21 de junio de 2020 00:00

El necropoder es autoritario

Adriana Rodríguez, en uno de los pasillos exteriores de su casa ubicada en el barrio La Floresta. En la actualidad trabaja como docente, en la Universidad Andina Simón Bolívar.

Adriana Rodríguez, en uno de los pasillos exteriores de su casa ubicada en el barrio La Floresta. En la actualidad trabaja como docente, en la Universidad Andina Simón Bolívar. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O)

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Durante esta pandemia, el mundo ha visto cómo gobiernos de distintas líneas políticas e ideológicas han dejado morir a miles de personas, por falta de un sistema de salud público eficiente, o por mantener activa su economía. En esta entrevista, Adriana Rodríguez reflexiona sobre esta realidad, a la que el filósofo camerunés Achille Mbembe llama necropolítica. 

Si nos remitimos a su composición semántica, la necropolítica es la política de la muerte. ¿Usted cómo la definiría?

La definiría como la política en la que los gobiernos no solo deciden quién vive y quién muere sino cómo viven y cómo mueren las personas. La necropolítica como concepto ha sido extensamente desarrollado por Achille Mbembe y para mí supera la idea de biopolítica planteada por Michel Foucault. La biopolítica es más cercana a los procesos de regulación de las vidas. En cambio, la necropolítica se enfoca en las políticas de la muerte, que se construyen en sociedades en extremo desiguales. No tiene solo que ver con el hacer morir sino con el dejar morir.

La necropolítica no es un concepto nuevo pero ha cobrado fuerza en análisis y debates durante esta emergencia sanitaria, ¿por qué?

Porque durante esta emergencia sanitaria se ha hecho más evidente cómo se eligen unas vidas por sobre otras. Sucedió desde el momento que se decretó el confinamiento en las casas, como la única forma de contrarrestar la epidemia. Hay personas que han podido hacerlo sin problema, pero otras no, porque viven en hacinamiento y del día a día. Otra razón por la que esta idea de necropolítica se ha hecho más visible es por la fragilidad de los sistemas de salud. Recordemos lo que pasó en Guayaquil. Como dice Mbembe, el cuidado de la salud de las personas nunca ha sido una prioridad para el necroliberalismo. 

Entonces, ¿la pandemia ha servido como pretexto para que la necropolítica se afiance como forma de gobierno?

Personalmente creo que sí. Cuando existen gobiernos en permanente estado de excepción es más fácil que la necropolítica se convierta en una práctica común. Lo que se logra con un estado de excepción es la centralización del poder y la priorización arbitraria de medidas, que lo que buscan finalmente es potenciar la lógica del sacrificio entre la población. Hay que tener mucho cuidado con este tipo de lógicas, porque lo único que hacen, en situaciones como las que estamos viviendo, es que la gente tenga que elegir de qué se va a morir: de covid-19 o de hambre. Walter Benjamin decía que el estado de excepción se está convirtiendo en una permanencia en el mundo y que eso es peligroso en términos de derechos humanos. 

En ese contexto, ¿cómo la necropolítica está debilitando a la democracia?

La necropolítica está en contra de todo tipo de derechos, sobre todo de uno de los más esenciales: el derecho a la dignidad humana. No solo está en contra del derecho a la vida sino al de la muerte con dignidad. Durante esta pandemia hemos visto cómo muchas personas han muerto sin la posibilidad de despedirse de sus seres queridos. Eso es una tragedia para la dignidad humana. Muchos gobiernos alrededor del mundo no han podido dar soluciones humanas a esta pandemia.

¿Qué hay detrás del interés de la necropolítica de controlar no solo la muerte física de las personas sino la muerte social y civil de la gente?

