20 de febrero de 2020 00:05

Los artesanos de Atahualpa tallan su herencia en Guayaquil

El maestro Pablo Tumbaco incursionó en el arte de la ebanistería cuando tenía 12 años. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

El maestro Pablo Tumbaco incursionó en el arte de la ebanistería cuando tenía 12 años. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

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La avenida Guayaquil es la gran vitrina de Atahualpa. En sus veredas revestidas por una fina capa de aserrín se exhiben muebles de todo tipo. Hay mecedoras, mesas de diversas formas, diminutos taburetes y hasta rústicos adornos.

La ebanistería es el arte que ha dado renombre a esta parroquia rural de Santa Elena, de 4 800 habitantes. Moldear la madera es su principal oficio, una herencia que mantienen viva en cada corte y tallado.

La brisa agita la viruta en el taller de los hermanos Santos Pita. Unos lijan mesas; otros pegan las piezas de una silla como si fuera un rompecabezas.

Cristóbal dirige el trabajo como lo hicieron sus abuelos. En medio de vigas y tablones cuenta que los antiguos incursionaron en la carpintería con las maderas que llegaban del límite entre Guayas y Manabí.

“Por años trabajaron con el buen guayacán, el bálsamo y el resistente palo de vaca; ahora está prohibida su tala”. Hoy los artesanos recurren al roble, al cedro y al laurel blanco.

Atahualpa es una de las poblaciones más antiguas de la península. Nació en 1763 como el recinto Engabao de Santa Elena. 178 años después fue reconocida como parroquia, bajo el nombre del último Inca.

La familia Santos-Pita mantiene la tradición de moldear la madera desde hace 80 años. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

La familia Santos-Pita mantiene la tradición de moldear la madera desde hace 80 años. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Los antiguos nativos se dedicaron a la ganadería y la cría de chivos, que aún vagan por las calles arenosas. Fue así hasta que la sequía acabó con los ríos y con sus fuentes de ingreso.

“Entonces vino el cambio a pueblo artesanal”, dice Pablo Tumbaco. El maestro cuenta que la carpintería ganó impulsa con el inicio de operaciones de la Compañía Inglesa Anglo Ecuadorian Oilfields Limited, que en 1923 recibió la concesión para explotar petróleo en el vecino Ancón.

“Buscaban carpinteros para montar sus campamentos. Cuando las casas estuvieron listas, necesitaron mobiliario y los artesanos comenzaron a elaborar sillas, muebles y escritorios. Así empezó todo”.

Después, los pedidos llegaron de distintas ciudades. Tumbaco, con 42 años en el oficio, recuerda que enviaban camiones repletos a Machala, Ambato, Quito, Cuenca y otras ciudades.

Por eso la parroquia se convirtió en la ‘Capital del Mueble’, un título que se niega a perder, pese a que el desarrollo de máquinas más modernas ha ido menguando su esplendor.

El chirrido de una sierra eléctrica retumba en el solitario taller Salomé, donde Tumbaco trabaja solo. En segundos cortó varias varillas.

Pero el inicio de esta localidad de artesanos no fue tan fácil. Joaquín Reyes es hijo de uno de los precursores de la ebanistería en Atahualpa. Frente a las mesas que vende al pie de la avenida evoca las peripecias que pasó su padre para lograr los primeros muebles.

“Antes no había tantas herramientas. El trabajo era a pulso -dice- con serruchos que usaban entre dos personas, y utensilios que ellos idearon para sacar curva a la madera. La industria ha ido creciendo y la maquinaria también, pero nada se compara con un mueble elaborado artesanalmente”.

Don Evaristo Reyes aprendió de Francisco Villón, un artesano que llegó desde la cercana parroquia Chanduy; él, a su vez, ganó destreza en la Benemérita Sociedad Filantrópica del Guayas, en Guayaquil.

Ambos reclutaron a 20 discípulos, que luego abrieron sus propios talleres. Entre ellos estuvo el hermano de Sergio González. “En ese tiempo no había un artesano que no tuviera trabajo -relata con nostalgia-. Había de 80 a 100 talleres en Atahualpa, repletos de pedidos. Hoy no hay más de 50 pero seguimos luchando para mantener este arte”.

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