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Ivonne Ayala estaba en su casa y creyó que le querían estafar. En un correo-en inglés y con remitente indio- le pedían su dirección y datos personales. Dudó. Horas después recibió una llamada. Una persona de Ecuador confirmó que era real: había obtenido el tercer lugar a escala mundial en la categoría mujeres del TCS CodeVita 2025. Se trata de uno de los concursos de programación más exigentes del mundo. El objetivo es identificar a los mejores programadores.
“No me lo creía”. Era un día cualquiera para esta joven universitaria, de 20 años. De pronto llegó el reconocimiento de muchas horas de estudio, de resolver problemas que otros abandonarían.
Ivonne no aprendió a programar de niña. No estudió en un colegio especializado. Tampoco era la “genio” que muchos imaginan cuando se habla de tecnología. Lo suyo es insistencia. Error y corrección. Muchas preguntas. Largas horas de práctica. Aprendió a programar en la Escuela Politécnica Nacional (EPN).
El clic con la carrera de ingeniería de sistemas llegó cuando un proyecto fluyó, en primer semestre. “Ahí dije: esto está ‘cool’. Me gusta”. Lo demás ha sido aprender “como sea”. Apoyarse en sus compañeros. Usar inteligencia artificial como aliada para entender con analogías lo complejo. No rendirse. Lo que hace poderosa su historia: no es una excepción milagrosa, más bien es una posibilidad replicable.
Es hija de una abogada y de un técnico en celulares, que fue su puerta temprana al mundo tecnológico. Desde pequeña, lo acompañaba a los Campus Party, donde vio por primera vez un universo de pantallas, proyectos y redes. Aunque no programaba, ese mundo ya le hablaba.
Su vida está marcada por una idea constante: la excelencia. “Mi mamá siempre me ha dicho: dalo todo. Aunque a veces uno siente que ya no puede más, siempre hay algo más por dar”. Ella es su mayor referente. Su inspiración. Aunque recuerda un año difícil: Malas amistades y bajo rendimiento. Se sintió perdida. Se vio al espejo y se preguntó: “¿Quién estoy siendo? Aquí nunca más me pierdo. Nunca más. Me dije: cualquier cosa que me proponga es por mí, por lo que me apasiona. No tengo que cumplir las expectativas de otra persona por querer pertenecer a algo de lo que ni siquiera debía ser parte…”.
Ivonne Ayala es parte de un grupo de estudiantes- ‘los cerebritos’- que se apoyan en cada materia. En una clase de 30, apenas hay cuatro o cinco mujeres. Esto le incomodó al inicio. Hoy lo ve como responsabilidad. “Si estamos aquí podemos abrir camino para las que quieran llegar”.
Ha tenido que escuchar comentarios que intentan desvalorizar su esfuerzo. “Están diciendo que te fue bien, porque al profesor le pareces bonita”, le confesó uno de sus compañeros. Ella responde con hechos: “¿Cuántas horas me he matado estudiando?; ¿Cuántas veces fui a aprender, incluso, con otros profesores?; ¿Cuántas veces pedí a mis compañeros que me expliquen?”.
Una materia difícil: métodos numéricos. Pero ahí el impulso fue el profesor Jonathan Zea. Él no solo hizo su tarea. Invitó a sus alumnos a participar en concursos, hackatones, competencias reales. Y los motivó con lo que sus alumnos más entienden: puntos extra.
“Ivonne tiene la capacidad de aprender rápido, pero sobre todo, de esforzarse y sobreponerse”, dice. “Ya había concursado antes. Pero esta vez llegó mejor preparada y destacó”.
El CodeVita 2025 duró 24 horas y el logro no pasó desapercibido. Durante la premiación en la EPN, Tata Consultancy Services, organizador de la competición, ya le ofreció una pasantía, en su equipo de investigación e innovación.
No es solo una joven que resuelve problemas complejos en su computador. Cursa el quinto de nueve semestres de carrera. Pero también necesita pausas, afectos y espacios de calma. Sus tres pilares-lo dice sin dudar-son: dormir, compartir con su familia y estar con sus amigos y novio. “Esos tres siento que son esenciales porque si no colapsaría”.
Entró a la universidad en pandemia sin saber derivar ni integrar. Lo dice con total honestidad, sin vergüenza, como una parte más de su camino. No venía preparada y no tenía a dónde recurrir. No tenía bases sólidas. Pero lo enfrentó.
Se quedó, estudió, buscó nuevas formas de aprender. Y desde esa aparente desventaja construyó uno de los logros más importantes en su carrera. Este dato -más que anecdótico- cuestiona el mito del talento perfecto y reafirma el valor del esfuerzo sostenido.
Su meta más cercana es clara: graduarse con honores. No por el título, sino por demostrar que cada esfuerzo valió la pena. Que sus seres queridos vean que lo logró. Luego decidirá qué hacer. Ella sabe con certeza que su historia puede inspirar a otros.
“A los que aman la tecnología pero sienten que no pueden, les diría que sí pueden. Que nadie llega sabiendo todo. Que si les gusta, lo van a lograr”.
“La pasión mueve el corazón y el cerebro. Y cuando eso pasa, todo se vuelve posible”.
Ivonne Ayala no venció a una máquina. Venció a la inseguridad, a los prejuicios, a la tentación de rendirse. Y con el lenguaje del código escribió una historia que ya inspira en todo el Ecuador.
