15 de marzo de 2020 00:05

El autoengaño también es colectivo

Piedad Ortega de Spurrier posa en su consultorio privado de Samborondón. Ella es catedrática, exdirectora de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica de Guayaquil. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

Piedad Ortega de Spurrier posa en su consultorio privado de Samborondón. Ella es catedrática, exdirectora de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica de Guayaquil. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor (O)
agarciav@elcomercio.com

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La neurosis, una estructuración subjetiva extendida entre la mayoría de seres humanos, consiste en reprimir pulsiones y marcas que nos constituyen, en lo que se podría resumir: ‘un no querer saber’. Esa sería una forma de entender el autoengaño, el tema sobre el que reflexiona la psicoanalista guayaquileña Piedad Ortega.

¿Qué vendría a ser el autoengaño?

Lo que cada sujeto reconoce como una realidad siempre tiene una estructura de ficción en tanto es una interpretación de cada uno sobre hechos que se suscitan en su vida. Entonces, lo que entendemos por ‘realidad’ ya es una interpretación desde la óptica de cada uno de los sujetos.
Hay una línea difusa.

Tenemos la capacidad de interpretar la realidad y tomar una posición frente a ella. ¿Es esto un autoengaño? No es sencillo responderlo, puesto que entonces debemos creer que la verdad es imperecedera. Y hay efectos de verdad para cada uno; pero aun así, cada quien a lo largo de su vida pone en cuestión -de tiempo en tiempo- esas verdades. Se las cuestiona y entran en crisis.

¿Por qué cree que recurrimos al autoengaño?

Se construyen ficciones para poder explicarse a sí mismo y a los semejantes las razones por las que se viven los acontecimientos de la vida de una cierta manera.

¿El nivel de mentiras que nos contamos a nosotros mismos definen de alguna manera nuestra identidad?

Por supuesto. Todas estas interpretaciones de la realidad están marcadas por tintes ideológicos, religiosos, sociales, que se han ido adquiriendo a través de la vida. Los eventos de la vida, de la muerte, de la sexualidad, entre otros, se le imponen al sujeto desde una apariencia de exterioridad de la que tendrá que adueñarse.

Si con la mentira se busca a menudo adaptarse al entorno o ganar la aprobación de los demás, ¿el autoengaño implicaría un intento de autoaprobación?

En tanto un sujeto las asume como propias, son verdades que luego puede o no ir desmitificando. Cuando un decir tomado como verdadero entra en contradicción con algún otro, surge una crisis.

¿Cómo entiende el psicoanálisis lacaniano este tipo de fenómenos?

Desde el psicoanálisis de orientación lacaniana, cuando aparecen estas contradicciones se produce una experiencia traumática que hace aparecer “lo real” como insoportable o inasumible. Sin ficciones que cubran y adormezcan, toca reconstruir una nueva realidad.

¿Es decir, enfrentar el autoengaño enferma?

En primera instancia puede traumatizar. Las verdades incómodas pueden producir angustias, inhibiciones o síntomas insoportables. La idea es qué hacer con ese desengaño, o usted lo toma por el lado de lo que se llama ‘la pulsión de muerte’, quedarse en el desencuentro, caer en un estado depresivo o dice: qué puedo hacer con esto, buscar otras alternativas y tomarlo también como una oportunidad.

¿Cómo se relaciona el tema con la neurosis, estado emocional al que nos abocan el estrés o las preocupaciones excesivas?

Para Freud, el aparato psíquico desde donde abordamos la vida, la muerte y la sexualidad siempre está en conflicto, no hay acuerdo estable entre el principio del placer y el principio de realidad, entre los ideales que buscamos y lo que obtenemos, entre nuestros sueños y nuestras realidades. Y si bien es cierto esto parece desalentador, esas diferencias son también motor y causa en la búsqueda de nuevas realizaciones. En ese sentido, todos somos un poco neuróticos, porque los desencuentros son constitutivos para ponernos en búsqueda de nuevas opciones; y también, un poco locos para soñar que podemos encontrar un número ilimitado de satisfacciones.

