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Ciencia ficción en clave filosófica

Una escena del filme ‘La llegada’. La cinta está inspirada en el relato ‘La historia de tu vida’, escrita por Ted Chiang. Foto: www.studiobinder.com

Una escena del filme ‘La llegada’. La cinta está inspirada en el relato ‘La historia de tu vida’, escrita por Ted Chiang. Foto: www.studiobinder.com

Una escena del filme ‘La llegada’. La cinta está inspirada en el relato ‘La historia de tu vida’, escrita por Ted Chiang. Foto: www.studiobinder.com

Cuando no está sentado frente a su ordenador escribiendo relatos de ficción, Ted Chiang (Nueva York, 1967) se dedica a redactar manuales técnicos de software. Quizás este ejercicio de ir a caballo entre la literatura y la informática es lo que ha convertido a sus historias en una experiencia única en el mundo de la ciencia ficción.

Nueve de sus relatos más populares son parte de ‘Exha­lación’. El libro, publicado el año pasado por la editorial mexicana Sexto Piso, incluye textos como ‘El comerciante y la puerta del alquimista’, ‘Lo que se espera de nosotros’, ‘La niñera automática, patentada por Dacey’ y ‘El ciclo de la vida de los elementos de software’.

No importa si estas historias se desarrollan en el pasado o en el futuro, sus personajes -los principales y los de reparto-, están enfrentados a reflexiones éticas y filosóficas relacionadas al uso de las tecnologías.

Chiang explora con todo tipo de tecnologías, desde el arribo de la escritura en una comunidad donde la vida gira en torno a la oralidad, hasta con diegentes, seres digitales creados a través de un software avanzado, que usan avatares de animales de zoológico y son cuidados por personas reales.

Las relaciones que sus personajes tienen con la tecnología entran en tensión, con el ­anhe­lo constante que muestran por modificar su pasado o anticiparse a su futuro.

Por ejemplo, en la historia de ‘El comerciante y la puerta del alquimista’, ambientada en el Bagdad de ‘Las mil y una noches’, el protagonista realiza una serie de viajes a través de una esfera del tiempo, con el propósito de evitar la muerte de alguien a quien amó.

En este relato juega con la idea de que es posible cambiar el pasado. A diferencia de otras historias, en las que esa imposibilidad termina en tragedia -pensemos en el final de ‘Dark’-, el autor apuesta por un desenlace en el que el protagonista acepta que lo que está hecho no se puede deshacer. Con giros narrativos como este se aleja del enfoque distópico que tienen los típicos relatos de ciencia ficción.

A finales de la década de los noventa, Chiang asistió a una conferencia sobre el futuro de la informática personal. El ponente señaló que algún día sería posible conservar una grabación permanente en video de cada momento de la vida de los seres humanos. La conferencia lo inspiró para escribir ‘La verdad del hecho. La verdad del sentimiento’.

En este relato ahonda en las implicaciones sociales y personales que se generarían al tener una tecnología que permita a una persona grabar cada momento de su vida y volverlo a ver las veces que quiera.

El protagonista es un padre de familia, que, como muchos, tiene graves reparos en el uso de esta tecnología, pero que finalmente termina utilizando para comprobar que los recuerdos que tenía de una fuerte discusión con su hija estaban totalmente alejados de los sucesos reales.

Sabemos que nuestros recuerdos son falibles, pero lo interesante de este relato es que cuestiona por qué decidimos recordar ciertas cosas y por qué decidimos olvidar otras. Asimismo, cuestiona la dependencia que se podría tener a tecnologías como un proyector retiniano instalado en el ojo. Un inconveniente de tener esta tecnología a la mano -dice uno de los personajes- es que es posible que la gente padezca amnesia virtual cada vez que el software se cuelgue.

Aunque sus relatos siempre se muevan de manera pendular entre el pasado y el futuro, es inevitable leerlos sin pensar en las relaciones emocionales que la humanidad tiene, en la actualidad, con tecnologías como la Inteligencia Artificial (IA) y los debates sobre si merecen derechos legales. Sobre esas preguntas vuelve el autor en ‘El ciclo de la vida de los elementos de software’, uno de los textos más potentes del libro.

Chiang asegura que para otorgarle a una IA responsabilidades importantes se necesitarían buenas respuestas a preguntas como ¿qué es el amor y cómo dar con él?, ¿por qué en el mundo hay maldad, dolor y pérdida?, o ¿quién está en el poder y por qué? “Eso no va a suceder -dice- cargando las obras de Kant en la memoria de un ordenador: va a requerir el equivalente a una buena crianza de los hijos”.

En el relato ‘La ansiedad es el vértigo de la libertad’, una mujer de avanzada edad utiliza un prisma para conversar con su para-yo, una versión de ella digitalizada que puede viajar a mundos paralelos. Quiere saber si en otros mundos aceptó la propuesta de matrimonio que un chico le hizo en sus años de juventud. No lo hace porque le intrigue conocer la respuesta, sino porque le cuesta conectarse con el presente, con el aquí y el ahora.

Joyce Carol Oates sostiene que el sello literario de Chiang es su capacidad de explorar los temas más comunes que aborda el mundo de la ciencia ficción del modo menos tópico posible. Esto lo sitúa -dice- en diálogo con Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Margaret Atwood y Kazuo Ishiguro.