22 de July de 2012 00:01

Don Quijote y Borges

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Una noche de 1977 en Madrid, Jorge Luis Borges confesó que tanto Miguel de Cervantes como don Quijote “eran sus amigos personales”. Cuando lo escuché decir eso (porque lo dijo públicamente, frente a las cámaras de la televisión) me pregunte: ¿qué era lo que a Borges le acercaba a esos dos personajes? Probablemente, me dije, aquello que los tres tienen en común: el hecho de que cada uno de ellos, a su manera, guardaba algo (o mucho) de Alonso Quijano, aquel pacífico manchego, buen labriego y mejor lector y a quien sus vecinos conocían como “el bueno”. Del agrio don Francisco de Quevedo dijo, en cambio, que si bien lo conocía y admiraba, sin embargo, “nadie se siente amigo de él.”

Hay vidas que, entre ellas, se parecen y la de Borges no estuvo distante de la de ese hidalgo llamado Alonso Quijano y soñado por Cervantes y de quien se cuenta que se pasaba “de claro en claro” y “de turbio en turbio” sin alzar cabeza, leyendo en su biblioteca. Una misma pasión les consumió a ambos: la lectura; pues tanto el manchego como el argentino imaginaron el mundo a partir de la literatura. Con una sustancial diferencia, mientras Quijano, se revistió de don Quijote y salió de su biblioteca para enfrentarse al mundo que él imaginaba tal como lo representaban los libros, Borges, en cambio, nunca salió de ella.

En 1985, en Buenos Aires, en una entrevista con Oswaldo Ferrari, Borges recuerda su infancia y declara: “tengo la impresión de no haber salido nunca de la biblioteca, íntimamente yo estoy en la biblioteca de mi padre… Si yo pienso en el pasado, pienso sobre todo en los libros que he leído”.

Su vida, a la larga, se volvió una cita entre memoriosa y erudita de lo vivido a través de los libros; un recuerdo entre comillas de todo lo leído ya que en Borges (como en Don Quijote) lo leído se convierte en lo vivido; el tormento de Funes, ese personaje suyo y quizás su alter-ego.

Borges, mientras más se asemeja al Alonso Quijano, lector, más se aleja del Quijote, aventurero. Nunca abandonó la biblioteca, más bien, imaginó el mundo a semejanza de ella. “El universo que otros llaman la Biblioteca…” y en cuyos laberínticos pasillos los hombres deambulan la vida entera en busca de ese libro de lomos circulares, el de los místicos, “ese libro cíclico de Dios”.

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