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“Procuro reducir el tiempo en redes sociales al dejar mi celular en casa”. Bruno Núñez lo dice sin dramatismo. Es parte de su rutina. Tiene 18 años. Cursa tercero de bachillerato en el Intisana y acaba de ganar oro en la Olimpiada Ecuatoriana de Química 2026. Este logro implica apartarse, por momentos, de un entorno donde todo compite por su atención.
Ese es el conflicto que atraviesa a esta generación. Mientras las plataformas digitales empujan hacia lo inmediato, estos estudiantes resuelven problemas que exigen concentración, pensamiento abstracto y paciencia. No se aíslan. Aprenden a convivir con el ruido digital.
Lo que hacen estos jóvenes va más allá de un logro académico. Expone cómo se forma el pensamiento científico. Esto es clave en un país donde el sistema educativo aún arrastra limitaciones estructurales y la tecnología redefine la forma de aprender. Estos jóvenes logran alto nivel de excelencia en medio de las distracciones ¿Qué condiciones necesita Ecuador para que ese talento no sea la excepción?
Bruno encontró en la química algo más que teoría cuando empezó a experimentar en el laboratorio, en primero de bachillerato. Hoy combina estudio, amigos, familia, videojuegos y una relación de pareja. “Para mí no todo es estudio; creo que mantener un equilibrio entre las responsabilidades y disfrutar el día a día es fundamental”. Los videojuegos le ayudan a desarrollar habilidades: estrategia, toma de decisiones, resolución de problemas y reflejos.
Cuando necesita concentrarse en algo difícil, toma distancia de la tecnología. “Dejo el celular lejos y me voy a un lugar tranquilo”. La estrategia es consciente. Reconoce que su generación enfrenta más distracciones, como redes sociales y notificaciones. “Yo mismo a veces me desconcentro con facilidad. Pero también pienso que es algo que se puede trabajar”.
No descarta el uso de herramientas como la IA para orientarse y entender mejor el problema, pero está claro en que ahí no encontrará la respuesta. Y si las dudas persisten recurre a su profesor para entender conceptos y corregir errores. “En mi colegio no hay club de química, pero cuando decidí participar en la Olimpiada de Química recibí apoyo de mi profesor y junto con los demás interesados le dedicamos tiempo fuera de la jornada escolar”.
Rommel, de 17 años, se desenvuelve en un entorno competitivo. En la Unidad Educativa Zarán, las olimpiadas son parte de la cultura. Ya obtuvo medallas en las olimpiadas nacionales de física (Espol y Colegio Albert Einstein) antes de entrar en química.
Su rutina mezcla disciplina y pausas. Estudia con horarios específicos. En su descanso juega fútbol. También toca trompeta, una práctica que le ayudó a desarrollar concentración.
Reconoce el ruido de las redes sociales, pero no lo dramatiza. “No ha sido difícil para mí, no me he perdido de mucho”. Su enfoque está en mantener disciplina, hábitos y metas claras. Las herramientas digitales las ve como complementarias. “La parte más seria e importante de la química está en los libros y en las prácticas de laboratorio”.
En este recorrido de premios y también de tropiezos siempre lo acompaña su familia y amigos. “Cuando se enteraron que obtuve la medalla de química me hicieron una bienvenida sorpresa con mis maestros”.
David, de 17 años, llegó a esta olimpiada por una amiga del club de química del Colegio Nuevo Mundo de Ambato, donde estudia segundo de bachillerato. No tenía experiencia previa en esta área, pero sí en matemáticas. Así que haber quedado en segundo lugar de la categoría 2 lo emocionó, pues no tuvo mucho tiempo para prepararse. Reconoce que es bueno para concentrarse en los temas que le interesan, por lo que el mundo digital no es algo que lo saque de su objetivo. “La química nunca es algo lineal, se puede avanzar rápidamente sin complicación”.
Utiliza IA para estudiar teoría y recurre a profesores cuando los problemas se vuelven más complejos. “Ahí suelo revisar simuladores de exámenes. Cuando son temas más complejos o ejercicios de razonamiento prefiero la ayuda de mis profesores“.
