en un ejemplar a máquina, en traducción de Hernán Rodríguez Castelo, quien nos la facilitó a sus alumnos junto con el ejemplar en francés, que para entonces ya había sido editado por Hachette en París, para que veamos los dibujos. En Quito no se consiguió esta obra hasta finales de 1960, por la insistencia de Hernán Rodríguez ante Carlos Liebman, de Su Librería, para que lo trajera. Por eso en 1961 todos los compañeros de la academia literaria del colegio San Gabriel ya teníamos sendos ejemplares impresos del libro.

Aparte de la edición de Emecé, se realizaron otras ediciones en español en varios países latinoamericanos, y recién en 1965 en España.

El autor

Antoine de Saint Exupéry nació el 29 de julio de 1900 en Lyon, en una vieja familia aristocrática. El tercero de cinco hermanos, dos hombres y tres mujeres. Su padre, Jean de Saint Exupéry, que tenía título de vizconde, muere cuando aún eran niños. Su madre les lleva a vivir con el abuelo en un castillo al sur: años maravillosos en los que ella personalmente les enseña pintura y les lee libros de cuentos. Regresan a Lyon para la escuela. Antoine no obtiene buenas notas, pero le gusta escribir y gana el primer premio de redacción de su escuela.

Desde muy niño le fascinan los aviones; a los 12 años obtiene su bautismo aéreo, engañando a un aviador del que era amigo, en el aeródromo de Ambérieu-en-Bugey, de que sí tenía permiso de su madre para que le llevara a volar.

La secundaria la inicia como interno en un colegio de jesuitas, fastidiado por los madrugones y el aburrimiento. La lectura es su refugio. Descubre la gran literatura, tanto francesa como rusa.

La muerte de su hermano de fiebre reumática a los 15 años de edad es una marca indeleble en su vida.

Después de su bachillerato en 1917, fracasa en las pruebas de ingreso a la Escuela Naval, entra a Bellas Artes y hace su servicio militar en un regimiento de aviación en Estrasburgo y Casablanca, donde se convierte en piloto. En 1926 entra en la Aéropostale y transporta correo entre Toulouse y Dakar. Publica su primer libro, ‘El aviador’. Le siguen ‘Correo del Sur’ (1929) y ‘Vuelo nocturno’ (1931, Prix Femina), obras que relatan sus vuelos y encuentros, con éxito editorial.

En 1929 es nombrado director de la filial de la Aéropostale en Buenos Aires. Allí conoce a la millonaria y artista salvadoreña Consuelo Suncín, amor a primera vista. Se casan en Francia en 1931, iniciándose una relación tormentosa, con prolongadas separaciones.

En 1939 publica ‘Tierra de hombres’
, que gana el premio de la Academia Francesa.

La invasión alemana a Francia obliga a Saint-Exupéry a exiliarse en 1940. Como tenía medios económicos viaja por varios países, lo que le inspira para seguir escribiendo novelas y artículos. Asentado en EE.UU., escribe ‘Vuelo a Arrás’ y ‘El Principito’. Pero el patriotismo puede más: se reincorpora a las Fuerzas Armadas de Francia, en el Ejército del Aire. Demasiado viejo para pilotar cazas, le destinan a vuelos de reconocimiento en un P-38. Es abatido en una misión el 31 de julio de 1944. Su cuerpo, sin marcas de identificación, al parecer fue recogido por un pescador un par de días después en el Mediterráneo, al sur de Marsella, y enterrado en una tumba anónima.

En 1998, otro pescador encontró, precisamente cerca de donde más de medio siglo antes se halló ese cuerpo inidentificado, una esclava de plata de identificación: allí constaban su nombre, el de su esposa Consuelo y la dirección de sus editores de Nueva York.

Estaba enganchada a un trozo de tela, probablemente de su traje de piloto. A su vez, en el 2000, se hallaron los restos del avión P-38 en el fondo del mar, los que fueron extraídos en 2003 y hoy están en el museo del Aire y del Espacio en Le Bourget.

 *Miembro de las academias de la Lengua y de la Historia.

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