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La oposición a la vacuna, vieja como algunos virus

Una mujer se somete a una vacunación con una dosis experimental contra el nuevo coronavirus en Indonesia.

Una mujer se somete a una vacunación con una dosis experimental contra el nuevo coronavirus en Indonesia.

Una mujer se somete a una vacunación con una dosis experimental contra el nuevo coronavirus en Indonesia. Foto: AFP

En el mejor de los casos, una persona que llega a la mayoría de edad habrá recibido, en promedio, unos 22 tipos de vacunas. Pero existe una que, en los últimos 40 años, no ha sido administrada en la población en general (con excepción de un pequeño grupo de militares y personal de la salud). Se trata de la dosis contra la viruela, una enfermedad causada por el Variola virus y que convivió con la humanidad por más de 3 000 años. Tan solo en siete décadas del siglo XX, esta fue la causante de entre 300 y 500 millones de muertes, hasta que pudo ser erradicada de todo el planeta el 9 de diciembre de 1979, gracias a un programa intensivo de vacunación.

En tiempos de coronavirus, la necesidad de encontrar la vacuna contra el SARS-CoV2 se ha convertido en una cruzada mundial tan importante como fue con la viruela a mediados del siglo XX. China, Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido son algunos de los países que lideran proyectos para crear la fórmula ideal con los anticuerpos necesarios para que la actual pandemia sea controlada y permita retomar las actividades en varios ámbitos de la vida diaria.

A pesar de la eficacia que han demostrado las vacunas, el escepticismo y la desconfianza sobre estas se han convertido en una problemática de salud pública que, al igual que algunos virus, aparece cada cierto tiempo en la agenda social.

Estas discrepancias no son nuevas. A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, cuando Edward Jenner, pionero en el área, empezó a administrar las primeras dosis conocidas contra la viruela, la sociedad empezó a criticar fuertemente su tarea. Tales fueron las reacciones negativas por parte de la sociedad, que James Gillray, un grabador británico, creó la caricatura The Cow-Pock. En esta pieza se satiriza a Jenner mostrando a gente que, tras recibir la vacuna, desarrollaba apéndices de vaca.

Más recientemente, en 1998, apareció un artículo que dio paso a tensiones entre los antivacunas y la comunidad médica. Para ese entonces, Andrew Wakefield escribió que la vacuna MMR (sarampión, paperas y rubeola) podría tener una relación con la aparición de casos de autismo en niños.

12 años después de su publicación, la revista británica The Lancet desacreditó la investigación y dejó sin sustento los supuestos efectos de la MMR. Pese a ello, la bomba de Wakefield estalló en terreno hostil, y provocó desconfianza en la vacunación entre miles de padres de familia, quienes dejaron a sus hijos expuestos a diferentes tipos de patógenos.

En pleno siglo XXI, luego de erradicar un virus letal y de que la ciencia lograra que la vacuna contra el sarampión por sí sola evitase 23 millones de muertes entre 2010 y 2018, el movimiento antivacunas se expande rápidamente por medio de las redes sociales.

Un estudio publicado este 2020 en la revista Science demostró, luego de un análisis de más de 1 300 páginas de Facebook con casi 100 millones de seguidores, que la desin­formación antivacunas alcanza el mismo nivel de popularidad que el movimiento a favor de las vacunas.

Esta tendencia ya se pudo ver en el informe ‘Wellcome Global Monitor’, del 2019. Con más de 140 000 encuestados en 140 países, este mostró que el 5% de las personas no está de acuerdo con que las vacunas sean efectivas. Asimismo, un análisis regional hecho por Kantar encontró que cerca de la mitad de los europeos cree que las vacunas tienen efectos negativos en la salud.

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