Tiene 16 años y esta fue su primera olimpiada, en la que ganó el oro de la categoría 2. La describe como “intensa”. No habla de sacrificio, sino de proceso. Trata de no ver esta medalla como un punto final. “Es solo un paso. A mi edad me recuerda que estoy empezando y que me falta un montón por aprender”.
La tecnología es una aliada. La usa para estudiar, entender temas complejos y ampliar su perspectiva. Últimamente disfruta de la física y las matemáticas, ya que muchos mecanismos de su juego favorito se basan en ambas materias. No se desconecta: integra. También identifica el doble filo de las redes. Pueden ayudar, pero también generan expectativas poco realistas sobre sí mismo.
La mayor parte de tiempo lo dedico a la escuela (segundo de bachillerato, British School) y a los estudios, pero los fines de semana pasa tiempo con su familia y disfruta de sus pasatiempos.
El perfil de estos estudiantes no se limita al talento. Byron Cuaspud, docente de química del ISM y jefe de delegación ecuatoriana para la Olimpiada Iberoamericana, identifica patrones claros: disciplina, pensamiento crítico y una orientación hacia carreras científicas.
Este año, cerca de 400 estudiantes del país participaron, el doble que la olimpiada del 2025. El nivel subió y los puntajes lo reflejan. “El desempeño fue muy alto en términos generales, lo que demuestra un mayor compromiso, constancia y profundidad en el estudio de la química”, asegura Cuaspud.
El origen de los alumnos es diverso: colegios fiscales, municipales y particulares. Pero en las fases finales predominan los privados. La razón no es abstracta: acceso a laboratorios equipados y apoyo docente.
La Olimpiada Nacional de Química nació en 2014 con una meta: elevar el nivel académico en ciencias experimentales. Esto lo consiguieron por la relación con países como Cuba, Brasil, Venezuela y México, miembros del Comité de Olimpiadas Iberoamericanas de Química. Desde 2015, Ecuador lleva a los seleccionados nacionales a la Olimpiada Iberoamericana.
Pero, pese a los avances, Cuapud cree que el sistema educativo sigue siendo tradicional. Cuaspud lo plantea así: “Evaluaciones como las del Ineval aún privilegian contenidos básicos que a nivel internacional ya no son considerados prioritarios. He planteado estas observaciones, pero sabemos que los cambios estructurales toman tiempo”.
Los estudiantes de zonas alejadas enfrentan serias dificultades, al punto de buscar ayuda en universidades para acceder a laboratorios modernos. Esta brecha sigue siendo un desafío.
En la preparación también hay brechas. Existen grupos élite como el del ISM, clubes de ciencia en los colegios y apoyo de profesores universitarios.
Detrás de los logros hay motivaciones concretas. Los mejores ganan becas de hasta 60 mil dólares a lo largo de una carrera universitaria. Esa posibilidad redefine el futuro, en muchos casos. Pero no es lo único. Representar al país aparece como un motor. Se convierte en un reto personal, un compromiso con el país.
El camino después de la olimpiada tampoco es lineal. 50% de los exolímpicos continúa sus estudios en Europa, asegura el químico Cuaspud. El resto se queda en universidades locales. Ese perfil -alto rendimiento, disciplina, pensamiento crítico- se vuelve competitivo en el sistema universitario. Las instituciones ofrecen becas, apoyos académicos, ventajas en procesos de admisión. Ingeniería, medicina y otras áreas científicas se convierten en destinos frecuentes.
El siguiente paso: Los ganadores de la categoría 2 –Chenyue Qiu y David Caicedo– representarán a Ecuador en la Olimpiada Iberoamericana de Química, en octubre, en Fortaleza-Brasil. Viajarán con otros dos estudiante, que aún están por definirse.
Para quienes compitieron en la categoría 1, el camino toma otra dirección. Bruno Núñez aceptará la beca en la USFQ y estudiará Física. Pero proyecta su futuro fuera del país, en entornos donde pueda aplicar la ciencia a problemas reales.
Rommel Bermúdez también aceptará la beca de la USFQ. Le interesa viajar y formarse en un entorno con proyección internacional, pero con un objetivo: regresar y aportar al país.