Tenemos también una necesidad neurótica de agradar. ¿Evitar autoengañarse requiere posponer recompensas y enfrentar la frustración?

Ser ‘alguien’ responde a la manera en que cada uno busca un sentido de pertenencia social y sexual -lo que facilita los vínculos humanos- y encontrar formas de evitar el displacer. Esto implica que en ocasiones haya que renunciar o posponer satisfacciones a corto plazo para alcanzar metas a más largo plazo.

¿La ansiedad y el temor al sufrimiento nos abocan al autoengaño?

El sujeto humano va a tratar por todos los medios de encontrar satisfacciones sustitutivas a las pulsiones, y es por esto que surgen todo tipo de objetos y promesas engañosas, son señuelos de felicidad que ponen a cada uno en el trabajo de buscar distintos tipos de satisfacciones.

¿Hay un antídoto o una posible solución?

Entender que la satisfacción total es imposible. Es posible encontrar en los distintos intereses de la vida, satisfacciones parciales que animen las metas que cada uno se propone, pero siempre se encontrarán límites. Las llamadas ‘verdades’ siempre serán un poco engañosas, en tanto son humanas. Entonces, quién sabe si convenga plantear lo posible o imposible de nuestras ilusiones o de nuestros deseos.

¿Por qué deberíamos firmar un pacto de honestidad con nosotros mismos?

En la actualidad, el mercado y la ciencia ofrecen una cantidad de innovaciones y objetos que prometen todo tipo de satisfacciones, lo que muchas veces lleva a una incesante carrera para obtener metas imposibles. Hay un empuje a autoengañarse, a soñar con lo imposible en un frenesí que endeuda no solo económicamente; también se percibe que la vida nos ‘debe’ la felicidad total. Se generan así insatisfacciones generalizadas y modos de proceder donde una finalidad placentera justifica cualquier medio para conseguirla.

¿El consumismo desbordado es uno de esos señuelos de felicidad?

Claro, porque en vez de alcanzar la felicidad más bien se la hipoteca. Lo difícil de aceptar en la vida es que cada vez que un sujeto realiza una elección, algo pierde y hay que hacerse cargo de esa pérdida, con todas sus consecuencias.

¿Por qué puede hacernos daño autoengañarnos?

Justamente porque el autoengaño sería no aceptar la pérdida constitutiva que una elección conlleva. En todo ideal, en toda empresa que nos propongamos, hay un núcleo que no se va a satisfacer, no aceptarlo hace daño. Es la mayor fuente de pesimismo, de malestar y decepción.

Ojos que no ven, corazón que no siente, reza el refrán. La tendencia a no querer ver o directamente la negación, ¿son solo escapatorias momentáneas?

Sí, pero la negación frente a una situación muy traumática puede ser momentáneamente necesaria hasta que el psiquismo pueda ir asimilándola, y poder encontrar formas alternativas de afrontar el error o también el mismo horror.

¿El autoengaño también puede ser colectivo?

Desde luego que sí, lo vemos a diario en la política a través de las ofertas populistas. Además de que la historia y la política nos muestran que hay un alto grado de irracionalidad en nuestras elecciones.
Y el populismo nos cuenta las mentiras que queremos escuchar...
Después de todo... eso es la propaganda: nos cuenta las cosas que queremos oír. Lo terrible es que no importa en absoluto si los postulados son ciertos o realizables.

¿Exacerba esto a lo que somos proclives?

Lo que al populista le importa es cuántos se convencen, vender la idea de que va a hacer posible un estado de bienes­tar, hacerlo creíble. Y entonces se venden ficciones. La última vez que alguien pudo haber prometido otra cosa fue Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial, cuando ofreció al pueblo inglés sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Es una paradoja, porque ofrece algo que suena a malo, pero era menos terrible que el proyecto que encarnaba el nazismo. Lo único que podía prometer era algo mejor que morir.

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