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Un fracaso estadounidense de 20 años en Afganistán

En el 2011, Barack Obama agradece a las tropas que participaron de la campaña en Afganistán y al equipo que mató a Bin Laden. Foto: Reuters

El secretario de Defensa británico, Ben Wallace, colapsó en una entrevista con la radio LBC, de Londres. “Es un gran pesar para mí (y quedó en silencio unos segundos, en una pausa dramática casi sin precedentes) que algunas personas no volverán”. Quedó nuevamente en silencio para repetir, esta vez con la voz quebrada: “algunas personas no volverán”.

Las escenas que se han visto son dramáticas tras el cumplimiento del Acuerdo de Doha, del 29 de febrero del 2020, entre Estados Unidos, bajo el gobierno de Donald Trump y los talibanes. El actual presidente, Joe Biden, quien se está llevando las críticas -y con razón-, continuó el proceso que contemplaba el retiro de las tropas de Occidente a los 14 meses de la firma del Acuerdo. Los talibanes ofrecían, a cambio, no propiciar ni permitir que en su territorio se planifiquen acciones en contra de la seguridad estadounidense y sentarse en ‘una mesa de negociación entre afganos’ para terminar la guerra e idear una forma de Gobierno.

En cuestión de días, Kabul cayó en manos de los talibanes. Cuando las multitudes buscaron escapar de Afganistán, los líderes radicales trataron de poner paños fríos. Prometieron un perdón general y de respetar a las mujeres según los principios del Islam y que no irrumpirían en los hogares, entre otras cosas. Pero solo hubo que esperar un tiempo para que se supiera que las cosas volverán a ser como cuando gobernaron el país antes de la invasión aliada.

“No habrá ningún sistema democrático porque no tiene ninguna base en nuestro país. No discutiremos qué tipo de sistema político deberíamos aplicar en Afganistán porque está claro. Es la ley de la Sharia, y eso es todo”, dijo a Reuters Waheedullah Hashimi, un comandante talibán.

Han pasado casi 20 años de la intervención de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán, tras los ataques a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001. El entonces presidente George W. Bush hizo, más que un llamado, una advertencia: “o están con nosotros o contra nosotros”.

La invasión a Afganistán tuvo el apoyo bipartidista, algo casi imposible cuando se tratan ciertas leyes de interés doméstico. Solo hubo una voz disidente en la clase política.

Tres días después del ataque a las Torres Gemelas, la representante demócrata por California, Bárbara Lee, asistió al memorial por las víctimas en la Catedral Nacional de Washington. Las palabras del reverendo Nathan Baxter fueron una revelación: “Oremos también por la sabiduría divina mientras nuestros líderes consideran las acciones necesarias para la seguridad nacional, por la sabiduría de la gracia de Dios, para que, al actuar, no nos convirtamos en el mal que deploramos”. A la tarde, en el Capitolio, Lee citó a Baxter para explicar las razones por las que votó en contra de otorgarle a Bush una autorización amplia e indefinida para el uso de la fuerza militar.

Fue la mujer más solitaria del mundo. Todo el país estaba enfervorizado y con ganas de justicia, si no venganza. En la Cámara de Representantes, de la que ella era parte, se aprobó con 420 votos a favor y uno en contra; el de ella, obviamente. En el Senado ocurrió igual: 98 a favor y cero en contra. Le dijeron “traidora”, “antiamericana” y “terrorista”. Pero el tiempo terminó dándole la razón.

Es la guerra más larga y la mayor derrota de EE.UU. Hubo cuatro presidentes, dos republicanos (Bush y Trump) y dos demócratas (Barack Obama y Biden). Bush y Obama sostenían que la presencia militar debía continuar; Trump y Biden, por el retiro de una campaña que ha costado miles de vidas y dos trillones de dólares.

Las tropas estadounidenses regresan víctimas de una perversión política. Y, como suele ocurrir, con una historia llena de mentiras y engaños. “Esto no es Saigón”, dijo el Secretario de Estado Antony Blinken. Pero las imágenes de un helicóptero sobrevolando la embajada estadounidense es una réplica de la caótica salida de Saigón, el 19 de abril de 1975. Fue el final de una guerra que causó un daño moral irreparable en el país.

Los Gobiernos involucrados con Vietnam y Afganistán tuvieron un mismo argumento como parte del engaño: se está mejor que antes. Pero Blinken halló una diferencia que le pareció sustancial: por lo menos se consiguió el objetivo de matar a Osama Bin Laden y minimizar la capacidad de Al Qaeda.

En dos décadas, EE.UU. preparó la formación de una fuerza militar de 300 000 efectivos afganos. Pero de aquí proviene otra mentira que deriva en el fracaso. Informes públicos sostenían que las fuerzas de seguridad afgana eran fuertes, bien preparadas. Pero luego, el Washington Post accedió a uno confidencial en el que los entrenadores estadounidenses decían que “los esfuerzos por crear una fuerza de poder afgana es una calamidad de larga duración”, porque es “incompetente, desmotivada, mal capacitada, corrupta y plagada de desertores e infiltrados”.

El 8 de julio, Biden dijo que era “bastante improbable que los talibanes se apoderen del país”. La inteligencia militar falló masivamente. Trump, exige la renuncia de Biden y dice que si él hubiera sido Presidente no habría sido así de caótico, a pesar de que redujo las fuerzas de 15 000 a 2 500 efectivos y logró la liberación de 5 000 talibanes, que participaron de la toma del poder. Y en los diálogos, nunca estuvo el Gobierno afgano.

El 70% de estadounidenses apoyó el retiro de las tropas, pero como dice el comediante Stephen Colbert, hay veces en que lo correcto duele.

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