4 de octubre de 2019 00:00

Los enigmas de la artista Carole Lindberg, en una muestra en Quito

Carole Lind­berg, en el taller que tiene en la planta baja de su casa, ubicada en San Roque. Foto: Diego Pallero / El Comercio y cortesía

Carole Lind­berg, en el taller que tiene en la planta baja de su casa, ubicada en San Roque. Foto: Diego Pallero / El Comercio y cortesía

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Gabriel Flores

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Connecticut (Estados Unidos), años 50. Carole Lindberg es una niña silenciosa e introvertida. Se comunica con los demás a través de las imágenes que va trazando en hojas y cartulinas. Dibuja sillas, lámparas y animales. En el taller improvisado que construyó en el tercer piso de su casa abundan los gatos, los perros, los conejos pero, sobre todo, los anfibios y reptiles.

Desde aquellos años de infancia, los animales se convirtieron en una constante en su obra y ahora pueblan sus dibujos, óleos y grabados. Piezas en las que navega entre mundos surrealistas, oníricos y fantásticos que, desde ayer, son parte de ‘Carole Lindberg: Los enigmas del ser’, la exposición retrospectiva que se exhibe en Imaginar Casa de Arte.

Cuando habla sobre su obra, Lindberg prefiere despojarla de las etiquetas y verla como un ejercicio constante en el que ha procurado interpretar los grandes misterios de la existencia humana. “El gran enigma de la vida es inefable. Está más allá de las imágenes y las palabras. Lo que he tratado de hacer a través de mi obra es explorarlo por medio de metáforas y una serie de símbolos”.

En este bestiario pictórico, donde la figura humana cohabita con la animal, Lindberg traza mundos que el espectador sabe que no encontrará en la vida real y que, sin embargo, le resultan muy cercanos. Para ello se vale de un juego de texturas, que en décadas pasadas estuvo acompañado por una paleta de colores cargada de grises y ocres.

El trabajo de Carole Lindberg se expondrá en Imagina Casa Arte. Foto: EL COMERCIO


La técnica con la que trabaja desde sus años de juventud es el grabado. De ella no se ha separado en ninguno de sus viajes. Cuando llegó al país, en 1978, trajo su máquina de grabado y la llevó consigo cuando se fue a vivir a la Amazonía. “La tuve que transportar en bus y en avión”, cuenta. Durante los años que vivió en el valle de Tumbaco también tuvo una en su casa y ahora tiene otra que reposa a la entrada de su taller.

Para ella, como para la mayoría de mujeres artistas, crear su universo pictórico fue complicado. Durante muchos años tuvo que compaginar la pintar. Su cocina se convirtió en su taller. Con una mano preparaba los alimentos y con la otra pintaba. “En esos años -cuenta- era complicado trabajar en formatos grandes, por eso me concentré en crear obras en formatos pequeños”.

Con el paso del tiempo y gracias a que sus hijos crecieron tuvo más tiempo para dedicarse al arte y experimentar con otros colores y formatos. Las obras que ha pintado durante las últimas décadas tienen como impronta colores más vivos y nuevas texturas.

Ahora, en San Roque (Centro Histórico de Quito), Lindberg es una mujer de cuerpo delgado y cabello blanco. En el primer piso de su casa tiene un taller colmado de cuadros y de lámparas que ella elabora con materiales reciclados. Sentada en una pequeña silla color turquesa, cuenta que ya está trabajando en otro proyecto: un cuaderno de artista donde quiere reunir sus dibujos.

Durante la inauguración de la exposición se presentará un libro de Marco Antonio Rodríguez, que lleva el mismo nombre que la exhibición y que cuenta con una serie de fotografías de las obras y un texto crítico de Juan Valdano.

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