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X. Andrade: ‘Lo popular es una maraña de contradicciones’

X. Andrade, antropólogo urbano. Foto: cortesía X. Andrade

Los intereses académicos de X. Andrade siempre han tenido como punto de partida la antropología. Desde allí ha tejido vínculos con el diseño, el arte contemporáneo, la cultura popular y en el último año con los memes, un mundo olvidado por los intelectuales.

¿Por qué se interesó en el estudio de los memes?

Desde los años 90, cuando hice mi doctorado en la ciudad de Nueva York, me dediqué a trabajar el mundo de las imágenes desde una mirada antropológica. El tema de los memes empezó con esta condición pandémica que vivimos. Me aventuré a realizar un primer ensayo de la producción de memes sobre la pandemia pensando que iba a ser el único. A la postre, todo se prolongó y hasta la fecha he sacado trece ensayos.

¿Y qué encontró de atractivo en este mundo de los memes?

Lo que me interesa de este tema es que es una práctica de apropiación de imágenes que circulan ampliamente bajo una condición de anonimato y que muchas veces responden a un comentario crítico de lo que pasa en el momento. Me interesó ver el comentario político del manejo de la salud en la pandemia, a través de esta práctica memética y de la distorsión del fenómeno del tiempo; su dilatación y constricción. Me pareció interesante el fenómeno alrededor de los memes de Julio Iglesias, que están relacionados con la llegada del mes de julio.

¿Qué dicen los memes de una sociedad como la nuestra?

Una de las cosas que complica el estudio de los memes es que circulan globalmente y que participan de la esta lógica súper polarizada del mundo de las redes sociales y la internet. Por eso es muy fácil caer en un tipo de meme que estigmatiza o en un meme de odio, en lugar de un meme que tenga un tipo de resiliencia o confrontación frente al poder. Lo que me interesa de los memes es su capacidad crítica frente al poder a través del humor, la ironía, el sarcasmo y la parodia. La politicidad del meme es muy ambigua, porque puede ser el principal aliado de personajes como Trump; la ultraderecha trumpista fue la que capitalizó la circulación y el uso político de memes durante la última campaña.

También se ha interesado por el mundo de la narcoestética.

La investigación de la narcoestética comenzó en el 2017, como parte de un proyecto multidisciplinario entre arte, comunicación y antropología, de la Universidad de los Andes en Bogotá, donde vivo. Fue pensado como un proyecto de investigación y creación de imágenes, porque vimos que a pesar de que hay un montón de producción periodística, literaria y cinematográfica sobre lo narco no encontramos análisis antropológicos o estéticos de lo que estaba pasando. Lo que nos interesa es investigar sobre los efectos estéticos y del culto de lo narco, en los campos de producción y de consumo cultural en Colombia.

¿Por qué es tan fuerte ese culto a lo narco en Colombia?

En Colombia el culto a lo narco tiene dos dimensiones. Por un lado es la radicalización del sueño capitalista neoliberal. La encarnación más poderosa de esto es Pablo Escobar, un tipo que vino de abajo y se convirtió en una figura política con enorme poder económico y social. Es interesante porque él pone sobre la mesa lo que nadie quiere ver: las relaciones entre el capitalismo legal y el capitalismo ilegal. Por otro lado está el hecho de que lo narco hace un clic con lo popular; se amalgama con sus valores a tal punto que a veces es difícil de discernir que es narco y que es popular. En este contexto lo popular se termina narcotizando estéticamente.

Cuénteme de su vínculo con la cultura popular.

Empecé a sintonizar con el mundo de lo popular a mediados de los años 90. Me interesé por los performance de la masculinidad en Guayaquil y como parte de ese proceso descubrí las producciones periodísticas de Pancho Jaime. Su trabajo me parecía un buen ejemplo del uso del lenguaje obsceno y machista y por otro lado de ese afán de desnudar y desfigurar la cara pública del poder, todo esto atravesado por el manejo de una jerga súper guayaquileña. Esas investigaciones dieron un giro a partir de mis relaciones con el arte contemporáneo.

¿Cómo es ahora esa relación que tiene con la cultura popular?

Con el tiempo me he dado cuenta que lo popular también encarna formas muy reaccionarias de pensar el mundo o muy conservadoras en términos de género o política. Ahora sé que lo popular siempre está en un campo de tensiones. Cuando hablas de lo ecuatoriano pasa lo mismo. Se activa en determinados momentos para operar políticamente y en otras instancias se desactiva.

¿La academia ve con desdén a la cultura popular?

La respuesta fácil es que sí, incluso en disciplinas como la antropología, que es una de las más cercanas a este mundo. A lo popular se lo concibe como un espacio de rescate, la cosa que está desapareciendo y que hay que rescatar. De lo que recuerdo, en mi tiempo de estudiante no había una clase sobre lo popular, pero sí pensadores a quienes respeto y admiro como Hernán Ibarra y Eduardo Kingman Garcés. Lo que sí había antes era una tradición fuerte de estudios de folclor cercanos a la antropología, pero todo era visto desde una perspectiva muy cosificante.

¿Qué imagen de la cultura popular le resulta más atractiva?

La de Pablo Escobar, porque encarna esta serie de dilemas y predicamentos que tengo con lo popular. Sigo viéndolo como un mundo de formas expresivas muy vivas, pero la política de lo popular me incomoda. La proliferación de imágenes y objetos relacionados a Escobar dan cuenta de esa fascinación bastante problemática para la historia colombiana; sintetiza esta idea de lo popular como un campo de tensiones y no como algo que tenga que ser romantizado, porque puedes caer en el culto. Lo popular es una maraña de contradicciones que se resuelve de manera completamente impredecible.

Trayectoria

Ph.D. en Antropología, por The New School for Social Research, New York. Evaluador de proyectos de la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research. Profesor Asociado de la Universidad de los Andes, Colombia. Fundador de Full Dollar.

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