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Óscar Vela: ‘Temo que el país termine en una gran distopía’

"Me gusta el humor, pero no tengo la facilidad. Me gusta reírme. No me preocupa nada. Tal vez escribo acartonado porque son temas serios”. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

El diálogo con el escritor y abogado Óscar Vela, autor de la reciente novela de no ficción ‘Los crímenes de Bartow’ (sobre el ecuatoriano Nelson Serrano en el corredor de la muerte, en Estados Unidos) fue quizás el más accidentado.

Por esas cosas inexplicables y torpes, la mayor parte de la conversación no quedó grabada. Y entre ambos hubo una risotada general. En su casa hay un jardín con espacio para tener dos arcos pequeños y se confiesa un apasionado por la Liga.

Trayectoria

Ganó dos veces el premio Joaquín Gallegos Lara por ‘Desnuda oscuridad’ (2011) y ‘Todo ese ayer’ (2015). En el 2019 publicó ‘Ahora que cae la niebla’, sobre un diplomático ecuatoriano en Suecia que emitió pasaportes para salvar a judíos en la Segunda Guerra Mundial.


¿De dónde le viene el fútbol?


De mi papá. Era periodista deportivo y taurino. Me llevaba a las tripletas y, como es ambateño, trataba de que me inclinara por Macará. Habré tenido tres o cuatro años cuando me deslumbró la camiseta de la Liga.

Ahí podría decir qué mal que no siguió la tradición familiar…


Eso es imposible. El fútbol es un sentimiento que no puedes comprar.


Pero se hereda…


No. No en este caso. Me gusta el Macará, obvio, pero si juega con la Liga quiero que sea goleado.


¿Y no le da pena con su papá?


En lo absoluto. Todos los seis hermanos nos hicimos de la Liga y ahora, más bien mi papá de alguna forma es de la Liga. Si no gana, dice que en casa nos jodimos porque será un funeral los domingos. Pero yo estaba loco por el fútbol que hasta llevaba la tabla de posiciones en la billetera.


Entonces, supongo que habrá jugado ‘Golazo’.


Todo el tiempo.


¿Ganó alguna vez?

No.

¿Ponía a la Liga como perdedor?

No, nunca. Máximo un empate.

O sea que nunca ganó…

No. Nunca.

Por culpa de la Liga.

No, no dije eso (risas).

Usted dice que no es una persona con humor…

Me gusta el humor, pero no tengo la facilidad. Me gusta reírme eso sí.

Pero se dejó tomar fotos que muchos no aceptarían, en ese sillón como de la familia Adams (chasquea los dedos, risas). ¿No le preocupa el qué dirán?

No me preocupa nada. Me han dicho que soy acartonado. Tal vez escribo acartonado porque son temas serios.

Hablando de lo serio, su novela es dura sobre el sistema judicial.

Tiendo a ser humanista y hay cosas que me estremecen, como los temas de injusticia. Desde que conocí el caso de Nelson, estoy concentrado en este tipo de casos. Y me voy a dedicar a trabajar por esa gente que no tiene la posibilidad de defenderse nunca en un juicio. Nelson Serrano lo ha podido hacer, aunque mal, pero aquí hay tanta gente que no tiene ninguna posibilidad de encontrar un abogado. Hay casos espeluznantes de gente acusada de asesinato sin ninguna prueba. Hay casos en que la justicia y la sociedad demandan un chivo expiatorio. No buscan al culpable sino un culpable.

Y eso tiene que ver con la condición social.

Y la raza. Qué injusto para esa gente. Nunca he manejado el derecho penal, pero voy a crear algo para poder defender esta gente y con muy buenos penalistas. Es lo que hace Innocence Project, que busca casos de inocencia visible y se meten de cabeza para ver qué pasó allí.

¿Y qué es lo que pasa allí?

Que casi siempre son latinos y negros. El caso de Nelson, que es blanco, ojos verdes, pintón, exitoso, termina involucrado en esto. Luego ya no puede pagar los abogados y es víctima del sistema. Pero él es una excepción.

Se dice que la justicia estadounidense es un modelo a seguir…

Y no es ni mucho menos. Es una justicia plagada de corrupción y viciado por dos temas claros. Uno es lo racial, que eses decisivo. El 70% de los condenados a muerte son negros o latinos, en general de minoría raciales. Pero la población negra y latina no llega a ser el 50% de la población estadounidense. Hay algo ahí, un desbalance evidente. El segundo componente es -y cuando se lo cuento a la gente no me cree- que en materia penal, los fiscales son elegidos cada cuatro años por votación popular. Y se reeligen siempre y cuando hayan logrado la mayor cantidad de condenas a muerte o cadenas perpetuas, si en el Estado no hay pena de muerte. Un fiscal que no lo logró está jodido, no sigue en la carrera judicial nunca. Es un vicio del sistema. El fiscal a como dé lugar tiene que encontrar un culpable porque las elecciones son cada cuatro años.

¿Y eso le pasó a Serrano?

Lo investigaron cuatro años y no encontraban una prueba en contra de él. Aparece cuando se venían las elecciones el boleto de estacionamiento con media huella digital de Serrano. Y era notoriamente montado.

Su novela es de no ficción, que por lo general la escriben personas que están fuera de la historia. En su caso, está involucrado.

Le dije a Serrano que quiero escribir una novela sobre esto. Cuando me involucro, me doy cuenta los problemas que ocasionaron los abogados originales de Serrano. Él y su familia habían perdido la confianza en todo el mundo. Estaban como extraviados. Son 20 años de padecimientos. Me involucro como escritor y abogado. Comienza siendo una novela, termina como una crónica, en la mitad es epistolar y un alegato, porque es el alegato de lo que he sido testigo como abogado y escritor, que es la inocencia de este hombre y la ausencia absoluta de pruebas y la corrupción que hay de por medio.

En la literatura, en el cine, es fascinante el mundo del crimen, de la mafia, pero nos horroriza en el mundo real.

Me encanta la novela negra y policíaca que sale normalmente de expedientes judiciales. Ahora estoy realmente preocupado con lo que pasa en el país. Y temo que haya una gran distopía y no encuentro la salida. No veo ninguna fuerza para contrarrestar lo que se nos viene: la violencia generalizada, el mal, el terror, el miedo.

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