5 de junio de 2019 10:04

Ecuador se lanza al rescate de su tesoro literario más antiguo tras terremoto

Foto: AFP

Bety Costales, restauradora de la fundación Conservartecuador, muestra una de las biblias políglotas de la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, en Quito, el 27 de mayo de 2019. Foto: AFP

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Agencia AFP

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La biblioteca del convento de Santo Domingo, la más valiosa de Ecuador, parece por estos días una unidad de terapia intensiva. Restauradores en bata blanca intentan alargar la vida a miles de libros, algunos con más de 500 años, que resultaron afectados indirectamente por un terremoto.

Brocha en mano, los expertos retiran capas de polvo que cubren a estos enfermos de papel de la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el centro de Quito.

Los 33 500 ejemplares quedaron expuestos a la tierra y escombros que cayeron durante la restauración del techo del convento, luego de que un terremoto en 2016 estropeara el monasterio que guarda este tesoro literario.

Ramiro Endara, director de la Fundación Conservartecuador, que lidera el proyecto, toma con delicadeza una de las 'joyas': un libro con una inscripción que dice que perteneció a Fray Pedro Bedón, artista de la afamada escuela quiteña de arte colonial.

Ese libro es uno de los 26 incunables -publicaciones que datan de 1450 y 1500, en el albor de la imprenta moderna- que custodian los padres dominicos en su centenario convento. Una vez termine el proceso irá a una caja fuerte.

Su limpieza y la del resto de ejemplares se financia con fondos de la Fundación Príncipe Claus de Holanda.

“Hemos investigado y esta es la biblioteca con mayor número de incunables (en el país), por ello esta es la biblioteca más valiosa que tiene el Ecuador por sus contenidos de patrimonio bibliográfico”, comenta a la AFP el restaurador.

Un experto revisa un incunable en la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, en Quito, el 27 de mayo de 2019. Foto: AFP

Un experto revisa un incunable en la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, en Quito, el 27 de mayo de 2019. Foto: AFP

Volúmenes monumentales

Sobre un atril de madera está un libro enorme de unas 700 páginas. Es el primero de siete tomos de la Biblia políglota de París, hecha en 1645. Contiene el Pentateuco escrito en las variantes más antiguas de siete lenguas: hebreo, griego, arameo samaritano, arameo siriaco, arameo targúmico, latín y árabe.

Esos idiomas están “ o más cercanamente posible a las lenguas originales” en las que se escribieron los textos bíblicos, explica a la AFP el filólogo José María Sanz.

“Las viejas traducciones al estar más cerca de los textos originales y de una tradición viva nos pueden haber conservado cosas que todavía hoy son útiles” para el estudio de la Biblia, agrega.

En el convento de Santo Domingo, construido en Quito en 1541, está también una Biblia políglota hecha en Inglaterra, en la que se suman otras dos lenguas: el persa y el etíope.

Los expertos de Conservartecuador trabajan en la conservación y organización de la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, en Quito, el 27 de mayo de 2019. Foto: AFP

Los expertos de Conservarte Euador trabajan en la conservación y organización de la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, en el Convento de Santo Domingo de Guzmán, en Quito, el 27 de mayo de 2019. Foto: AFP

Otros 40 años

Para Sanz, los libros de esta biblioteca conventual son valiosos por su antigüedad y por el contexto en el que llegan y se conservan en Quito.

El libro más antiguo en la biblioteca de Santo Domingo es un incunable de 1482 editado en Venecia. “Los europeos llegan a América diez años después. La ciudad de Quito, donde este libro se conserva más de 500 años después fue fundada en 1534”, cuenta emocionado Sanz al evocar la travesía por mar y tierra que alguien “amorosamente” hizo con un libro publicado antes de la conquista.

La limpieza de los libros, que pasan también por una cámara de plástico conectada a un filtro que absorbe partículas de polvo, es un primer paso para su conservación.

Con el retiro del polvo “estamos alargando la vida de estos bienes documentales por los menos por unos 40 años, siempre y cuando haya el mantenimiento periódico de las colecciones” y las estanterías, comenta Endara.

Hay ejemplares que están afectados por hongos y requieren un tratamiento diferente. Otros, como los libros corales del siglo XVII escritos sobre la piel de un animal y decorados con pan de oro, requieren de un proceso de restauración para evitar que cambios de temperatura alteren su soporte.

La falta de presupuesto frena esos tratamientos. Restaurar un solo libro coral cuesta unos USD 30 000, afirma Endara.

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