29 de julio de 2018 00:00

El ‘boom’ del cacao ecuatoriano (1870-1925)

Casa de la Hacienda de cacao y ganado Libertad, de J. Jiménez Caballero. Circa 1901-1910. Foto: cortesía Ministerio de Cultura y Patrimonio.

Casa de la Hacienda de cacao y ganado Libertad, de J. Jiménez Caballero. Circa 1901-1910. Foto: cortesía Ministerio de Cultura y Patrimonio.

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Por Roberto Aspiazu E.* (O)

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La antigua provincia de Guayaquil que comprendía buena parte del litoral ecuatoriano, exceptuando Esmeraldas, cosechó y exportó cacao desde la Colonia. A comienzos del siglo XVII se enviaba un promedio de nueve barcos al año con destino al virreinato de Nueva España (México), que era intercambiado con artículos de lujo y textiles.

Sin embargo en 1634, por presión de Guatemala, se llegó a prohibir el comercio, determinando que el precio tope de 36 pesos por arroba se derrumbara a solo 3 pesos, con grave perjuicio a la economía local.

Con la instauración de la dinastía borbónica, al inicio del siglo XVIII se restauró la libertad de comercio entre las colonias, lo cual representó el envío de 34 000 cargas al año a Acapulco, que superaban ampliamente las 9 000 que vendían los guatemaltecos.

La toma del puerto en 1687 por piratas europeos, que incendiaron la ciudad y tomaron rehenes para exigir rescate, determinó que la naciente burguesía comercial se interesara en comprar propiedades río arriba en los afluentes del Guayas, el Daule y el Babahoyo, para mantenerlas como refugio ante futuras amenazas.

Para entonces el cacao nacional (theobroma nacional) era un fruto que se cosechaba de una planta silvestre endémica en la cuenca guayasense, a la que se sumaban zonas de Balao, Machala, además de Chone, donde se desarrollarían las grandes plantaciones.

Hacia 1820, en los albores de la Independencia, España se había consolidado como el principal destino de la exportación cacaotera que por primera vez superó los 100 000 quintales. En el decenio de 1830 se estima se sembraron 700 000 nuevas plantas que permitieron aumentar la producción.

En los cincuenta, el promedio anual de exportación fue de 126 200 quintales, con la particularidad de que el precio que había venido fluctuando entre 3 y 5 pesos repuntó a 18 pesos a partir de 1856, y se mantuvo el precio alto los siguientes 10 años para luego bajar a un promedio de 10 pesos.

En los sesenta, la exportación anual promedio fue de 163 350 quintales, creciendo a 248 020 en la década siguiente. Se calcula que durante ese período y hasta 1 890 se sembraron cerca de 14 millones de plantas, que seguirían aumentando hasta 70 millones entrado el siglo XX.

De este modo, el cacao pasa de representar el 50 por ciento del total de exportaciones hacia la mitad del siglo, hasta un máximo de 75 por ciento en su último cuarto.

Del cultivo silvestre se pasó a uno rudimentario que luego se tecnificó y dio origen a plantaciones modelo que rivalizaban con las mejores de Trinidad y Surinam. El cacao nacional era muy noble, siete u ocho mazorcas producían una libra de grano seco, en contraste con las 11 y hasta 14 requeridas por las variedades desarrolladas en otros países.

Las condiciones del suelo en los bancos aluviales de la cuenca medio-alta del Guayas, y los factores de humedad y temperatura, permitían cosechar el cacao “arriba superior” que por su amargor tenía excelente demanda en el mercado mundial.

La zona de Arriba, que comprendía la provincia de Los Ríos y una parte del Guayas, tenía el 52% de las plantas del país y producía el 60% del cacao; la zona de Balao entre 12 y 15%, y la de Machala igual.

Ante la creciente demanda (aumentó 800% entre 1870 y 1897), resultó necesario introducir hacia 1890 la variedad trinitaria que, pese a ser de inferior calidad, se adaptó con sus raíces más profundas y leñosas a los terrenos colinados y permitió aumentar considerablemente la superficie cultivada.

Con el ‘boom’ se fueron consolidando los grandes terratenientes, grupos familiares que amasaron importantes fortunas y destinaron sus excedentes de capital a comprar nuevas propiedades.

En la zona de Arriba los principales propietarios fueron las familias Aspiazu y Seminario con 59 y 35 haciendas, respectivamente, aunque algunas otras participaron con un regular número de plantaciones: Puga, Burgos, Durán-Ballén, Icaza, Avilés Pareja, Véliz, Sotomayor, Carmigniani, Barreiro Roldós, etc.

En la zona de Balao-Naranjal estuvieron los Caamaño, Cucalón, Diaz-Granados, Morla, Parodi y Luzurraga; mientras que en la de Yaguachi- Milagro los Landín, Baquerizo y Linch, entre otros.

