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El ecuavóley se adueña de Carcelén las tardes y noches

Tres jugadores de uno de los equipos se reunieron para replantear la técnica que estaban utilizando para ganar el juego. Foto: Patricio Terán / El Comercio

‘¡Policía! Que alguien llame a la Policía’. El grito se escucha en el parque de Carcelén, norte de Quito, pero nadie se inmuta. Es más, la mayoría ríe. “¡Policía! Esto es una masacre”, se vuelve a escuchar segundos antes de que un gancho ‘fulmine’ el marcador. Se trata de un partido de ecuavóley en el que un equipo acaba de ganar 15 a 2.

Así, entre bromas, carcajadas y sudor se viven las tardes y noches en el parque ubicado junto al mercado principal. El ecuavóley es un deporte que a buena parte de los ‘carcelesenses’ les apasiona. En especial a quienes crecieron viendo jugar a sus padres, tíos y vecinos.

En el lugar hay cinco canchas. Una de ellas es cubierta e iluminada con ocho reflectores, eso permite que los partidos se extiendan, a veces, hasta pasadas las 21:00. Luis Lloré, de 43 años, juega allí por lo menos un cuarto de siglo. Con orgullo admite que en Carcelén este deporte no descansa. Todos los días se organizan partidos.

Unos días entre vecinos o amigos, otros entre los duros del vóley barrial de la ciudad. Llegan equipos de San Roque, Guamaní, Cotocollao, Villa Flora, Píntag…

Los encuentros más fuertes se los vive en la cancha cubierta los martes y jueves. Un espacio que el Municipio techó hace casi cinco años. Tiene graderíos para que unos 250 aficionados puedan emocionarse con las jugadas. Dos equipos, cada uno con tres jugadores, se paran en la cancha divididos por una red y se disputan, a veces, solo el honor. Pero otras apuestan USD 100, 1 000 e incluso 1 500.

Cada punto arranca aplausos o gritos. Los voladores de ambos equipos (los jugadores que se ubican en el límite de la cancha y que se encargan de atajar las bolas que llegan atrás) se lanzan como si fuesen a clavarse en una piscina y con el puño salvan la pelota. El servidor es el que levanta la bola y la coloca en el lugar y a la altura perfecta para que el ponedor dispare. Este último es el que se encarga de hallar el punto débil del otro equipo para clavar la pelota y que el contrincante no pueda agarrarla.

La bola no puede caer fuera del cuadrante de la cancha. Si lo hace es ‘mala bola’. Algunas jugadas son polémicas y la pelota cae sobre la línea. “¡Mala!”, grita uno de los jugadores. “¡Tu ñaña!”, le responde alguien de otro equipo. Las risas sirven para romper la tensión.

Lloré admite que este no es un deporte en el que participen muchas mujeres. De las personas que juegan frecuentemente en la cancha techada, el 99% es hombre. A veces, las señoras acompañan a los esposos o hijos a los partidos, que normalmente duran una hora y cuarto; pero cuando se alarga a los tres ‘quinces’, puede tardar hasta dos horas y media.

A la entrada de la cancha hay un lavamanos que colocó el Club de Amigos Ecuavóley Carcelén, que se encarga de gestionar el espacio.

El ‘Chiquitín’ es uno de los aficionados. Se llama Daniel Guaranda, tiene 33 años y juega desde sus 13. A la semana acude unas cuatro veces. Se queda al menos tres horas cada día. Se entretiene jugando y mirando los partidos de alto nivel.

Un olor a pincho al carbón abre el apetito. Mientras los espectadores se divierten con el partido, pueden deleitarse con un plato tradicional. Al menos seis puestos de venta ofrecen pinchos de pollo y carne, guatita, menudo, seco de pollo, chuleta y papas con cuero.

A Francesca Tringal, de 26 años, no le apasiona este deporte. Le es indiferente. Pero cuando hay un buen partido llega a vender hasta 100 platos en una noche. Trabaja de lunes a sábado, de 16:00 a 22:00. Con eso mantiene a su hijita. Por eso es fan número uno del vóley.