6 de diciembre de 2020 00:00

La incivilidad es la antítesis de la convivencia ética

Ángel Emilio Hidalgo posa en la ciudadela donde vive, en el norte de Guayaquil.

Ángel Emilio Hidalgo posa en la ciudadela donde vive, en el norte de Guayaquil. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Alexander García (O)

En su libro ‘Sociabilidad letrada y modernidad en Guayaquil (1895-1920)’, publicado el 2014, Ángel Emilio Hidalgo se refiere a tópicos como civilidad, cortesía e ideal del ciudadano ejemplar. El historiador y ensayista guayaquileño reflexiona en esta entrevista sobre el concepto de incivilidad, un término cuyo uso se ha incrementado con la pandemia.

Para entender la incivilidad primero hay que referirnos a su contraparte, la civilidad. ¿Qué es y cómo la entiende usted?

La civilidad es la condición de ser ciudadano en el mundo contemporáneo. Esa ciudadanía se entiende de dos maneras: es una ciudadanía ética, que implica la necesidad de convivir en sociedad aceptando las diferencias. Y en segundo lugar, es una ciudadanía normativa, que implica que la aceptación de esa convivencia en un determinado espacio también conlleva la afectación, observación y cumplimiento de una legalidad.

¿Qué es entonces incivilidad y cuáles son las raíces del problema?

Es un problema de formación ciudadana, porque la civilidad implica la construcción formativa de un sujeto que entiende que debe contribuir a una convivencia pacífica, donde nadie se vea afectado, pero donde también se procure la conservación del mejor destino para la comunidad. No podemos hablar de incivilidad en un sen­tido tajante, no me parece adecuado utilizar el término así.

¿Por qué?

No podemos decir que una persona tenga cero nivel de civilidad, porque todos estamos en menor o mayor medida formados como ciudadanos. Todos somos sujetos de civilidad, de una u otra manera.

¿Pero se relaciona la palabra con la falta de cultura?

Sí. Pero creo que hablar de que una persona es incivilizada no es del todo correcto. Siento que es una falacia, porque todos somos parte de una cultura, de un proceso de formación ciudadano. Y es una palabra que tiene ese tufo clasista. Se tiende a pensar que son inciviles los que no saben leer ni escribir o los que no tienen cierta instrucción formal, no es así. Aprendemos nociones de civilidad desde la infancia, desde la mamá cuando le dice al hijo salude o dé las gracias, ya desde ahí se están introduciendo nociones de convivencia.

En la pandemia se usa el término para referirse desde organismos estatales a conductas que aumentan la inseguridad sanitaria. ¿Qué nos dice eso?

Hablar de incivilidad tiene una connotación excluyente. El Estado tiene la responsabilidad de construir un discurso incluyente, que no margine, ni estigmatice a las personas. En vez de condenar las supuestas incivilidades de sujetos o grupos, las autoridades deberían organizar programas de fortalecimiento del ejercicio de una ciudadanía ética y responsable. Y en la pandemia, esta tarea incluye desde educación hasta el fortalecimiento de vínculos de solidaridad. El Estado tiene la obligación de fortalecer e impulsar procesos para que la sociedad civil sea consciente de la necesidad y del valor del respeto y la reciprocidad para garantizar la preservación del bienestar de la sociedad.

Y como ciudadanos, ¿qué podemos hacer?

Hablar de la formación ciudadana y de la incorporación de prácticas de civilidad, está relacionado con todo este proceso formativo que el individuo recibe desde la familia y las instituciones educativas. Y lo que debería imperar es la conciencia de que la libertad de una persona termina cuando empieza la libertad del otro.

¿Cree que podemos relacionar la incivilidad también con una pérdida de la dimensión cultural de la política?

Toda comunidad tiene un sentido político en sí misma. La política es la forma que hemos inventado para poder convivir de manera pacífica, para poder llegar a alianzas y/o consensos, evitando a la postre la autodestrucción social. La sociabilidad es otro factor, tiene que ver con construir comunidades de sentido, una ciudadanía que construye lazos y relaciones fortalece sus sentidos de pertenencia. El sentido de pertenencia incide en prácticas de civilidad, facilita cuidar a la comunidad de la que nos sentimos parte.

¿Pero la política actualmente polariza y alimenta sentimientos como el odio al otro?

Exacto, es una práctica antipolítica, que se opone a su sentido mismo, porque la política existe para construir, no para destruir al otro, sino más bien para incorporarlo. Esa concepción errada de la política como medio para descalificar y ningunear al otro, lo que realmente hace es debilitar el tejido social e impedir que se generen prácticas de sociabilidad que tienen que ver con convivir en la diferencia, con actuar de forma más consciente para no afectar los derechos de los otros.

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