Uno de los principales desafíos para el desarrollo de nuevas plantaciones fue la escasez de mano de obra. A raíz de la epidemia de fiebre amarilla en 1842, la población de Guayas y Manabí tardaría dos décadas en recuperarse.

En los setenta se produjo alguna migración serrana luego de la crisis de los obrajes por la competencia de textiles ingleses más baratos, pero la figura del concertaje todavía sometía a la peonada indígena a una suerte de servidumbre, impidiendo su movilidad.

Los grandes propietarios costeños apelaron a la figura de los “enganchadores” para atraerlos, pero el temor a la mortalidad de las enfermedades tropicales limitó su concurso. De este modo, la principal fuerza laboral, que se calcula llegó a 35 000 trabajadores, un registro considerable para la época, correspondió a la familia montubia, incluyendo mujeres y niños.

Para finales del siglo XIX e inicios del XX, Ecuador era el mayor exportador mundial de cacao, con una participación entre un tercio y la mitad del mercado global. Londres y Hamburgo eran los principales puertos de destino, a los que se sumaría Nueva York antes de la primera guerra mundial (1914-18).

Muchas familias adineradas, que migraron del campo a Guayaquil para ocuparse de la comercialización del cacao, posteriormente optaron por trasladar a su numerosa prole a París para brindar a los jóvenes la mejor educación posible y disfrutar de un medio cultural superior.

También para ocuparse de sus negocios, toda vez que forjaron alianzas estratégicas con empresas importadoras inglesas y alemanas. Este traslado temporal terminó siendo banalizado por la intelectualidad conservadora serrana (y después socialista), que en el marco de la pugna ideológica con los liberales costeños, forjó el mito de que la riqueza cacaotera se derrochaba en la capital francesa cuando su efecto era marginal.

La bonanza de la “pepa de oro” tuvo su desborde y permitió el desarrollo de la banca guayaquileña, uno de cuyos principales negocios era prestar dinero a productores y exportadores toda vez que la mayoría de las ventas se efectuaba a consignación y los giros del exterior podían demorar entre cuatro y seis meses.

Asimismo, el ingreso de divisas dio paso al establecimiento de casas comerciales, de propiedad de inmigrantes extranjeros españoles, italianos y alemanes, a los que se sumarían posteriormente sirios y libaneses, al punto que entre 1908 y 1918, las importaciones se multiplicaron 5,25 veces.

Lo propio sucedió con los ingresos del Estado, cuyos impuestos a la exportación de cacao representaban aproximadamente el 20%, a lo que habría que sumar los aranceles por importaciones; los dos rubros sumaban casi las tres cuartas partes del presupuesto.

La inversión de empresarios cacaoteros permitió el desarrollo de empresas de servicio público que modernizaron la infraestructura de Guayaquil. En 1884 se fundó la empresa de Carros Urbanos que se dedicó al transporte de pasajeros y carga mediante la instalación de tranvías halados por tracción animal. La siguiente en constituirse fue la Compañía de Alumbrado en 1887, que se ocupó de la iluminación eléctrica mediante gas.

En 1903 se fundó la Compañía Nacional de Teléfonos para proveer del servicio al puerto (hasta entonces el servicio nacional e internacional había estado en manos de dos compañías extranjeras).

La confluencia de capitales de la agro exportación, comercio importador y banca, sirvió para crear, iniciado el siglo XX, la plataforma industrial del país con ingenios azucareros, fábricas de fideos, galletas y chocolates, calzado, fósforos, cerveza, cemento, a más de aserraderos, curtiembres y astilleros.

Desde inicios de la Gran Guerra, la sobreproducción mundial produjo un período de declinación de precios que determinó que en 1914 bajara hasta 50 por ciento. En 1916 se alcanzó una exportación pico de un millón de quintales pero para entonces la participación del país en el mercado mundial se había reducido a 16 por ciento, por la competencia de Costa de Oro (Ghana) y Brasil.

Merma de divisas, inflación importada por el conflicto y excesivo endeudamiento con la banca privada guayaquileña para sostener el creciente gasto público, convergieron para generar el desequilibrio de la tasa de cambio que se había mantenido estable durante dos décadas en 2.09 sucres por dólar. El progresivo declive que se acentuó en el período de pos guerra llevó la paridad a 3.69 en 1921, y a 4.15 en 1922, que tuvo un grave efecto inflacionario en los productos importados de la canasta básica.

Hacia 1919 apareció en Balao la monilia, una enfermedad fungosa que se esparció rápidamente afectando a la variedad trinitaria e iniciando la fase de declinación del boom. La situación empeoró en 1922 con el hongo de la escoba de la bruja, que afectaba no sólo a la mazorca sino también a la planta. Con la crisis cacaotera se desató la protesta social, por primera vez organizada por sectores de trabajadores, cuyo malestar desencadenó en 1925 el golpe militar de la revolución juliana que puso término a los gobiernos civilistas surgidos de la revolución liberal. 

*Periodista, historiador. Tomado de su libro ‘Crónicas de la historia’.

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