Creo que ahí el problema radica en que muchas personas se han convencido, de manera errónea, que los autoritarismos protegen de mejor manera la vida de las personas. Lo cierto es que en un gobierno autoritario la vida de la gente no está más protegida. Lo que sí promueve es una menor participación democrática. Dentro de esta lógica el diálogo no es una alternativa. Un ejemplo de esto ocurre actualmente en la Amazonía, en donde existe la posibilidad de la extinción de algunas comunidades. Eso sería una tragedia para la humanidad, sin embargo, es visto con distancia desde el poder político y la opinión pública. 

¿Cuáles son las políticas de la muerte que el necropoder está promoviendo en Latinoamérica?

En Latinoamérica, el necropoder está promoviendo como política el dejar morir. Miremos, por un momento, lo que está pasando con los pueblos indígenas. Hay que recordar que en un gobierno que promueve la necropolítica siempre hay alguien que está ganando con la muerte de los otros. Pensemos en todos los casos de corrupción que hemos visto durante esta pandemia. Eso es un ejemplo de que para algunos políticos hay vidas que tienen menos valor que otras. Es una muestra de la perversidad que se esconde detrás de las lógicas de la necropolítica.

Y, ¿en Ecuador?

Aquí podemos hablar del trato que recibieron los ciudadanos venezolanos que decidieron emprender una caminata para volver a su país. Hubo indolencia por parte del Estado. Nunca se armó un corredor humanitario para que puedan salir y volver a su nación. Este es un claro ejemplo de cómo el poder maneja las vidas que no le importan. 

¿El racismo de Estado no es también otra de las caras de la necropolítica?

Totalmente, y es algo en lo que Mbembe hace hincapié. El racismo es lo que te permite ser indolente con el otro. Ahí vuelvo a los pueblos amazónicos, porque ellos también han sido afectados por el racismo de Estado. Pensemos por un momento a quién se está dejando morir durante esta pandemia. Los que están muriendo son los pobres, los migrantes, los indígenas y los negros. También recordemos cómo murió George Floyd, su muerte es otro ejemplo brutal de cómo opera la necropolítica.

¿Por qué el necropoder busca convertir a las personas en una especie de muertos vivientes?

No diría que busca convertir a las personas en muertos vivientes sino que las ve así, como algo desechable, por las que no tiene sentido crear políticas que protejan su vida. Otra de las caras que la necropolítica ha mostrado en la pandemia es la de las personas privadas de libertad. Recordemos lo que está pasando con los contagiados en la cárcel de Ambato. Creo que el fin último del necropoder es que el necrocapitalismo continúe existiendo y para lograr eso lo que prima es la lógica del todo vale. Para que sobreviva este sistema económico es necesario un tipo de políticas autoritarias en el ámbito social y económico.

¿Cómo definiría a un necropolítico?

Lo definiría como aquella persona que no tiene el menor grado de empatía con el otro que sufre y con el otro que está muriendo. Es la persona que tiene poder y que abusa de esa posición para dejar morir a otros teniendo la alternativa de que no lo hagan. Lo peor del necropolítico es que saca provecho económico de esas muertes. Para mí, Jair Bolsonaro es un ejemplo descarado de necropolítico. Durante esta pandemia ha dicho, varias veces, que la economía de su país no puede parar solo porque unas cuantas personas estén muriendo. Eso me parece algo totalmente terrorífico.  

¿Qué debe cambiar en su funcionamiento un Estado para alejarse de la necro­política?

Una de las alternativas que hay es lo que Clara Valverde llama la empatía radical. Esta capacidad de ponerse en los zapatos del otro, sobre todo de quienes más sufren. Más allá de la empatía a escala individual se debe propiciar una empatía de la clase política. Hay que recordar que el neoliberalismo como modelo no es nada empático. El problema es que las élites no están dispuestas a dar una salida humana a la crisis que vive el actual modelo. 

Complete la frase: ‘frente a un Estado necropolítico…’

Frente a un Estado necropolítico tiene que primar la necesidad de la existencia de un Estado igualitario, que promueva la interculturalidad y la empatía de una forma real y activa.

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